La doctrina que no fue

Foto: Internet/José Ramón López Beltrán, hijo del presidente Andrés Manuel López Obrador
Opinionez lunes, 14 febrero, 2022 12:00 PM

Columna invitada

 

 

 

“Pocos hombres son llamados para gobernar ciudades e imperios, mas cada cual está obligado a gobernar sabia y prudentemente su familia y casa”.

-Plutarco, moralista griego.

 

En los últimos días hemos vivido la descomposición de la quimera moral sobre la cual el Presidente de la República pensó que iba a poder navegar durante todo su sexenio. La ilusión hizo agua. Y el único responsable es el mismo mandatario, porque en su megalomanía cometió un gravísimo error que ahora lo tiene acorralado y evidenciando lo que desde hace tiempo se veía venir: la alabanza diaria en boca propia fue su vituperio.

Y es que el punto no es si la pareja de su primogénito tiene o no dinero, si es bien habido el mismo, ni siquiera si se encuentra relacionado o no a algún proveedor de gobierno; eso en esta coyuntura resulta irrelevante porque implica un grado de derivaciones y análisis que la grandísima mayoría de la población no realizará.

No, eso no es lo que tiene enojado al Presidente; lo que vino a cimbrarlo, como nunca en su sexenio, es consecuencia de sus excesos como autócrata, porque mientras en un reciente día tuvo el atroz atrevimiento de arengar y pontificar a los mexicanos desde el atrio presidencial, para que nos despojáramos de esas impúdicas cadenas aspiracionistas, para no tasar al sucio dinero como posibilidad más de acceso a una mejor calidad de vida, mucho menos fijarnos metas de existencia que lo involucrarán (e inclusive decir que no necesitábamos más de un par de zapatos para saciar nuestra sed de patrimonio), en ese preciso momento -esa misma mañana- su hijo mayor, su consanguíneo, en la más íntima humanidad, contradecía por completo la liturgia populista de su señor padre, entregándose al gozo de una vida de oropel.

Ese es precisamente el punto de inflexión que hoy todos debemos de ponernos a razonar. El Presidente de la República no es -ni puede ser- “Padre de la Nación”, como en sus ínfulas de revisionismo histórico pretende ser venerado. La mancha de incongruencia que ya tiñe su toga monárquica no se quitará; la inconsistencia es evidente, pero, sobre todo, tolerada y del conocimiento previo de él como padre, algo que deja de ser íntimo para convertirse en público porque el señor Presidente así lo quiso, al cruzar la retórica institucional e inducir sus supuestos valores y principios a las familias mexicanas, cuando en la suya no los practican. Lo que no esperaba era que se supiera por sus aleccionados.

El adoctrinamiento y manipulación de masas; las constantes cortinas de humo; la descalificación genérica; la ausencia de técnica, de debate; la invitación diaria al encono y polarización; el ataque sistemático e intento de censura contra todo aquel disidente o critico a su proyecto de fábula transformadora… todo ha sido sin duda de gran satisfacción para la egolatría presidencial, pero a un costo devastador para el futuro de nuestro país.

Su juego de ajedrez es muestra de autoritarismo y de lo que termina sucediendo con los gobiernos populistas: al eliminar la división de poderes y poner a sus pies al judicial y legislativo, al controlar a los organismos autónomos, al intervenir a los sindicatos y organizaciones civiles intermedias, al comprar y generar sus propios medios de comunicación y al atemorizar o cooptar a la oposición política, van por el ciudadano. Presidente, Gobernadores, Alcaldes, ¿por qué necesitan estos incentivos morales que terminan tronándoles en las manos? Porque ya no les falta nada.

Con un Presidente de la República que piensa que los que no compartimos su visión de México, brindamos con jerez español por su desgracia ante retratos de Santa Anna y Miramón o nos flagelamos ante la Virgen de los Remedios invocando su fracaso; encolerizado y distraído de la cosa pública, el riesgo es sin duda mayor para el enfoque y cordura que deberían de prevalecer en estos momentos en nuestro país. Parafraseando a Justo Sierra, “un jefe de nación no puede ser de arranques e impulsos, para gobernar a los otros es preciso gobernarse a sí mismo”; para quien controla México, hoy es momento de sensatez pública, si tanto le importa su lugar en la historia.

 

Héctor R. Ibarra Calvo es mexicalense, abogado postulante y catedrático de Amparo en Cetys Universidad. Ha sido regidor en el XXII y XXIII Ayuntamiento de Mexicali.

Correo: hectoribarra@idlegal.com.mx Twitter: @ibarracalvo

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