El Día Internacional de la Madre Tierra nos recuerda cada año que nuestro planeta no es un recurso inagotable, sino un hogar vivo que merece respeto y cuidado. Su origen se remonta a 1970, cuando más de 20 millones de personas en Estados Unidos de América salieron a las calles para exigir un medio ambiente sano frente a derrames de petróleo, smog y ríos contaminados. Décadas después, en 2009, la Organización de las Naciones Unidas declaró oficialmente el 22 de abril como el Día Mundial de la Madre Tierra.
El término “Madre Tierra” no es casual, proviene de cosmovisiones ancestrales que la reconocen como un ente femenino, proveedor y sagrado. La mitología griega la nombró Gaia, madre de los titanes y de toda la creación. En los Andes, la Pachamama es la divinidad agrícola de la fertilidad, fuente de vida y sustento. Para pueblos originarios de América, la tierra tiene sentimientos, engendra y hace brotar la vida, y por ello merece reciprocidad y cuidado. En México, desde tiempos prehispánicos se venera a Tonantzin, madre que alimenta y cura. Estas tradiciones nos enseñan a agradecer, pedir permiso y respetar el lugar donde vivimos.
Hoy, la Madre Tierra nos habla con claridad:
* Cada año se pierden 10 millones de hectáreas de bosques, una extensión similar a Islandia.
* Alrededor de un millón de especies animales y vegetales están en peligro de extinción.
* Los océanos se llenan de plásticos y se acidifican, mientras fenómenos como incendios forestales, inundaciones y olas de calor afectan a millones de personas.
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La degradación ambiental no es solo un problema ecológico, repercute en la salud, la economía y la justicia social. Por eso, el enfoque de “Madre Tierra como sujeto” es fundamental reconocerla como proveedora de recursos vitales y biodiversidad.
En este contexto, América y el Caribe dieron un paso histórico con el Acuerdo de Escazú, adoptado en 2018 por 24 países, entre ellos México. Este instrumento vinculante garantiza el acceso a la información ambiental, la participación pública en decisiones y la justicia en asuntos ambientales. Es el primer acuerdo regional y el primero en el mundo que protege explícitamente a las y los defensores de derechos humanos en temas ambientales. Su importancia radica en que asegura el derecho de las generaciones presentes y futuras a vivir en un medio ambiente sano y sostenible.
El Día de la Madre Tierra no es solo una fecha conmemorativa, es una invitación a la acción. Cada persona puede contribuir reduciendo el consumo de agua, evitando el desperdicio, eligiendo productos responsables y defendiendo políticas que protejan la biodiversidad. Tomar conciencia de que somos parte de la tierra y no sus dueños es el primer paso para revertir el daño.
La Madre Tierra no es un paisaje que contemplamos a distancia, es un ser vivo que nos sostiene, nos alimenta y nos recuerda nuestra fragilidad. Cada árbol que cae, cada especie que desaparece, cada cerro que se destruye y cada río que se contamina es también una herida en nuestra propia existencia. Reconocerla como sujeto, como madre, implica asumir que su bienestar es inseparable del nuestro.
Melba Adriana Olvera fue presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos en Baja California.
Correo: [email protected]





