Tal campo vasto, el panteón fue creado para resguardar cuerpos humanos, y en sus días de vida escribieron su historia en cuerpo, mente y en su interior; pero es allí donde yacen inertes, ahora descansan en paz.
Cuando el cuerpo de alguno de ellos gozaba aun de vida, era solicitado, procurado y mantenía cierta importancia dentro de la familia de la cual formaba parte, y en donde era el centro de sus parentales; pero falleció, murió y ahora yace en el panteón.
Si bien le va, cada año lo recuerdan, pero hay veces en que la crueldad ya nunca más se los permite. Los pasos que rodearon al féretro gris del finado, son de algún consanguíneo que, en adelante, no pisarán más ese polvo que hay en la parte superior del sepulcro. Ya partió de la ciudad donde brillaba su luz, y ahora ha dejado de hacerlo. ¡Oh, qué pérdida!
Pasa igual con un libro, su presentación jala a los amantes de la lectura como a curiosos; indagan al respecto dado a que les agrada, llegando al punto del deleite (a veces se identifican con el texto). El tomo es usado, leído y allí queda; nadie lo solicita ya, pasó por muchos lectores que le sacaron provecho, les iluminó la mente. Ese interesante tomo queda ya en el vasto librero; la tumba de letras, de crónicas, de hechos, de historias, de ficciones hechos mundos; autores se mantienen parados, acostados, empalmados, allí yacen apretujados en el librero endeble y polvoso; se dobla, se vuelve frágil de tantos libros que ya se leyeron, pero ahora yacen leídos y maltratados.
Hay escritos redactados por autores expertos, eminencias de la pluma (o pluma fuente) que dieron voz muda a ese cuerpo de papel hecho en imprenta, y que ahora es polvo amarillento, papel pergamino que ya nadie quiere hojear. Y así mismo es el panteón como lo es el librero: guardan historias, miles de ellas que son poco o nada recordadas. Tal como muchos cristianos no creen en las visitas a ese campo donde duermen para siempre los cuerpos humanos, hechuras de Dios en donde su luz no palpita más, como una biblioteca en la que no hay interés en visitar sus recintos cultos.
El libro, similar al ser humano, termina abandonado en cajas, en libreros o en la basura. Dos equidades y un mismo olvido, ambos tuvieron voz, pero si a uno lo desempolvan recupera su voz que es muda, pero la mente humana, poderosa como es, la transforma en habla fuerte.
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Y en el panteón, algún día volverá a tener voz esa vida que terminó en el pradera mortuoria, según lo escrito en la Biblia, pero la olvidamos por años lustros, décadas o para siempre en el panteón y al libro.
Atentamente,
Leopoldo Durán Ramírez.
Tijuana. B.C.






