Cuando la arquitectura se atreve a volar
Al contemplar el Walt Disney Concert Hall, en pleno corazón de Los Ángeles, se me puso la piel chinita.
Supe que no estaba solamente frente a un edificio, sino ante una imaginación desbordante convertida en partitura de acero.
Sus formas parecían moverse delante de mis ojos, como si la música hubiera escapado de la sala y comenzara a bailar sobre la ciudad.
Había entrado, sin darme cuenta, en el mágico mundo de Frank Gehry.
Ephraim Owen Goldberg, más conocido como Frank Gehry, fue un arquitecto canadiense-estadounidense, ganador del Premio Pritzker y reconocido por las formas innovadoras y peculiares de los edificios que diseñó.
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Nació el 28 de febrero de 1929 en Toronto, Canadá. Proveniente de una modesta familia judía de inmigrantes, sus primeros estímulos creativos surgieron en la ferretería de su abuelo, donde jugaba en el suelo armando ciudades de madera con restos de materiales.
En 1947 se mudó a Los Ángeles, donde trabajó como chofer de camiones antes de ingresar a la Universidad del Sur de California. Se graduó como arquitecto en 1954 y, ese mismo año, por sugerencia de su primera esposa y ante el antisemitismo de la época, cambió legalmente su apellido a Gehry.
Frank Gehry no concebía los edificios como cajas inmóviles, sino como esculturas habitables en permanente movimiento.
Primero dibujaba libremente, casi como si su mano improvisara sobre el papel. Después construía maquetas y recurría a la imaginación y a la tecnología digital para transformar aquellas curvas aparentemente imposibles en estructuras capaces de sostenerse en el mundo real.
En 1989 recibió el Premio Pritzker, considerado la distinción más importante de la arquitectura. El jurado reconoció la originalidad y la fuerza creadora de un hombre que se atrevió a cuestionar las formas tradicionales y a convertir materiales industriales en expresiones artísticas.
Entre sus obras más reconocidas se encuentran el Museo Guggenheim de Bilbao, la Fundación Louis Vuitton de París y el Walt Disney Concert Hall de Los Ángeles.
Este último parece extender sus velas de acero inoxidable en pleno centro de la ciudad. Sus superficies curvas se elevan, se doblan y se entrelazan como si fueran enormes velámenes agitados por el viento. No existen líneas quietas: todo parece avanzar, girar, ascender.

Dependiendo de la hora del día, el edificio cambia de tonalidad; por la mañana refleja una luz clara y delicada, mientras que al atardecer adquiere matices dorados.
El Walt Disney Concert Hall, inaugurado en 2003, no solamente alberga música: parece haber sido modelado por ella. Sus formas exteriores evocan las velas de un barco, los pétalos de una flor o las hojas de una partitura que el viento hubiera levantado sobre Los Ángeles.
El acero se yergue, se curva, se pliega y deja de ser rígido. Se vuelve movimiento. Se vuelve luz. Se vuelve música. Al contemplarlo, uno tiene la impresión de que la orquesta comenzó a tocar antes de entrar a la sala. Las curvas parecen seguir el ritmo de una melodía invisible; unas se elevan como notas agudas y otras descienden suavemente, como los acordes graves de un violonchelo.
La música adquiere así una forma visible: escapa del escenario, atraviesa los muros y convierte la propia arquitectura en espectáculo.
El edificio invita a volar, cantar y bailar.
Fue concebido para liberar la imaginación y recordarnos que la arquitectura no tiene por qué limitarse a protegernos de la lluvia o proporcionarnos un espacio. También puede conmovernos, sorprendernos y despertar aquello que creíamos dormido en nuestro interior.
Frank Gehry falleció el 5 de diciembre de 2025, a los 96 años, pero sus edificios se niegan a permanecer inmóviles. Continúan navegando sobre las ciudades, jugando con el viento, atrapando la luz y desafiando la gravedad.
Al alejarme, volví la mirada.
El edificio continuaba allí y, sin embargo, parecía haberse movido con la luz. Entonces comprendí que algunos arquitectos levantan edificios. Otros construyen monumentos.
Frank Gehry hizo algo todavía más difícil: hizo brillar la materia y convirtió el acero en sinfonía.
Atentamente,
Fernando H. Padilla Fitch
Correo: [email protected]





