El idioma yidish nace al mismo tiempo que el alemán y se nutre de la mentalidad de los judíos de Europa Oriental que tenían un sabor vernáculo de las experiencias y vivencias de la comunidad judía en su día a día; tiene grandes escritores como Isaac Barcevitz Singer, I.L. Peretz y Sholem Aleijem. La literatura en yidish difiere de la alemana por simpática, irónica y llena de un sentido del humor brillante, por ejemplo: una señora está arreglando meticulosamente la casa y le dice a la sirvienta: “la arreglo porque va a venir a comer un exnovio mío”. Al rato la sirvienta se acerca alarmada a la señora temiendo que su patrona fuera sorprendida y le dice: “señora, señora, llegó su marido”, y la señora con calma le contesta: “por eso, él es un exnovio mío que viene a comer”, calmando las inquietudes de la trabajadora doméstica.
Otro: van dos judíos en un tren y le pregunta uno al otro: “oye, ¿a dónde vas?”, le dice el primero. “Voy a París”, el segundo le responde. “Mientes, me dices que vas a París para que yo crea que vas a Viena, pero en la mañana me enteré que vas a París”. Otro más: el día que la gente de un pequeño pueblo (Schtetle en irish) decidió empujar una montaña que eliminaba el sol buena parte del día y tapaba el pueblo invitando a temperaturas heladas. Manos a la obra los poblanos empezaron a empujar, acalorados, dejaron sus sacos en unas rocas y empujaron durante varias horas, uno de ellos volteó y dijo: “amigo, vamos muy bien, ya no se alcanza a ver nuestra ropa”. Simplemente se las habían robado.
Durante el apogeo del yidish hubo variantes, algunas palabras de judíos lituanos se escribían con “a” y de judíos polacos se escribían con “o”. Otra historia ocurre: “un hombre había sido empleado de la sinagoga del pueblo, y le preguntaron si sabía escribir y dijo que no, por lo tanto, lo corrieron y se fue a América, donde puso un negocio textil ganando una enorme fortuna. Con añoranza regresó al pueblo años más tarde y ofreció una cantidad enorme de apoyo al templo, le prepararon los papeles y le pidieron que firmara y dijo: “es que no sé escribir”. Uno de los miembros del grupo dijo: “si no sabes escribir y hubieras aprendido, ¿a dónde hubieras llegado?” Contestó el hombre: “seguiría siendo empleado de esta sinagoga”.
De alguna manera estas historias y esta temática socarrona formaron parte de la obra musical con gran éxito denominada “El violinista en el tejado”, donde Tevie, “el lechero”, tenía profundas discusiones con Dios.
Un judío de Rusia llamado Ben Yehuda decidió que era necesario que en la fundación del estado de Israel volviera a hablarse hebreo, pues en Israel predominaban el árabe, el turco, el inglés y el Irish, por lo que estableció una academia cultural donde solo se hablaba hebreo y creó también un diccionario-enciclopedia que actualizó el hebreo como idioma moderno; Ben Yehuda tenía tuberculosis y varios hijos, pero su mujer falleció primero y él viajó a Rusia para casarse con la hermana de su esposa con la que tuvo varios hijos más.
Cuentan que cada año, la tumba de Ben Yehuda era marcada por insultos que lo maltrataban por tratar de hacer renacer el hebreo, y sistemáticamente Ben Yehuda preguntaba ¿en qué idioma me insultaron? Una y otra vez le dijeron que en yidish, hasta que un día preguntó en qué idioma me insultaron y le contestaron que en hebreo, y él grito “¡ya gané!”
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Para modernizar el idioma hebreo Eliezer Ben Yehuda buscaba palabras en el idioma moderno que incrustaba en paralelo en el hebreo antiguo, por ejemplo “avir” es aire en hebreo y “aviron” lo convirtió en avión, de ahí se desprenden las palabras modernas de “glida” en Helado y nilón en diccionario, que viene de la palabra mila que significa “palabra”.
En hebreo no hay groserías, la más fuerte es jamor y cuando los israelíes quieren explayarse, acuden al árabe para insultar y explotar con energía.
Así, pues, brincamos del yidish al hebreo y al árabe pasando por el inglés y el español. Sin dejar atrás el italiano: ¡salute y felicitate!
José Galicot es empresario radicado en Tijuana.
Correo: [email protected]






