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viernes, septiembre 18, 2026
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El motor invisible: La economía del cuidado

Cada mañana, millones de personas salen rumbo a sus trabajos, las oficinas gubernamentales abren sus puertas, el transporte público se llena y las empresas —desde la más grande hasta la más pequeña— ponen en marcha sus operaciones. Sin embargo, nada de esta actividad formal sería posible sin un engranaje silencioso, no remunerado y sistemáticamente ignorado: la economía del cuidado.

Detrás de cada jornada laboral hay una mujer que preparó un desayuno, vistió a una niña o niño, acompañó a una persona mayor a una consulta médica, lavó un uniforme o dejó a sus hijas e hijos en la escuela. Este conjunto de actividades, invisibles para las estadísticas económicas, constituye la base material que sostiene el funcionamiento de los mercados.

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Los datos muestran la magnitud de esta omisión. Según la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) 2022, el valor económico de las labores domésticas y de cuidados asciende a 7.2 billones de pesos, equivalente al 24.3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional. Para dimensionar este motor invisible: el trabajo de cuidados aporta más a la economía mexicana que toda la industria manufacturera junta.

A pesar de ser el sector económico más grande del país, la economía del cuidado no aparece en los tabuladores oficiales, no genera cotizaciones, no tiene seguridad social, no cuenta con una secretaría de Estado que la represente y carece de derechos exigibles para quienes la sostienen día tras día.

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Las cifras también exponen una profunda y sistemática desigualdad de género sostenida por prácticas patriarcales. De ese gigantesco 24.3 por ciento del PIB, el 72 por ciento es aportado por el trabajo de las mujeres, mientras que los hombres apenas contribuyen con el 28 por ciento. En términos poblacionales, 23.8 millones de mujeres de 15 años o más (el 45 por ciento de este grupo) realizan tareas de cuidados, frente a solo 7.9 millones de hombres (el 17 por ciento).

Esta brecha se agudiza al medir la pobreza de tiempo: las mujeres dedican en promedio 37.9 horas semanales a estas labores, mientras que los hombres asignan 12 horas menos. Como resultado, el trabajo no remunerado opera como un enorme “subsidio oculto” para el sistema capitalista, abaratando el costo de reproducción de la fuerza de trabajo sin que nadie lo pague.

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Cuando se decide no financiar servicios de cuidado, simplemente transfiere el costo a los hogares y a las mujeres. Esta falta de recursos fragmenta la calidad de los servicios, eleva las tarifas privadas, profundiza la estratificación socioeconómica y genera déficits de trabajo formal. La economía del cuidado es la base sobre la que se cimenta la vida social y económica.

El diseño de políticas públicas debe cambiar de paradigma. La política de cuidados no es un asunto sectorial aislado, sino una variable estructural que debe integrarse en el desarrollo urbano, la movilidad, la política fiscal y la planeación.

 

 Melba Adriana Olvera fue presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos en Baja California.

Correo: [email protected]

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