Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron sus ataques contra Irán a finales de 2025, los “think tanks” del Pentágono y Tel Aviv circulaba la expectativa de que con la presión militar sostenida, las minorías, supuestamente oprimidas y deseosas de separarse, aprovecharían el caos para levantarse contra el gobierno de Teherán y se activarían las contradicciones étnicas del país persa: azeríes, kurdos, árabes, baluchis y turcomanos, eran vistos como el talón de Aquiles del régimen. Sucedió lo contrario. Hasta ahora, el resultado ha sido adverso para el imperio y el sionismo.
Lo que Washington y Tel Aviv no terminan de comprender es algo que los iraníes conocen por experiencia propia: la memoria histórica pesa más que cualquier cálculo geopolítico superficial. Irán no es un Estado creado artificialmente sobre un mapa colonial, como sí ocurrió con Irak o con varias naciones africanas. Es una civilización con miles de años de continuidad histórica, donde la diversidad étnica ha sido la norma y no la excepción.
Para entenderlo mejor, conviene conocer brevemente a esos grupos que Occidente imagina como “bombas de tiempo”. Los azeríes, son la minoría más numerosa y están profundamente integrados en el núcleo político y militar del Estado -el propio Líder Supremo, Mojtaba Jamenéi, tiene raíces azeríes-. Los kurdos iraníes, a diferencia de sus vecinos en Irak o Turquía, han mantenido históricamente una integración económica y social con el resto del país. Los árabes de Khuzestán habitan una región rica en petróleo pero comparten con el resto de iraníes una historia común. Los baluchis, en el sureste desértico, y los turcomanos, en las fronteras del norte, completan un mosaico donde las identidades se superponen: se puede ser kurdo, musulmán chiita o sunita, e iraní, todo a la vez, sin contradicción.
Esta complejidad se les escapa a los estrategas occidentales, formados en la idea de que “un pueblo = un Estado = una etnia”. Son tercos y ven la diversidad como debilidad social siendo en realidad como un tejido resistente.
La guerra actual activó resortes profundos. El ataque estadounidense a una escuela de niñas en la ciudad de Minab, con decenas de menores muertas, detonó un tono emocional del conflicto. Las imágenes de los cuerpos sin vida circularon por las redes sociales iraníes y generaron una reacción que ningún bombardeo sobre instalaciones militares habría conseguido: la percepción de que la agresión externa no va contra el gobierno, sino contra la sociedad en su conjunto. En ese momento, cualquier cálculo sobre divisiones internas pasó a segundo plano.
Funciona aquí lo que los iraníes llaman toufan (tormenta) o hamaseh (epopeya): la tendencia histórica a cerrar filas frente a la agresión foránea. Es el mismo fenómeno que en México conocemos bien. También nosotros somos un país de múltiples etnias -68 pueblos originarios, más de 60 lenguas- y también hemos enfrentado al imperio más poderoso de la historia. Perdimos territorio, sí, más de la mitad en 1848. Pero no perdimos lo esencial: la diversa y densa identidad cultural que nos ha permitido seguir siendo mexicanos a pesar de todo.
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Hay una lección compartida aquí. Tanto México como Irán demuestran que una nación culturalmente plural no se balcaniza fácilmente. Las fronteras pueden moverse, pero la civilización permanece. La diversidad interna no es fragilidad; es precisamente lo que ha permitido a ambos pueblos desarrollar esa elasticidad pluricultural que los hace difíciles de digerir para cualquier imperio.
La historia de las intervenciones extranjeras en Irán refuerza esta idea. Desde el reparto colonial anglo-ruso de 1907 hasta el golpe de la CIA contra Mossadegh en 1953; desde el apoyo a Saddam Hussein durante la guerra de 1980-88 hasta el asesinato del general Soleimani en 2020; desde las sanciones permanentes hasta los bombardeos actuales: cada agresión ha dejado una huella. Pero ninguna ha logrado fragmentar el país. Al contrario, han soldado la identidad nacional en torno a la resistencia y la desconfianza hacia las potencias foráneas.
Ahora, con los ataques de 2025-2026, la historia se repite. Los grupos armados kurdos en Irak, que algunos imaginaban como punta de lanza de una insurgencia masiva, han visto cómo el gobierno iraquí, Turquía e incluso sus propias bases sociales les cierran el paso. Sin apoyo regional ni arraigo real, su capacidad de acción es limitada.
Esto no significa que el peligro haya desaparecido. Una guerra prolongada siempre es impredecible. Pero la fase inicial del conflicto ha demostrado algo que muchos en Washington se resisten a aceptar: la diversidad étnica de Irán no era una puerta abierta a la balcanización, sino un muro de contención. La presión destinada a fracturar ha terminado uniendo.
Washington y Tel Aviv creen sus propios esquemas sobre realidades que no comprenden. Creen que todos los países funcionan como los suyos, que todas las minorías quieren separarse, que toda crisis interna es aprovechable. Pero hay naciones con memoria larga, donde la identidad se tejió durante siglos de mestizaje y resistencia. México es una de ellas. Irán también.
La guerra sigue. Pero por ahora, el balance contradice las expectativas: lejos de un levantamiento o una balcanización, la agresión externa ha reforzado la cohesión interna y la legitimidad del Estado iraní. Los planes de fragmentación chocaron con algo que los satélites y los informes de inteligencia no pueden medir: el peso de la historia.
* toufe – tormenta
**hamaseh- epopeya
Nota. El texto se basa en el análisis libre de Peiman Salehi para The Cradle (9 de marzo de 2026), con añadidos contextuales y reflexiones propias.
Atentamente,
Fidel Fuentes
Correo: [email protected]






