Álvaro Blancarte

Foto: ZETA/Alejandro Gutierrez Mora
Edición Impresa lunes, 3 enero, 2022 12:00 PM

Nacido en Sinaloa y radicado en Tecate desde 1986, el maestro, con su característica ropa de mezclilla, creó desde su taller “La Panocha” las series más reconocidas de pintura en México, siendo así un punto de referencia para el arte a nivel nacional con sus “neofrescos”, su incesante búsqueda de lo abstracto y su generosidad de enseñanza con las futuras generaciones de creadores en esta región fronteriza

Vestido preferentemente de mezclilla azul, con un paso suave y voz baja, el maestro Álvaro Blancarte generaba a su alrededor respeto, admiración por su obra, y esa confianza abierta de un viejo residente de Tecate cuyos paisajes naturales sin duda permearon su visión del mundo y su arte.

La influyente crítica y museógrafa Raquel Tibol, en más de alguna ocasión, lo distinguió como un referente de la plástica en el Norte de México, luego de calificar su trabajo como “neofrescos”, mismos que fueron exhibidos en todo el mapa nacional y en recintos internacionales.

“Yo siempre he dicho que el artista está ligado al agua natálica. El artista nace, no se hace. Yo me formé en una profunda oscuridad de mi madre. Tengo la recurrencia de que en algún lugar hacía yo algo con mis manos”, llegó a decir Blancarte en una de varias entrevistas que generosamente siempre concedió a ZETA.

Originario de Sinaloa (Culiacán, 27 de marzo de 1934) y radicado en el Pueblo Mágico bajacaliforniano desde 1986, luego de su paso por Ciudad de México, Blancarte no sólo se formó con el paisaje desértico y montañoso; también forjó a generaciones venideras, compartió su perspectiva con colegas y amigos, y echó raíces con su estudio “La Panocha”, que rentaba con el también artista plástico Gabriel Adame.

Con su obra de gran formato, ocasionalmente poblada por chamanes, perros, culebras, coyotes y caimanes, Blancarte definió su esencia: “Lo abstracto siempre. Son obras en las que integro mucha materia, cartón, un poco influenciado por el arte povera, o haciendo povera inconscientemente. Yo me considero un alquimista matérico 100 por ciento, tú sabes por qué”, explicó a este Semanario para luego simplificar su técnica:

“Uso mucho material, uso elementos para hacer más contemporánea la abstracción y la hago excesivamente matérica, un poco como juegan los abstractos españoles (que tienen esa tendencia y están vigentes todavía). La esencia del mundo es abstracta 100 por ciento. Tú eres abstracto. Yo soy abstracto. Somos mentales, más que visuales”.

Así desarrolló su propuesta, misma que nunca dejó de innovar. Tal como diría en 2017, a propósito de su serie “Hecho en México”:

“Ahora estoy aplicando nuevos materiales como algunas cosas que se producen en las maquiladoras, algunos empaques, algunos cuerpos que son sobrantes en las maquiladoras; yo siempre dije que estuve un poco en mi tiempo muy relacionado con el arte povera italiano, porque en México no había gente que pegara cosas; mi esencia como escultor me obligó casi a suplir carencias en la pintura aplicando elementos texturales y volúmenes que iban pegados en las telas; entonces, en aquel tiempo los pegaba quizás con una inquietud, con una gran esperanza de que se tomara en cuenta lo que estás haciendo, y creo que lo hice bien. Con los nuevos elementos que estoy integrando, tirados en la calle o en una maquiladora, siento yo que es un camino a recorrer”.

Con este profesionalismo, talento y don creativo, Álvaro Blancarte hizo camino de Baja California al mundo. Dichosa su actitud, sumamente grata su convivencia y su palabra sabia, siempre pronunciada como si su ingenio fuera tan natural como respirar.

“Yo celebro todos los días estar haciendo arte, sería un día muy importante porque mis hijos lo creen así, porque la familia así lo cree muchas veces, pero yo soy feliz de levantarme todos los días, verme en el espejo y ver lo bonito que es la vida; será un día más”, dijo en una de sus últimas conversaciones con ZETA.

El domingo 22 de agosto de 2021, después de cumplir 87 años, Álvaro Blancarte falleció en su casa, en Tecate. Lo que dejó atrás, la riqueza artística que compartió, no tiene punto de comparación, y sí motivos de sobra de agradecimiento desde el gremio cultural no sólo de Baja California, sino de esta región norte de México.

 

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