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viernes, octubre 9, 2026
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El cine comunitario y el espacio público

El render prometía un anfiteatro. Áreas verdes arboladas que ofrecían una sombra refrescante. Jardines de plantas nativas, infraestructura para un parque infantil con columpios y resbaladillas, equipamiento para ofrecer actividades artísticas y culturales, así como un acompañamiento interpretativo del espacio público e histórico donde hacer comunidad. Se trataba de una calle, un sector de la calle Miramar de apenas una cuadra de longitud. Una calle en el corazón del centro de la ciudad. En ella tenía su sitio la parada de los taxis verde y blanco, el vestigio más parecido a las calafias tijuanenses que el puerto de Ensenada tuvo. A media cuadra de la parada de las rutas de los micros amarillos, de la base de los transportes Vigía. A casi dos cuadras de los transportes rojo y blanco, de la escuela primaria centenaria La Corregidora y el jardín de niños Juan Jacobo Russeau, que a su vez está cerca de cumplir los noventa años de operación. A una cuadra de distancia de la miscelánea Lolis, que a muchos nos ha sacado del apuro en más de una ocasión. Casi toda la población de la ciudad que se mueve en transporte público pasaba por ahí a diario o a algunos pasos de esa cuadra.

Cuando finalmente el municipio cedió en comodato la calle, el espacio público se convirtió en parte de la Plaza Santo Tomás: el patio adoquinado de acceso peatonal del complejo comercial y cultural. Pronto el espacio público parecía ser secuestrado para el goce de solo algunos de sus usuarios, particularmente de aquellos que pertenecen al nicho de consumo al que los locatarios del complejo se dirigen y en detrimento de tantos otros le fue retirado, por ejemplo: el acceso a los operadores de los carritos de raspados y tejuinos, de elotes y de golosinas; el señor de los globos, el de los algodones de azúcar y el de las manzanas acarameladas que acostumbraban vender sus mercancías a lo largo de ese cuadro de la ciudad, en especial durante los fines de semana cuando se pone el mercado sobre ruedas de la calle vecina. Las áreas verdes del render se tradujeron en cerca de una docena de maceteros rodeados de bancas de concreto, que carecen de la fresca sombra de los árboles que nos prometía la imagen. Los jardines de plantas nativas quedaron fuera del presupuesto. El anfiteatro y el foro teatral no llegaron y la tradicional fiesta popular de la Verbena de Santo Tomás cambió su formato: dejó de ser la celebración gratuita que por cerca de treinta años reunió a la ciudadanía en una fiesta que cerraba ex profeso la cuadra del comodato y que brindaba una nutrida oferta musical y artística con venta de alimentos y bebidas.

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La cuadra se volvió peatonal a causa del comodato y la verbena continúa celebrándose ahora con un precio de venta muy accesible, digamos, en comparación con otros eventos asociados a las Fiestas de la Vendimia, sin embargo, el mero gesto del costo ya excluye al ciudadano promedio que visita a diario el centro, los usuarios de ese espacio público. Aunque los locatarios de la plaza venden productos y servicios de gran calidad, de factura creativa remarcable y, en general, en promoción de la economía local, el natural usuario de ese espacio público fue despojado de su lugar. Y, aunque la nueva verbena y otros de estos esfuerzos reúnen actividades, personajes y manifestaciones artísticas muy interesantes y necesarias, el antiguo usuario del espacio continúa excluido del proyecto que se auto definió en el momento de su campaña y promoción como público y comunitario. O al menos eso creía hasta hace muy poco, un sentimiento de despojo me generaba cierta resistencia a las actividades del complejo.

Hace algunas semanas asistí a la primera función del ciclo de cine al aire libre, Cine de verano 2026 que proyecta las películas justamente en la cuadra del comodato de la Plaza Santo Tomás. Abrieron su programa con Ponyo (2008), del reconocido director japonés Hayao Miyazaki y su Studio Ghibli. Apenas salí de trabajar y me dirigí al centro a ver lo que pudiera alcanzar de la función. Llegué tarde y sin silla, que es el único requisito que la función le pide al asistente, traer consigo algo donde sentarse a ver la película. Me acerqué desde la calle Séptima y desde lejos se podía divisar la pantalla iluminada por la proyección.

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Frente al gran mural de la artista Amanda Buen,o me encontré con personas sentadas en una variedad de artefactos: tapetes de yoga, cojines, algunas sillas, la banqueta, las bancas de las jardineras del complejo. En una de estas bancas encontré un espacio donde sentarme. La densidad de los asistentes a la función en este lado de la pantalla permitía a los transeúntes de la plaza caminar, a diferencia del lado opuesto que estaba densamente poblado por familias, niños, jóvenes, el público organizado que había tendido sus asientos en torno a la pantalla. Entonces reparé que desde donde estaba sentada, yo y el resto de mis vecinos, recibimos la imagen proyectada como un espejo, al revés. Luego supe que al lado alrevesado se denominó el Lado B de la proyección. Mientras la película transcurría las personas que atravesaban la plaza caminando se detenían algunos segundos al ver la pantalla, extrañados, explicándose el fenómeno ante sí. Algunos de ellos regresaron a encontrar un lugar donde sentarse a ver el resto de la película, otros solo siguieron su camino. De ese lado casi nadie había traído silla. Algunos estaban sentados directamente en el suelo, sobre de sus mochilas o alguna otra prenda que amortiguara la dureza del adoquín. Digamos que el Lado B estaba habitado de asistentes casuales, de personas que no tenían planeado asistir a la función de cine, pero que Ponyo los atrapó.

Compartí la banca con una pareja de jóvenes y con un anciano encorvado que dejó de empujar su carrito de supermercado cargado de cacharros para sentarse.  Casi a mi lado, una chica que visiblemente era parte del equipo organizador de la función se acercó a un muchacho de piel morena raída por el sol y que iba solo, guiando una bicicleta sin montarla. Le extendió al muchacho la invitación a sentarse, a disfrutar de la función de cine al aire libre en el espacio público. El morro, notablemente abrumado por la invitación, se negó y la entusiasta portadora de la camiseta que leía “el cine lo hacemos todos”, comprendió la situación y dejó de insistir. Sin embargo, yo pude ver que el muchacho se sentó en la banca de concreto de la jardinera de más al fondo y se dispuso a ver el resto de la película. Lo ví reírse cuando los pececitos le juegan contratiempos y tropiezos al soberano del mar que busca a toda costa que Ponyo, la protagonista de la película, regrese al fondo marino con su familia. También escuché la risa de mi vecino de banca, el señor del carrito de super.  El Lado B adquirió un aire diferente del ambiente familiar del Lado A, algo parecido a las funciones de cine o de teatro de pueblo, o de cine mudo. Me hizo recordar las funciones del cine al aire libre del pueblo italiano de la película de Cinema Paradiso, donde personas de todos tipos y estratos sociales comparten la silla, el espectáculo público donde todos caben.

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Gestionar el espacio público puede ser complejo si no se busca tener o construir una idea amplia de quién habita ese ecosistema al que llamamos espacio público. Generar eventos y actividades para el goce propio y de nuestros cercanos afines no está mal, pero cuando para hacerlo se despoja del espacio público a un sector de la población y no se le ofrece nada a su alcance y disposición, como antes lo estaba su calle, algo no está bien. Para Elidé Malagamba, parte del equipo organizador de las actividades de Cine de verano, el cine es una herramienta de cohesión social. La elección de las películas que conforman el ciclo, el idioma en el que se proyectan, las actividades de convivencia y socialización previas a la proyección, encaminan al proyecto de cine al aire libre hacia una actividad verdaderamente comunitaria alejándose del uso panfletario de la palabra con la que se nos vendió la idea del comodato.  Al igual que el reciente Festival Internacional de Jazz de Ensenada, organizado por la UABC y el resto de las actividades artísticas y culturales accesibles y de orden público, las proyecciones de cine al aire libre de Cine de verano reúnen a la ciudadanía en espacios de goce compartido que fortalecen las ideas identitarias y de patrimonio común. En momentos críticos como los que Ensenada atraviesa actualmente en los que el Gobierno estatal le entrega al Poder Judicial un predio previamente asignado al Centro Estatal de las Artes de Ensenada en el que seguimos esperando se construyan las aulas y talleres inconclusos del proyecto (que están pendientes desde la inauguración del centro en 2007) o bien se instala propaganda religiosa en diferentes puntos de ciudad como el Malecón o el Parque Revolución (transgrediendo el principio de laicidad del espacio público), el cuestionamiento del uso de los espacios públicos y culturales, así como la respuesta de la población y su cohesión cobran un sentido de gran relevancia.

El verano se agota y con él llega a su fin el ciclo de proyecciones de Cine de verano 2026. Se llevan los organizadores, Betania Vásquez, Alberto Villaescusa y Elidé Malagamba, así como el resto de sus colaboradores, la satisfacción de haber recibido un número récord de asistentes, de generar espacios para la interacción de organizaciones culturales, científicas, comunitarias y de recreación y de haber logrado incluir dentro de sus actividades a las personas que viven y conmutan diariamente el centro de la ciudad. Esperamos con curiosidad y alegría la próxima temporada de este proyecto que le otorgó a la Plaza Santo Tomás una oportunidad exitosa de gestionar el espacio público.

 

Atentamente,

Ismene Venegas, escritora

Ensenada, B.C.

 

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Redacción Zeta
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Redacción de www.zetatijuana.com

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