“El novelista aprovecha el silencio de la historia para inventar algo”, expresó a ZETA el autor de “El ejército ciego”, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2026
La imaginación es el camino que David Toscana sigue al ir tras “El ejército ciego”, título con el que el narrador mexicano mereció el Premio Alfaguara de Novela 2026.
Integrado por el escritor mexicano Jorge Volpi, Agustina Bazterrica, Brenda Navarro, Camila Enrich, Óscar López y Pilar Reyes (con voz pero sin voto), el Jurado asentó en el acta de deliberación sobre “El ejército ciego”:
“A partir de un hecho histórico del siglo XI en el que Basilio II, emperador de Bizancio, ordena cegar a 15.000 soldados búlgaros, el autor crea una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia. Narrada en primera persona por Kozaro, el Escriba, la novela adquiere un tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro. Una gran épica de los vencidos”.
— El Premio Alfaguara ha sido ganado desde autores como Sergio Ramírez en 1998, Laura Restrepo, Juan Gabriel Vázquez, Jorge Franco, por ejemplo; hasta mexicanos como Elena Poniatowska, Xavier Velasco, Jorge Volpi y Guillermo Arriaga. ¿Cómo te sientes de ser parte del elenco de ganadores del Premio Alfaguara de Novela?
“Siempre había yo envidiado a toda esta lista de autores. No era la primera vez que yo participaba en este premio, pero pues al fin se dio”, fueron las primeras palabras que David Toscana expresó a ZETA vía Zoom tras publicar su novela premiada.
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15 MIL CIEGOS
David Toscana ubica “El ejército ciego” en 1014, año en que “tras derrotar a los búlgaros en la batalla de Klyuch, el emperador bizantino Basilio II ordena arrancar los ojos de los 15 mil soldados del ejército enemigo, dejando tuerto a uno de cada cien hombres para que guíen a los ciegos de regreso a casa”.
— Al inicio de “El ejército ciego” citas a Ioannis Skylitzez (1040-1101): “Dicen que el emperador cegó a los prisioneros, en número de 15 mil, con órdenes de que a un hombre de cada cien se le dejara tuerto para que sirviera de guía”. ¿Cómo descubres la historia de los 15 mil prisioneros búlgaros que fueron cegados en el Siglo XI? ¿Y qué fue determinante para que decidieras escribir una obra de ficción?
“La historia la descubrí en una línea de un compendio de historia universal, ‘Historia de la civilización’; está en 13 tomos, y por ahí del Tomo IV que se ocupa de los asuntos bizantinos aparecía una línea y yo me quedé muy interesado en este asunto. Quise averiguar más y al principio mi interés era histórico. Yo tenía curiosidad de saber qué pasó con estos ciegos. Entonces, busqué en distintas fuentes y lo único que se repetía una y otra vez es esta cita de Skylitzez; aparecía a veces textual, a veces parafraseada, pero no se salía de ahí. Y lo que ocurre es que nunca nadie escribió la historia de los ciegos, por eso es que ningún historiador te lo puede contar”.

“LA LITERATURA NO ESTÁ HECHA PARA VERSE”
Como toda obra maestra, “El ejército ciego” tiene diversas lecturas, ambiguas y nunca conclusivas. Mientras el ejército de 14 mil 652 ciegos y 148 tuertos regresa a casa luego de ser humillados por las tropas del emperador bizantino Basilio II, David Toscana aprovecha para compartir su versión sobre la escritura y la lectura, la vista o la palabra: “Cristo fue un dios encarnado; para nosotros es un dios apalabrado”, “‘Mejor fuera no existir que vivir ciego’. Eso dicen algunos en la taberna sin saber lo que están diciendo. Como si uno viniera al mundo sólo a ver”, se lee por “El ejército ciego”.
— ¿Podrías hablarnos de esta oportunidad de abordar el tema de la lectura y la vista, escritura o las palabras, a partir de la ceguera?
“Sí, mientras escribía la novela me fui dando cuenta de algo que es un poco obvio, pero que no lo había pensado antes: y es que la literatura, cualquier texto literario, es algo que no vemos; vemos las palabras o escuchamos las palabras, pero no vemos lo que está más allá. Cualquier novela que leas es como si la leyeras con los ojos cerrados. Tú suponte que la estás escuchando solamente. Entonces, si aparecen imágenes, es a través de la imaginación, pero un texto literario está hecho para la comprensión, para la memoria, para la interpretación, para la imaginación, para que puedas cazar lo que estás leyendo con otras lecturas, pero a fin de cuentas no es algo que ves”.
“A Don Quijote nunca lo ves, tú te lo tienes que imaginar un poco porque te dicen que era enjuto de carnes, que frisaba los 50 años y hay una serie de elementos que te da Cervantes y entonces tú lo puedes imaginar, pero nunca llegas a ver ni a Don Quijote, ni a Sancho, ni a ningún personaje de la literatura. A veces la gente cree que los ve porque vio la película basada en ellos, pero ciertamente la literatura no está hecha para verse, sino para recrearse de algún modo en la cabeza”.
“NO SÓLO CONFIAR EN LOS OTROS CUATRO SENTIDOS”
Una búsqueda de los sentidos recorre a tientas “El ejército ciego”: “Son olores que permanecen en la memoria cuando ya la imagen se fue”; “usar las manos para verlos”, “Muy pronto, por oreja y nariz, aprendió a encaminar su piara”, reflexiona Toscana mientras los ciegos vuelven a casa.
— “El ejército ciego” es también como una exploración de los sentidos. ¿Cómo fue el proceso de imaginación y escritura desde la ausencia de la vista?
“Por supuesto, no lo sé de primera mano, pero leyendo testimonios e imaginando cosas, se sabe que si te falta un sentido se agudizan los otros. Y en este caso, claro que los soldados ciegos, desde que van regresando a casa, empiezan a percibir olores: los olores a podrido que les salen a los que se les infectaron las cuencas, el olor del mar cuando se acercan a él. Entonces, empiezan a confiar en el olfato, en el tacto; cuando por las tradiciones religiosas de los ortodoxos les dicen que se permiten los iconos, pero no las estatuas, pues para el ciego el icono no significa nada, es algo que se ve, pero que no se toca, entonces ellos prefieren una estatua que de algún modo la reconocen con formas. Está no sólo confiar en los otros cuatro sentidos, sino también confiar en algo que no está en los sentidos, que sería la imaginación”.
“Pensando en el proceso de la lectura, los ciegos no es que estén leyendo el mundo de manera directa, pero sí lo tienen que interpretar. Hay varias escenas donde sin tener ojos, ellos empiezan a describir lo que ven, lo que perciben, e incluso llegan a decir, comparándose con los tuertos: ‘¿De qué le sirve al tuerto su ojo si todos ellos vieron la misma cosa? En cambio nosotros, que no tenemos ojos, cada uno interpretó la escena del mismo modo’. Esto otra vez tiene que ver con la literatura: cuando leemos un libro, cada quien lo imagina, lo interpreta, lo entiende, lo relaciona a su modo. Entonces, el perder la vista no sólo te agudiza otros sentidos, sino que te puede agudizar el entendimiento, la percepción, de otra forma. Aunque parezca una mala metáfora, te cambia el modo de ver el mundo”.

“LA NARRACIÓN HISTÓRICA TENÍA QUE EVITARLA”
No es una novela histórica “El ejército ciego”, tal como lo dejó claro David Toscana en la entrevista para ZETA; es decir, no es una recreación de los hechos como pudieron haber ocurrido, tampoco es una obra poblada de datos históricos.
— ¿Por qué “El ejército ciego” está escrita en primera persona desde el punto de vista de un ciego?
“Precisamente, porque si no fuera uno mismo de los ciegos el que lo estuviera narrando, tendría una distancia, sería un hombre con ojos el narrador; entonces tendría la posibilidad de la vista y no quería que fuera así. Además, si el narrador fuera ajeno a los propios ciegos, no habría la posibilidad que tienen ellos de reírse de su propia situación. Ellos desde el principio, desde que les sacan los ojos, empiezan a reír, empiezan a hacer juegos con los ojos y empiezan a mirar esto de manera irónica, de manera humorosa, y creo que mientras ellos se pueden burlar de sí mismos, un narrador externo sería hasta bastante cruel si lo hiciera”.
— Precisamente porque no está narrada en tercera persona, se aleja de la novela histórica; es decir, la primera persona se acerca más a la ficción…
“La narración histórica tenía que evitarla. Creo que es muy aburrida la narración histórica. Si trato de decir muy realistamente lo que pudo pasar con estos ciegos, pues te voy a contar una historia bastante patética de gente hambrienta que no se sabe valer por sí misma, que se reúnen por miles en un pueblo, en una ciudad que no los quiere, que los insultan, que están en guerra y no quieren mantener a gente que ya no lucha, que ya no trabaja; entonces, esta historia no merece la pena contarse. Los historiadores, si acaso la han imaginado, es de este modo. Pero la literatura tiene modos de salirse de esto, entonces juego con la fantasía, no con la magia, por más que me acerco a la leyenda y no llega a ocurrir nada sobrenatural. Por ahí hay muchos rumores de que el espantapájaros vuela, pero no son más que rumores. Yo no me atrevería a poner una escena donde efectivamente el espantapájaros esté volando. Entonces, sin alejarme de las posibilidades de lo real, sí la llevo al extremo”.
“LA FRONTERA DE LO REAL”
El extremo de lo real no es necesariamente lo fantástico. Es verdad que por “El ejército ciego” pululan pasajes que se acercan a la fantasía, pero el maestro de la ironía hace gala de su humor negro: “Los muertos no corrían, sino que volaban, no chillaban, sino zarandeaban sus alas”; “Los cinco hombres con ojos de cerdo se quitaron las vendas. ‘¡Puedo ver!’, dijo uno. Se alzaron de sus catres y caminaron en torno a la habitación, chocando entre sí. ‘¡Yo también veo!’, decía otro”.
— ¿Podrías hablarnos del extremo de lo real en tu literatura, sin alejarse de la realidad?
“Aquí, por supuesto, es una ironía de los ciegos que como había una ley que prohibía la ceguera, se ponen a decir ‘puedo ver’, cuando por supuesto que no ven nada, pero era un modo de respetar esta ley, de cumplir con ella. Entonces, sí me salgo de este estricto realismo; precisamente los propios ciegos la están contando de tal modo que se cree la leyenda de los ciegos. En esta forma de irla contando hay cosas que se exageran, hay momentos en que el propio narrador cuenta algo que parece un poco fantástico y dice: ‘Pero no me lo creo, seguramente esto es mentira’, para irse divorciando de las posibilidades de lo sobrenatural y para mantenerla todo en la frontera de lo real, sin volverse mágico o sobrenatural o cualquier cosa de este tipo”.
— ¿Consideraste alguna referencia sobre cómo abordar la exageración o la hipérbole en tu obra?
“La literatura antigua tiene mucho de esto. Releí ‘Las mil y una noches’ para escribir ‘El ejército ciego’, pero ahí por supuesto a la gente la convierten en perro y la convierten en distintos animales, y ahí sí vuelan y pasan muchas cosas. Pero al mismo tiempo hay temas que a mí me interesaban, a veces simplemente con un golpe a la gente se le salían los ojos. Hay escenas en ‘Las mil y una noches’ donde alguien por algo mínimo se le sale el ojo y se le queda colgando en la mejilla con todavía la tripilla, el nervio o como le queramos llamar a lo que sostiene el ojo y lo conecta con el cerebro. Entonces, aparecen estas escenas que no se ven muy reales, pero sí exageradas y sí dentro de lo posible. Y de eso está muy hecha la literatura antigua, desde ‘La Ilíada’, ‘La Odisea’, toda la tragedia griega y tantos textos del pasado que están construidos así. Hay mucha literatura con toque infantil. Está toda la novela de caballería, que no es que la haya leído toda, pero toda la novela medieval tenía muchas posibilidades para jugar con la exageración”.
— Siempre se ha dicho que una obra tiene que ser creíble. ¿Cuál es tu postura en cuanto a que en la literatura todo tiene que ser creíble?
“Sí, se habla mucho de la palabra verosimilitud. Y a mí no me gusta casarme con esta palabra. Siempre he hablado de la seducción. Un texto literario tiene que seducir, aunque sepas que te están mintiendo. Este famoso pacto que tiene que haber entre el lector y la obra no siempre se da. No hay que pedirle a la literatura lo que no se le pide a otras artes; en la música, alguien está escuchando una sinfonía y nadie dice: ‘No me lo creo’, la estás disfrutando y así hay que disfrutar la literatura. Por supuesto, hay ciertas cuestiones que pueden romper la armonía: si yo tengo esta novela y de pronto te digo que para ir de Constantinopla a la capital de Bulgaria se suben en un avión, pues inmediatamente se rompe una fantasía que tenemos ahí. Pero yo lo veo más como una ruptura de armonía que por estas cuestiones de la verosimilitud o no”.

“HAY TANTOS SILENCIOS DE LA HISTORIA QUE PODEMOS INVENTARLA”
“Los historiadores hablan de grandes cosas que a pocos interesan… Los ciegos habremos de ser excluidos de toda crónica y memoria”, se le cita un fragmento de “El ejército ciego” a David Toscana, nada más como pretexto para lanzarle la última pregunta de rigor.
— ¿Cuál es el papel de la ficción a diferencia de la historia?
“El historiador, a diferencia del novelista, si no tiene alguna evidencia de algo, algún testimonio, entonces se queda callado. Pero el novelista precisamente aprovecha el silencio de la historia para inventar algo, inventar algo que puede ser posible, descabellado, realista, con cierto acercamiento histórico o divorciarte de la historia, y yo decidí contarlo más bien pensando en una leyenda: ya que no teníamos la historia, vamos a ver cómo se pudo haber contado este evento para que se convirtiera en leyenda, para que estuviera un poco exagerada a veces, para que se pudiera fantasear, para que hubiera algo de mentira a la hora de contarse y divorciarme de una intención que quizás tuve en un principio de que fuera una novela histórica; al final creo que no tenía mucho que decir sobre esta historia si aplicara yo un realismo. Y por eso me di cuenta de que ningún novelista, ni siquiera búlgaro, la había escrito. Había que divorciarse de la idea del realismo para poderla contar”.
“Todos sabemos que Napoleón y Josefina tuvieron una historia de amor. Pero un historiador no te puede meter en la alcoba de Napoleón y Josefina, ni te puede decir cómo la desvestía y cómo se metían en la cama, ni nada de esto te puede contar un historiador, pero un novelista sí. Entonces, por supuesto que está ahí la historia, pero hay tantos silencios de la historia que podemos inventarla. Y también ocurre lo contrario: hay muchos novelistas que nos vamos al pasado. Hay mucha literatura que se escribió en un pasado y que les sirve a los historiadores para sacar ciertas intuiciones, evidencias, detalles. Si en ‘La Ilíada’ hay cierta descripción de las armas, pues esto le sirve a los historiadores. Durante mucho tiempo ‘La Ilíada’ era una ficción, pero ahora es un testimonio más o menos histórico de lo que ocurrió. Después de que se hicieron excavaciones y se encontró la verdadera Troya, entonces ya se le toma más en serio y como historiador puedes ir también a la ficción para sacar algunos elementos de ahí”.
Antes de dar por finalizada la sesión de Zoom con este Semanario, el ganador del Premio Alfaguara de Novela lapidó:
“La ficción y la historia son cosas que se complementan; de hecho hay muchísimos novelistas que estamos muy interesados en la historia y que de la historia obtenemos los temas de los que queremos hablar y cada uno tiene su forma de contarlo. La historia necesita ciertas pruebas, ciertos testimonios para poderse contar, y la literatura tiene derecho a la imaginación”.





