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lunes, septiembre 14, 2026
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Los niños no pueden esperar

Después de conocer los resultados más recientes de la prueba PISA, sentí la necesidad de escribir esta reflexión.

Lo hice con mucho cuidado, procurando evitar las descalificaciones y concentrándome  en no atacar personas, sino en cuestionar un sistema que, desde mi perspectiva, ha dejado de colocar el aprendizaje de los niños en el centro de sus decisiones.

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Expreso esta opinión con el respeto y la responsabilidad que me exige un tema al que he dedicado más de cuarenta años de mi vida profesional: la educación.
no escribo contra los maestros ni contra las becas.

Escribo a favor de los niños.

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Porque, mientras los adultos discutimos quién tiene la razón, hay generaciones enteras que continúan perdiendo la oportunidad de construir un futuro mejor.

 

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De la política asistencial a una verdadera revolución educativa

El daño causado a millones de niños mexicanos es brutal. No se trata solamente de calificaciones deficientes: se les está arrebatando la posibilidad de competir, prosperar y decidir libremente su futuro en un mundo globalizado.

Durante años confundimos apoyar económicamente a los estudiantes con educarlos.

Las becas pueden ayudar a que un niño permanezca en la escuela, pero depositar dinero en una tarjeta no garantiza que aprenda a leer, razonar, calcular, investigar o distinguir entre un hecho y una opinión.

La beca debe acompañar a la educación; jamás sustituirla.

Una realidad que ya no admite discusión.

La prueba PISA —Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, coordinado por la OCDE— reveló en 2025 que apenas 30 por ciento de los jóvenes mexicanos alcanzó el nivel mínimo de competencia matemática, y alrededor de 50 por ciento lo consiguió en lectura y ciencias.

México permanece muy por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas, y los resultados en matemáticas volvieron a descender respecto de 2022.

No es un tropiezo aislado ni un mal año. Es un rezago persistente que compromete, generación tras generación, la capacidad de nuestros niños para competir en un mundo de inteligencia artificial, ciencia y comercio global.

 

El verdadero problema

La crisis educativa mexicana no tiene una sola causa. Es el resultado acumulado de varias decisiones equivocadas:

* Se utilizaron las becas como instrumento político sin asegurar que fueran acompañadas por un aprendizaje verificable.

* Se permitió que determinados grupos sindicales adquirieran una influencia desproporcionada sobre plazas, promociones, calendarios y decisiones educativas.

* Se debilitó la evaluación independiente, impidiendo conocer con claridad qué están aprendiendo los alumnos y dónde se encuentran las escuelas con mayores rezagos.

* Se modificaron contenidos sin suficiente discusión científica, pedagógica y plural.

* Se abandonaron aprendizajes indispensables como comprensión lectora, matemáticas, ciencias, tecnología, inglés, pensamiento crítico y formación cívica democrática.

* Se centralizaron decisiones que deberían resolverse en las propias comunidades escolares. En PISA 2022, solamente 24 por ciento de los estudiantes mexicanos asistía a escuelas cuyos directores tenían la responsabilidad principal de contratar docentes, frente a 60 por ciento en promedio en la OCDE.

 

El problema no son los maestros

México cuenta con miles de docentes comprometidos que trabajan en condiciones difíciles.

El problema es un sistema que protege estructuras burocráticas y privilegios políticos, pero no siempre protege el derecho de los niños a aprender.
Por eso, la pregunta correcta no es:

¿Cómo acabamos con el sindicato de maestros?

La pregunta debe ser: ¿Cómo terminamos con la captura política de la educación sin vulnerar los derechos laborales legítimos de los docentes?

Un Acuerdo Nacional por el Aprendizaje: las metas, no el manual

No pretendo aquí agotar el cómo. Cada uno de estos puntos merecería un libro propio de diseño institucional, jurídico y financiero. Lo que busco es elevar el nivel de conciencia nacional sobre el qué: hacia dónde debemos dirigirnos si de verdad ponemos al niño en el centro.

1. Recuperar la rectoría educativa del Estado. El sindicato debe defender los derechos laborales de sus integrantes; no controlar la política educativa. El maestro conserva plenamente sus derechos. Lo que debe desaparecer es el privilegio de administrar políticamente la educación.

2. Crear un organismo nacional verdaderamente independiente que mida los aprendizajes y publique resultados por entidad, región y escuela. Su propósito no es perseguir maestros, sino detectar problemas y ofrecer apoyo.

Lo que no se mide se oculta. Lo que se oculta no se corrige. Y lo que no se corrige condena a otra generación.

3. Declarar una emergencia nacional de lectura y matemáticas. Ningún alumno debería terminar tercero de primaria sin comprender un texto adecuado para su edad.

4. Convertir la beca en una política integral, no eliminarla. El éxito no debe medirse por cuántos apoyos económicos se distribuyen, sino por cuántos niños aprenden, con qué calidad y cuántos concluyen sus estudios.

5. Liberar la educación de cualquier adoctrinamiento partidista, sea del signo que sea. La escuela pública no debe formar seguidores de un gobierno, partido o ideología, sino ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Esto no significa imponer un dogma distinto: significa someter los contenidos a una revisión plural, pública y basada en evidencia.

6. Dignificar y profesionalizar al maestro. No podemos exigir resultados sin ofrecer formación, herramientas y condiciones adecuadas. Evaluar no es castigar: es identificar fortalezas, corregir debilidades y ayudar a mejorar.

7. Dar mayor autonomía a cada escuela, con reglas transparentes y una rendición de cuentas real.

8. Establecer metas nacionales verificables a cinco años: que todos los niños lean y comprendan al terminar tercero de primaria, reducir a la mitad el rezago en matemáticas y publicar los avances sin manipulación ni propaganda.

 

La decisión histórica

Desmantelar la canonjía no significa destruir al sindicalismo ni enfrentarse con los maestros.

Significa separar los derechos laborales de los privilegios políticos; devolverle al Estado la rectoría educativa y colocar al niño —no al gobierno, no al sindicato, no a la ideología— en el centro del sistema.

Mientras la mitad de nuestros jóvenes no alcanza los niveles mínimos de lectura y ciencias, y siete de cada diez no los alcanzan en matemáticas, México no puede aspirar a competir en un mundo globalizado.

Cada año que pasamos discutiendo si se toca o no al sistema es un año que miles de niños ya no van a recuperar.

Los niños no pueden esperar a que resolvamos el “cómo” mientras seguimos sin ponernos de acuerdo en el “qué”.

Una beca puede ayudar a un niño durante un mes. Una educación de calidad puede transformar toda su vida. La solución no consiste en quitarles la beca. Consiste en devolverles la educación de calidad que nunca debimos permitir que se les negara.

Atentamente,

Fernando H. Padilla Fitch.

Correo: [email protected]

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Redacción Zeta
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Redacción de www.zetatijuana.com

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