“Todo el tiempo he vivido de mi pintura”, expresa a ZETA el paisajista tijuanense que expondrá “Paisaje monumental” en la Galería de Arte POP
Maestro del paisaje en Baja California, Juan Ángel Castillo es un artista –como pocos en Tijuana– que ha vivido de la venta de su obra pictórica a lo largo de su trayectoria de más de 65 años y, al mismo tiempo, también es reconocido en el ámbito de la plástica bajacaliforniana.
La individual más reciente de Juan Ángel Castillo es “Paisaje monumental”, donde comparte 10 paisajes bajacalifornianos, a exhibirse a partir del próximo viernes 9 de octubre en la Galería de Arte POP, localizada en la Calle 10, entre Madero y Negrete, justo a dos cuadras de la popular Avenida Revolución del Centro de Tijuana.
Integrada por diez piezas de mediano y gran formato, en acrílico sobre tela, en “Paisaje monumental” Castillo transmite por qué es el maestro del paisaje en Baja California tan cotizado como reconocido.
DE ZACATECAS A TIJUANA
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Juan Ángel Castillo Bertó nació el 26 de febrero de 1949. “Mi lugar de nacimiento es un pueblito de Zacatecas que se llama Chalchihuites, es ahí cerquita de Durango. El nombre de mi papá es David Castillo Rodríguez y mi mamá es Celia Bertó”, contó a ZETA Juan Ángel Castillo entre los paisajes que integran la muestra “Paisaje monumental”.
— ¿Cómo fue su acercamiento a la pintura?
“La necesidad de pintar. La atracción que me dio la pintura fue a corta edad, yo creo que como a los siete, ocho años. Pero, claro, todavía no se lograba, no se hacía nada porque se va madurando. Hasta como a los 12 años empecé ya a generar cosillas baratas”.
— ¿Estudió en alguna escuela de pintura?
“Muy básico, lo hice por correo. En ese tiempo había muchas academias por correo. Había una en Los Ángeles que se llamaba La Continental. Y hasta Chalchihuites llegó la civilización. Era una academia de dibujo, de dibujos animados, de retrato y de caricatura, muy básico todo. Debió haber sido como en el 59-60, tenía como 10 años”.
— ¿En qué año llega a Tijuana?
“A Tijuana llegué en el 59, a los 10 años”.
— ¿Qué es lo que hizo cuando llegó a Tijuana?
“Entre la primaria allí en la escuela Ramos Millán que está en la Zona Norte, a partir de tercero. Luego me cambié de escuela y me fui a la Torres Quintero, para terminar hasta sexto ahí. Ya no fui más a la escuela. Hasta sexto nada más. Era otro tiempo y era diferente la manera de desarrollarse y más en un ámbito de familia de necesidad. Tuve que arrimar la comida para todos mis hermanos, éramos 11. Entonces dije: ‘Mejor no voy a la escuela ya, porque ya no puedo y me pongo a pintar’”.

“EL TERCIOPELO NOS DIO PARA VIVIR”
Escuchar a Juan Ángel Castillo es recrear una época en que la pintura sobre terciopelo abundaba en la Avenida Revolución, hacia finales de los 60 y todavía hasta los primeros años de los 80.
— ¿En qué año empezó a pintar sobre terciopelo?
“Eso era ya como en el 64, 65. Ya me estaba haciendo profesional en el terciopelo. Tenía más o menos 15, 16 años”.
— ¿Cómo era el terciopelo?
“No era terciopelo, fíjate. Le decíamos terciopelo, pero era un aglutinante de spray que se lo ponían a una manta negra y lo vendían por rollos; y sí se miraba como terciopelo, pero era aglutinante, pero sí daba buenos resultados. Era una tela, pero le echaban un spray que era como peluche color negro, por eso digo que era muy práctico y muy fácil porque daba los medios tonos obligados solo”.
— ¿Qué pintaba en los terciopelos?
“Yo me enfoqué en los paisajes en terciopelo, no había paisajistas todavía en terciopelo, yo fui prácticamente el primero que empezó; otros, como Miguel Nájera, en rostros; otros en desnudos. Y luego ya salieron más paisajistas, unos que salieron más vivos y lograron cosas muy suaves. Lástima que fuera terciopelo, porque el terciopelo si lo pones en alguna parte donde hubiera cucarachas, se lo comían, se comían el aglutinante y dejaban nada más la pura tela negra, para dejar unos hoyotes como manchas de cáncer en el cuadro”.
— ¿Cuánto valían sus terciopelos al público?
“Los míos, ya cuando los vendían, ya los podían vender hasta en 50 o 60 dólares, porque yo dije: ‘No, yo no voy a hacer copias, copias, copias’, porque yo quería hacer originales, originales, originales, sacar el mayor provecho al terciopelo, pero sin degenerar tanto en comercializarlo”.
— O sea que de esos 50 o 60 dólares en los que se vendía un terciopelo en la Avenida Revolución, a usted le daban una parte…
“Si hacía dos me pagaban dos, si hacía 10 me pagaban 10. Ya después empezaron a llegar compradores de terciopelo gringos, mexicoamericano. Me daban 20, 25 dólares”.
— ¿Vivía de la venta de paisajes en terciopelo?
“Yo de eso vivía, porque a veces sacaba hasta como 300, 400 dólares a la semana en ese tiempo. ¡No, hombre, te vuelves loco! Sí era mucho dinero para mí y me decían: ‘Te vas a ahorcar’. Había muchas familias de los otros pintores que se ponían a pintar; entonces yo le dije a mi mamá: ‘Pues hay que pintar’. ‘Sí, sí, a ver cómo le hago’. Mi mamá fue la primera que dijo: ‘Yo empiezo’. Eran puros cuadritos chiquitos, de una sola medida, como 12 por 18 pulgadas. Mi mamá le agarró la onda. Echó a perder una o dos Panteras Rosas, pero yo le hice el dibujo y pintaba; lo picábamos con una cartilla y luego ella lo rellenaba. Y dije: ‘Mi jefa ya está pintando’. Luego ella le enseñó a dos de mis hermanos, y luego de mis hermanos a otros más y luego a unos chamacos de colonia, y ya en la casa había como 15 pintores”.
— Era el apogeo del terciopelo en Tijuana…
“Era un apogeo ya casi al final de la comercialización, en el 75, 76, de los 70 casi yendo para el 80. Duró. Le sacaron bastante provecho mi mamá y mis hermanos, mi familia, con eso compró mi mamá una casa. Eso fue una gran ayuda de parte de esa oportunidad. A los chamacos se los pagaban creo que a 1.50, más el material, que era 1.50. Y creo que los daban en cinco dólares. Mi mamá se ganaba como dos dólares, pero era bastante bueno eso”.
— ¿Por qué fue importante su etapa de pintor en terciopelo en su trayectoria?
“El terciopelo me daba nada más para vivir, pero no tiene valor como técnica, es muy pobre la técnica. Esa muestra la trajeron de China o de Tailandia, de por allá. Y aquí se popularizó. El que quisiera quedarse, ahí se quedaba; muchos se quedaron ahí. Había varios: Alfredo Rodríguez era muy bueno ahí. Yo le aprendí a él, era más chico que yo. Otros muchachos que conocí, unos ya murieron; unos pintaban rostros, otros pintaban desnudos, cada quien tenía sus temas. Y otros lo dejaron, otros desaparecieron y al último ya nadie quiso hacer nada, porque ya no era costeable, yo creo que ya como en el 83, 84, por ahí. Ya les daba guácala a todos los que pintaban terciopelo, pero fue una época en que el terciopelo nos dio para vivir”.

LA LUZ EN LOS PAISAJES DE CASTILLO
Han transcurrido 67 años desde que Juan Ángel Castillo incursionó en la pintura en Tijuana, alrededor de 1959, cuando tenía 10 años. Pocas veces se tiene la oportunidad de apreciar sus paisajes en una exposición, tal como en “Paisaje monumental” en la Galería de Arte POP, donde comparte 10 acrílicos sobre tela, creados en las últimas dos décadas, entre ellos “La Rumorosa” (1.99×1.25 metros), “Punta Banda I” (3.77×1.77 m), “Salsipuedes” (2.07×1.35 m), “Sierra Blanca” (2.80×1.97 m), “Misión de San Javier” (2.58×1.82 m), entre otros.
— ¿Por qué en todas sus obras está presente la luz?
“La luz es la necesidad de que luzca lo más atractivo posible una obra. El balance, la técnica y todo, pero la luz es primordial, como Joaquín Sorolla. También Rembrandt era el maestro de la luz. La luz tiene sus puntos cardinales para que luzca lo más real posible y que guste en sus elementos como en las sombras, como en las luces. Todo es un balance global. La roca es diferente en cada lugar, por ejemplo, las rocas del mar son diferentes a las de La Rumorosa, es granito también, pero el mar las hace diferentes por la pátina que el tiempo les dio, porque la roca que llegaba al mar era la lava que ahí moría, que ahí se apagaba; por eso es negra normalmente, es oscura, aunque es granito o puede ser otros tipos de roca”.
— ¿Quiénes han sido sus maestros de la luz?
“Me gustó mucho el paisaje de Rembrandt. Yo iba al baño y hacía Rembrandt. Agarré a Rembrandt, Picasso. Vas explorando todo. Algunos paisajes de José María Velasco, Joaquín Sorolla, Van Gogh, Cézanne, fueron circulando por mi vida”.
EL DOMINIO DE LA PIEDRA
El paisaje bajacaliforniano está hecho de piedras, redondas o cuadradas, boludas o como placas, depende de la altitud. A diferencia de otras regiones, las piedras de la península no tienen lama, su contacto con la intemperie es directo; algunas son blancas o color hueso, otras de composición granulada color beige. También hay rocas tan bronceadas como si hubiesen sido tatemadas por el sol desde tiempos inmemoriales.

— ¿Qué busca lograr al pintar una piedra de Baja California?
“La piedra es un elemento que me engancha, es un elemento que me protege, por eso yo digo que La Rumorosa es el recinto pétreo del espíritu de los bajacalifornianos, porque así la siento y así la sentí. Entonces dije: ‘El dominio de la piedra está en chino’. Y ahí sí me aventé como desde el 72; me salían como hot cakes, pero la fui estudiando y ahorita parece como que ya le doy cierto dominio a Las Rumorosas, que ésa era mi tirada a futuro”.
“La piedra le da balance y peso al paisaje, porque es diferente, por ejemplo, un barranco de tierra que una piedra; la piedra le da un peso distinto, le da un peso real y le da un balance por su color y por sus formas al paisaje, ya sea que lleve roca o no lleve. O sea, sea la pasa uno batallando. La piedra es San Pedro, la piedra es el bienestar. Parece mentira, pero nosotros los humanos nos sentimos muy bien cuando vemos una tienda, hasta nos aliviamos. O cuando vemos agua, o cuando vemos piedras, cuando vemos nubes, son elementos que nos reconfortan. A mí me reconforta mucho la piedra. Las Rumorosas son mi mole”.
— Pero obviamente, en el paisaje bajacaliforniano hay piedras boludas, cuadradas o como placas…
“El paisaje es diferente en algunas planicies. Por ejemplo, en la parte baja del Valle de Guadalupe están los ríos, las arenas; y subiendo, ahí mismo, se hacen plataformas hasta cuadradas cuando se truenan. La Rumorosa no; La Rumorosa es redonda, es más boluda. Una plataforma es más de placa; las piedras están cuadradas, parece que están formadas ahí y solamente truenan con los elementos, se calientan y se enfrían, pero queda la forma. La Rumorosa me imagino que al principio era sólida toda; en sí cúmulos sólidos muy grandes, pero con el sedimento se reventó y se ve dónde fueron cayendo los costados de las bolas, de las piedras. Aprendí observando todo eso. Casi casi te puedo decir que me hice así como geólogo, de veras, en serio”.
DE LA FOTOGRAFÍA AL LIENZO
Hay artistas que primero toman una fotografía y luego hacen la pintura, se le lanza a Juan Ángel Castillo sólo para hacerle la pregunta de rigor:
— ¿Cómo es su proceso de creación de un paisaje?
“Es inevitable que no uses herramientas como la fotografía; de memoria no se puede hacer la realidad tan fácil, se requiere tener herramientas, más que todo para verificar si es tal o cual parte. Sí uso fotografía, película, hasta donde se puede. Me deshice de eso en un tiempo para ver qué tanto podía avanzar, pero se requiere el registro”.
— ¿Qué sigue después de que toma una fotografía del paisaje?
“Pues pongo un monitor bien grande y veo el paisaje en el monitor. En Degas, Monet, se nota cuando usaron la fotografía. Yo me doy cuenta cuando usaron la fotografía para hacer tal o cual cosa. Se nota. Los influenció la fotografía, se nota que es foto. Y se nota cuando es directo, como dicen los americanos: plein air. O de memoria, pero sale surrealista”.
— ¿Usted qué prefiere? Es decir, ¿que se note o que no se note que un paisaje suyo primero fue una fotografía?
“Depende qué tan delicado o qué tan exigente sea el cliente, que parece mentira, pero sí tiene mucho que ver. Vas aprendiendo y deslindando las diferentes maneras de tener que hacer las cosas porque una persona exige eso: ‘Yo quiero ese lugar que quede muy real’. Hay otros que dicen: ‘Como le salga, maestro’, ‘Lo quiero medio abstracto’, ‘¿Por qué no me lo haces surrealista?’. Aprendes a chiflar y comer pinole, y se me da porque ya tengo como 67 años pintando, 65 vendiendo; si no supiera manejar la mano de molcajete o del metate, no haría ninguna salsa”.
“TODA MI VIDA HE VIVIDO DE MI PINTURA”
Autodidacta y conocedor de los paisajistas del arte universal, el artista bajacaliforniano Juan Ángel Castillo ha sabido lograr un equilibrio entre la comercialización y la factura de gran calidad de sus paisajes, tanto que por supuesto ocupa un lugar en la plática bajacaliforniana. Hacia el final del diálogo para este Semanario, se le solicitaron las últimas consideraciones sobre pintura al maestro del paisaje en Baja California.
— ¿Hubo algún movimiento de paisajistas de California o Estados Unidos en general que hayan influido en su obra?
“Por supuesto, sí, cómo no. Yo seguí mucho a un inglés y a unos americanos que eran muy buenos, buenísimos en vaqueros, otros en paisaje. Yo seguía como mínimo a unos diez pintores gringos, todavía son los íconos de Estados Unidos, y pues me auxilié con todo lo que pude: mexicanos, americanos, ingleses y todo lo que se me arrimó de material. De California seguía a Robert Wood, era marinista. Yo vi sus marinas, yo todavía estaba muy chamaco, me volví loco. Dije: ‘Lo voy a apantallar algún día’. Nunca lo volví a apantallar porque me fui por otro lado, porque empezó a surgir mi estilo. Entonces, pues ya no es tan necesario que lo peines tanto. Robert Wood (Estados Unidos, 1889-1979) es de los 60, 70. Cuando lo descubrí, él ya estaba adelantado y ya maduro, maduro en su trabajo y todo. Y yo estaba muy verde”.

— ¿Reconoce la influencia de algún paisajista de México?
“Pues de aquí de México básicamente fue José María Velasco. Ya después me desligué de él, elegí a otros. Yo estaba muy chico y fue el primero que descubrí en estampas que venían hasta en las recetas de los médicos, y yo los agarraba de muestras y decía: ‘Esto me gusta de éste y lo voy a lograr a ver qué hay’. Le escarbaba y lo pirateaba. Después vas haciendo selecciones distintas. Toledo a mí me gustaba mucho. Toledo vino a traer algo así como una variante con el tiempo, una especie de muestra totalmente hasta eróticas, y tarde que temprano cualquier pintor le llama la atención algo que tenga algo de erótico”.
— ¿Qué es el paisaje para usted luego de 67 años pintando?
“El paisaje es toda mi vida, es mi elemento, es con lo que me nutro, pensando cómo dominar el próximo, para sacarle la mayor realidad posible para que me guste a mí y de paso sé que puede gustarles”.
— ¿Hay alguna diferencia entre pintar una obra bajo pedido a hacer una obra con toda la libertad?
“Sí, es un compromiso cuando me hacen una orden de un pedido de tal parte, ‘pero me gustaría que fuera así, mira, a tal o cual hora’. Al principio casi chillaba, hace como 50 años. Decía yo: ‘Le voy a hacer la lucha’. Además decía yo: ‘Pero como los estoy dando baratitos, yo creo que lo que le voy a dar es más que suficiente, para que no se vayan a quejar’. Todo salía bien, a su medida”.
— ¿Usted ha vivido de su pintura, de sus paisajes?
“Sí. Dicen que soy muy prostituto; yo encantado de la vida, porque pintar y tomar cerveza es lo más bonito que me ha pasado en mi vida, con eso basta y sobra. Para mí la pintura es un tesoro, porque sé que tengo algo guardado; es algo que pulí como una piedra para que se mirara bonita, ése es mi orgullo. Toda mi vida he vivido de mi pintura”.





