La narradora presentó en Tijuana su nuevo libro de cuento “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, editado este año por la UANL
La escritora bajacaliforniana Rosina Conde presentó en Tijuana su nuevo libro de cuento “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, editado este año por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).
La concurrida tertulia literaria se llevó a cabo el sábado 30 de mayo, en la Galería de Arte POP que dirige Pedro Ochoa Palacio (entre la obra pictórica de José Lobo), localizada en Edificio Brik, entre calles Negrete y Madero, a unos cuantos pasos de la Avenida Revolución de Tijuana.
En la presentación editorial estuvieron Pedro Ochoa y Jorge Ruiz Dueñas, y entre el público estuvieron presentes escritores, artistas plásticos, fotógrafos, lectores y comunidad cultural en general que se dieron cita para conocer un poco del nuevo libro de Rosina Conde, quien explicó que “El corazón tiene razones que la razón no entiende” fue escrito con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA).
Durante su intervención, el poeta Jorge Ruiz Dueñas llevaba un texto que leyó sobre los cuentos de Rosina Conde: “La ruptura del mito de los padres bienhechores donde envejecidos monstruos apartan a un hijo de su madre, para castigar el embarazo, el mordisco a la fruta prohibida, e invierten en el infante como activo de larga maduración, disuelto luego con inverso cálculo del crío hasta empujarlos al asilo. La prostitución como agencia de colocaciones y solución de las que solo siguieron su instinto hormonal. No ver la infidelidad o tolerarla, para evitar el purgatorio de la soledad. El agua salobre que recibe las cenizas de los marginales. La mujer que es mar, metáfora de una Circe sin pretensiones. La línea fronteriza y geopolítica como prosopopeya o personificación femenina. La fatiga del mundo, del rol de mujer, madre y esposa sin reconocimiento, al huir de su condición en busca del solaz de Acapulco -balneario para todo presupuesto- y la apertura de horizontes insospechados que pasan por el ojo mágico de la mística con finales alternativos en el más puro estilo vanguardista del lector colaborador, porque la autora no lo dice, pero es de vanguardias. La mujer burlada pero comprensiva de las preferencias sexuales del que fue su marido, frente a hijos carentes de perdón y olvido. Todo esto y más, está amalgamado en esta serie de relatos donde se confronta al lector con la existencia”.

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A continuación, con la autorización previa de su autor, ZETA reproduce el texto íntegro que Jorge Ruiz Dueñas leyó durante la presentación de Rosina Conde “El corazón tiene razones que la razón no entiende”:
EL CORAZÓN TIENE RAZONES QUE LA RAZÓN NO ENTIENDE, DE ROSINA CONDE
Por Jorge Ruiz Dueñas
Todos conocemos la extensa actividad artística multidisciplinaria de Rosina Conde a lo largo de los años. Son ejercicios de diversa naturaleza, y en todas esas expresiones siempre está presente una forma personal de crear o interpretar. Aunque resultaría atractivo explorar las conexiones entre la composición musical y el canto, o las artes escénicas -incluida la confección de vestuarios en ocasiones semejantes a pinturas del Bosco en movimiento-, y su poesía, su narrativa, las tareas de traducción, su labor editorial, sus guiones y docencia, me corresponde hoy ocuparme solo de su reciente libro: El corazón tiene razones que la razón no entiende.
Cuando en 1992 leí el mecanuscrito poético de Bolereando el llanto era una narradora en ascenso y quizás algunas claves íntimas resultaban ostensibles para los tijuanenses, pero ya había también en esos versos un aliento donde su voz se remontaba a las querellas de las atenienses de Aristófanes. Eran tiempos en que la protesta de género no era un ámbito literario extenso y orbitaba en torno de Virginia Woolf, y entre nosotros, alrededor de Rosario Castellanos o Margo Glantz, para omitir ahora la nomenclatura suicida de Alfonsina Storni, Alejandra Pisarnik o Violeta Parra. Pero si algo me ha quedado claro en Rosina Conde a lo largo de su extensa obra, es que no acudía ni acude a la ruptura del incordio, al desahogo de la humillación o la ancha veta de los yerros patriarcales en estilo victimario. Como creadora literaria es una testigo de su tiempo donde los hechos los desarrollan seres movidos en la oscuridad de una verdad, que por serlo goza de la ambigüedad sin perspectivas de heroínas trágicas.

Conde sabe también de la fuerza del paisaje emocional que nos habita. Eso que la vieja canción Plus forte que nous, fue agregado por las generaciones latinoamericanas a su formación sentimental, aunque felizmente saturada de boleros y tangos, merced a la cinta de Claude Lelouch (1966) y los mensajes musicales de Nicole Croisille y Pierre Barouh (con la impronta de Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant). Lo que Rosina Conde pone en contexto es la impredecibilidad de la naturaleza humana, pero también la ausencia del prejuicio religioso, tan pujante en muchas doctrinas que desembocan en la predestinación siempre reñida con el libre albedrío. Sin embargo, la libertad de elegir que sugiere el rechazo de lo resuelto por las fuerzas del destino trazado con saña divina, en su literatura no es tampoco resultado del cálculo de la razón, sino de la deriva de pulsiones complejas en conflicto en la búsqueda de una decisión donde los senderos se bifurcan. El comportamiento de los hombres y mujeres, sobre todo estas últimas, que deambulan en sus páginas -aunque no lo dice la autora, lo sugiere-, están quizá más cerca de lo que Carl Jung llamaba el destino inconsciente: patrones de conducta, traumas y creencias reprimidas que misteriosamente se imponen a toda lógica. Pero lo importante para su literatura no son las teorías del diván, sino el retrato del accionar humano, las paradojas que nos habitan. Es preciso salir de la comodidad del juicio simplista venido de la empatía sobre su labor literaria a manera de un divertimento de cotilleo, y advertir, para subrayar la intención de su estilo, lo que no es y a lo que no aspira en contraste con otras escritoras, silenciosas seguidoras renovadas de pasados estilos de narrativa. Por eso, advertidos de que Conde es también una académica avezada, sabemos su distancia intencional con mucha literatura justificadamente quejosa y denunciante.
Las tres hermanas Bronte (Charlotte, Emily y Anne) en la primera mitad del siglo XIX nos obsequiaron un puñado de modelos femeninos intensos -firmados con seudónimos masculinos-, dispuestas a la afirmación de su individualidad contraria al corse normativo que asfixiaba sus cinturas y pasiones y les exigía una moral emocionalmente tóxica. Pero Conde no busca versiones contemporáneas de esos fantasmas tempestuosos. Tampoco Emma Bovary -la célebre dama de Gustave Flaubert- con su insatisfacción pequeño burguesa y búsqueda hedonista de placer y lujo, le da hilo narrativo. Y en el camino de la infidelidad y el suicidio, que en otra esfera y similar época proporcionó León Tolstói en Ana Karénina, si bien, ambas protagonistas fueron madres despreocupadas de la abnegación tradicional, no proveen el aliento literario que anima a nuestra autora. Tampoco la vida, obra y pasión de Virginia Woolf, ella misma suicida de piedras en los bolsos y estimulada por la independencia económica e intelectual y el matrimonio sin exclusividad sexual, preconizado por una élite intelectual transgresora de las buenas costumbres que su propia clase postulaba. Nada de ese canon en versión contemporánea anima a esta narradora, orientada solo por la vida misma de una desclasada mayoría social, con seres de hoy deambulando en la realidad urbana, opaca y mutante de nuestra sociedad. Este ambiente realista y cotidiano, con apertura dialectal en el diálogo y en la corriente de la conciencia de hablantes con atributos normales -no excepcionales-, es el nutriente sustantivo de las narraciones donde se mueven sus criaturas en el difícil arte de vivir. Una éctafris del lienzo de la vida diaria.

Por ello, me parece oportuno advertir que, a mi juicio, la textura literaria de Conde, tiene ecos de Clarice Lispector y, sobre todo, de Marguerite Duras. No infiero que sea una seguidora de estas emblemáticas figuras, sino que con su propio arsenal y en su propio tiempo -el nuestro-, se envuelve en la realidad y le da voz, contorno, profundidad a “personajas” -para usar su término- que están en la cotidianidad mientras el mundo y sus sociedades siguen girando con implacable rigor, como en su momento lo hicieron las autoras mencionadas.
Pero iniciemos por el lema mismo de su obra. El título de Conde nos lleva de la mano hacia la frase de Blaise Pascal, el físico, matemático y filósofo francés, cuya reflexión asentada en sus póstumos Pensées de 1670 se vio asediada por la condición humana ante la razón y la existencia. De alguna manera, Antoine de Saint-Exupéry la recuperó para significar la intuición y la lógica del amor porque “lo esencial es invisible a los ojos”. Lo que no dijo el aviador caído a su extraviado príncipe, es que esa esencialidad suele ser lacerante. Fue Martin Heidegger quien encontró detrás de la supuesta fábula infantil -que no lo era- un pensamiento existencialista cuya destinataria subyacente fue Consuelo Suncín, su esposa salvadoreña. Rosina Conde, por su parte, sin temor al uso de la primera persona, sabe también dejar a nuestra lectura el entendimiento de los hechos, sin ambages ni juicios de valor de ese médium habilitado como narrador omnisciente. Las opiniones son de los personajes. Pero en cualquier trama o estilo, la autora hace del lector parte viva del relato colectivo de acuerdo con sus propias experiencias -ya ocurrió subrayadamente con La Genara-, y esto es más atrevido que el discurso literario en boga.
No sé si Conde recuerda que los antiguos creían que en el corazón residía en la mente, pero sin duda nos demuestra con sus letras que la intuición y las pulsiones violan las normas de la lógica. Una decena de relatos despuntan en el alba de su libro, donde la primera persona frecuentemente desplaza al narrador omnisciente u equisciente que ha de volver en registros memorables. No me parece casual que el primero de ellos corresponda a una niña, esa infancia femenina donde ocurre todo en la exterioridad incomprensible de los adultos. En este hay una latente nostalgia por el paraíso perdido, donde ya se asoman sin aspaviento áspides que venden manzanas sápidas y carnales. Después, la puerta, las ventanas de las narraciones siguientes, se abren a las voces cotidianas sin elocuencias innecesarias, desnudas de mensajes o reseñas morales. Solo las escenas donde flota, como el neorrealismo de Rossellini o el cinéma vérité francés, el movimiento de la vida. Pero el tono de Conde que nos aproxima a Duras corresponde a seres instalados en un presente perpetuo -dicho sin la menor intención de parodiar a nuestro Nobel- en la provocación íntima de los hechos desenvueltos sin destino fijo, incluso cuando el pensamiento mágico suele contradecir al sentido común. Los sucesos fluyen, se desbordan, porque no hay intención de instalar diques a las decisiones, aunque algunos aparentan ser designios de deístas o teístas: la difusa divinidad como explicación de los mortales.
El lenguaje de Conde es tan llano como nuestra cotidianidad, sobre todo en el monólogo interior -equivalente al de la rozagante Molly Bloom de Joyce-. Sombras a la altura del diálogo de seres investidos de la resiliencia de los antihéroes, la gleba, el estado llano, la gente de carne y hueso. La disonancia cognoscitiva de mujeres y hombres, donde sí pero no, en medio de afectos y desafectos, al transitar por los toponímicos fronterizos. (Por cierto, a propósito de alguno de los relatos en comento, mientras los nuestros van a Chula Vista, en la vida real los pudientes del país van a Nueva York con escala en sus condominios de Miami). La ruptura del mito de los padres bienhechores donde envejecidos monstruos apartan a un hijo de su madre, para castigar el embarazo, el mordisco a la fruta prohibida, e invierten en el infante como activo de larga maduración, disuelto luego con inverso cálculo del crío hasta empujarlos al asilo. La prostitución como agencia de colocaciones y solución de las que solo siguieron su instinto hormonal. No ver la infidelidad o tolerarla, para evitar el purgatorio de la soledad. El agua salobre que recibe las cenizas de los marginales. La mujer que es mar, metáfora de una Circe sin pretensiones. La línea fronteriza y geopolítica como prosopopeya o personificación femenina. La fatiga del mundo, del rol de mujer, madre y esposa sin reconocimiento, al huir de su condición en busca del solaz de Acapulco -balneario para todo presupuesto- y la apertura de horizontes insospechados que pasan por el ojo mágico de la mística con finales alternativos en el más puro estilo vanguardista del lector colaborador, porque la autora no lo dice, pero es de vanguardias. La mujer burlada pero comprensiva de las preferencias sexuales del que fue su marido, frente a hijos carentes de perdón y olvido. Todo esto y más, está amalgamado en esta serie de relatos donde se confronta al lector con la existencia.
Como guiones sin alamares -lo que la reconecta con Marguerite Dura, guionista de su propio drama-, Rosina Conde nos da motivos para adentrarnos en su narrativa de características propias. Los juicios de valor, insisto, si acaso aparecen, los hacen el elenco que habita en el libro. La autora se mantiene al margen de las vidas caóticas como la existencia misma. No hay vencedores ni vencidos. Late la existencia con brutalidad irreparable. En estos lances, como en toda su obra, no hay ningún atisbo de moralina. La testigo de este tiempo de canallas nos muestra la crudeza del cazador, el fuego del arma, la tristeza o la alegría sin reprimendas y recomendaciones tutelares. Le monde va de lui-même, podría ser el apotegma de estas hojas arrancadas de diarios aun no escritos.

Luego, en algún punto de este libro, Conde rompe propositivamente el rumbo, para dar cabida a un relato funambulesco. Se trata de un rellano, un cambio de ritmo, un divertimento donde se palpa su pleno conocimiento de la carpintería teatral, con una interesante propuesta donde el juego de palabras y mentes dislocadas hacen un diálogo kafkiano, el de “Los gatos morados”. El mensaje de fondo, quizá no sea solo el absurdo y el humor, sino los atributos existenciales que cuestionan la sociedad misma, su alienación, el día a día y el sentido de las elecciones personales, donde dos personas hablan como antípodas, aunque lo hagan en el mismo idioma. Luego, la autora retoma la secuencia inicial, la desgarradura del calendario, y siguen apareciendo protagonistas y antagonistas sin certeza del papel de los oprimidos. Este quiebre, hay que subrayarlo, es propio de la buscadora de formas sin aspavientos adánicos, pero insuflado por la incorporación de la novedad social y la innovación tecnológica, abierta al hipertexto, al contradiscurso, y a ese entorno avasallador que fluye más rápido que nuestra capacidad de aprendizaje social.
Por todo ello, la literatura de Conde no pasa de puntitas por la vida, como se lamentaba Oscar Wilde sobre su propia existencia. En el fondo marca la diferencia entre existir y vivir. Su obra, conviene advertirlo, está poblada por quienes desean silenciosa, pero intensamente, como la mayoría de los humanos, hacer su voluntad sin referentes ni ajustes de cuentas pendientes. Nuestro corazón disecado en el desierto, tiene que entrar al transcurrir de la vida plena de hastío, pero también de satisfacción cuando la causalidad parece casualidad y le da cierto sentido a la vida de adultos incómodos que conviven con esos corazones decididos a no saber de razones, sino de los impulsos y los relámpagos de la intuición.
Esto es lo que hay en este libro transparente, sin razones ocultas.






