Trump es peligroso no sólo por su imbecilidad y su narcisismo desenfrenado, sino porque carece de los atributos centrales de empatía y comprensión que definen el alma humana.
Las realidades más profundas de la existencia humana son a menudo las que nunca pueden medirse ni cuantificarse. La sabiduría. La belleza. La verdad. La compasión. El coraje. El amor. La soledad. La pena. La lucha por enfrentar nuestra propia mortalidad. Una vida con significado. Pero quizás el mayor enigma es el concepto de alma. ¿Tenemos alma? ¿Las sociedades tienen alma? Y, más básicamente, ¿qué es un alma?
Filósofos y teólogos, incluyendo a Platón, Aristóteles, Agustín y Arthur Schopenhauer, han lidiado con el concepto de alma, prefiriendo Schopenhauer definir la fuerza mística dentro de nosotros como voluntad. Sigmund Freud usó la palabra griega psique. Pero la mayoría ha aceptado, cualquiera que sea la definición, alguna versión de la existencia del alma.
Si bien el concepto de alma es opaco, la falta de alma no lo es. La falta de alma significa que algo dentro de nosotros está muerto. Los sentimientos y conexiones humanos básicos están desconectados. Aquellos sin alma carecen de empatía. Vi a los desalmados en la guerra. Aquellos tan calcificados por dentro que matan sin ningún sentimiento o remordimiento demostrable.
Los desalmados existen en un estado de insaciable autoadoración. El ídolo que se han erigido a sí mismos debe ser alimentado constantemente. Exige una interminable corriente de víctimas. Exige una obediencia y sumisión absolutas, exhibidas públicamente en las reuniones del gabinete de Trump.
Los psicólogos, supongo, definirían a los desalmados como psicópatas. Escribo esto no para entrar en un debate esotérico sobre el alma, sino para advertir sobre lo que sucede cuando los desalmados toman el poder. Quiero escribir sobre lo que se pierde y las consecuencias de esa pérdida. Quiero advertirles que la muerte, nuestra muerte —como individuos y como colectivo—, no significa nada para los desalmados. Esto hace que los desalmados sean muy, muy peligrosos.
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Quienes carecen de alma no tienen concepto de sus propias limitaciones. Se alimentan de un optimismo sin fondo y autocomplaciente, dando a sus actos más crueles y a sus derrotas más amargas la pátina de bondad, éxito y moralidad. Los desalmados —como escribe Paul Woodruff en su pequeña obra maestra Reverencia: Renovar una virtud olvidada— no tienen la capacidad de sentir reverencia, asombro, respeto y vergüenza. Creen que son dioses.
Los desalmados no pueden responder racionalmente a la realidad. Viven en cámaras de eco autoconstruidas. Sólo escuchan su propia voz. Los rituales y ceremonias cívicas, familiares, legales y religiosas que transportan a aquellos con alma al ámbito de lo sagrado, a un espacio donde reconocemos nuestra humanidad compartida, obligándonos, al menos por un momento, a humillarnos, carecen de significado para los desalmados. Los desalmados no pueden ver porque no pueden sentir.
Los desalmados, esclavizados por el narcisismo, la codicia, la lujuria por el poder y el hedonismo, no pueden tomar decisiones morales. Las decisiones morales no existen para ellos. La verdad y la falsedad son idénticas. La vida es transaccional. ¿Es bueno para mí? ¿Me hace sentir omnipotente? ¿Me da placer? Esta existencia atrofiada los expulsa del universo moral.
Los seres humanos, incluidos los niños, son mercancías para los desalmados, objetos para explotar por placer o beneficio, o ambos. Vimos esta falta de alma exhibida en los Archivos Epstein. Y no sólo fue Epstein. Grandes sectores de nuestra clase dominante, incluyendo multimillonarios, financieros de Wall Street, presidentes de universidades, filántropos, celebridades, republicanos, demócratas y personalidades de los medios, nos consideran indignos.
Tucídides lo entendió. La reverencia no es una virtud religiosa sino una virtud moral. Woodruff llegó a definirla como una virtud política. La reverencia por los ideales compartidos, escribe Woodruff, es lo único que puede unirnos. Es el único atributo que asegura la confianza mutua. La reverencia nos permite recordar lo que significa ser humano. Nos recuerda que hay fuerzas que no podemos controlar, fuerzas que nunca entenderemos, fuerzas de la vida que no creamos y debemos honrar y proteger —incluido el mundo natural—, y fuerzas que nos permiten momentos de trascendencia, o lo que en términos religiosos llamamos gracia. “Si deseas la paz en el mundo, no ores para que todos compartan tus creencias”, añade Woodruff. “Ora más bien para que todos sean reverentes”.
La celebración de Trump hacia sí mismo se manifiesta en su vocabulario atrofiado de superlativos y en el cambio de nombre de los monumentos nacionales. Derriba el Ala Este para construir su ostentoso y sobredimensionado salón de baile de 400 millones de dólares. Propone un arco conmemorativo de 250 pies de altura, adornado con estatuas doradas y águilas, en honor a sí mismo, un arco que será más grande que el Arco del Triunfo erigido por el dictador norcoreano Kim Il-sung en Pyongyang. Está planeando un “Jardín Nacional de Héroes Estadounidenses” que incluirá estatuas de tamaño natural de celebridades, figuras deportivas, figuras políticas y artísticas consideradas por Trump como políticamente correctas, junto con, por supuesto, él mismo. Su rostro adorna los laterales de los edificios federales en enormes pancartas bien iluminadas. Cambió el nombre del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas por el de Centro para las Artes Escénicas Donald J. Trump y John F. Kennedy. Añadió su nombre a la sede del Instituto de la Paz de los Estados Unidos. Ha anunciado una nueva flota de buques navales estadounidenses llamados acorazados clase Trump.
Estos no son sólo monumentos a Trump, sino a una ética pervertida, a la insaciable autoadoración que define el vacío interior de los desalmados. Los monumentos, las casas de culto y los santuarios nacionales dedicados a la justicia, el autosacrificio y la igualdad, que exigen de nosotros humildad e introspección, que requieren la capacidad de reverencia, desconciertan a los desalmados. Los desalmados no tienen sentido de la estética. No tienen sentido del equilibrio, la simetría y la proporción. Cuanto más grande, más ostentoso, más recubierto de pan de oro, mejor. Buscan excluir a todo y a todos los demás, para arriarnos con ofrendas a los pies de Moloch.
Cuando los desalmados hacen la guerra, es parte de este impulso pervertido de construir un monumento a sí mismos. Cuando la guerra va mal, como está yendo en Irán, los desalmados, incapaces de leer la realidad, exigen mayores niveles de violencia y destrucción. Cuanto más fracasan, más convencidos están de que todos los han traicionado; más descienden a una furia tiránica.
Trump, enfrentándose potencialmente a un desastre humillante en Irán, arremeterá como una bestia herida. No importa cuántos sufran y mueran. No importa qué armas, incluidas las armas nucleares, deban emplearse. Él debe triunfar, o al menos aparentar que triunfa.
“Padres y maestros, me pregunto: ‘¿Qué es el infierno?’”, cuestiona el padre Zósima en Los hermanos Karamázov de Fiódor Dostoyevski. “Sostengo que es el sufrimiento de ser incapaz de amar”. Esta es la situación de los desalmados. Buscan, en su miseria, hacer de su infierno el nuestro.
* (Traducción del artículo “The Emperor Has No Soul – by Mr. Fish.”, de Chris Hedges: https://chrishedges.substack.com/p/trump-has-no-soul)
Enviado por Fidel Fuentes.
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