Convertirse en madre debería ser una celebración de vida, pero en el mundo laboral suele transformarse en un obstáculo. Muchas mujeres descubren que la maternidad no solo implica jornadas dobles o triples, sino también un freno en su desarrollo profesional. Los mejores puestos rara vez se les ofrecen, bajo la idea de que “no son aptas” o de que “no podrán cumplir” o que “no van a rendir”.
Detrás de esa realidad se esconde la llamada división sexual del trabajo: Un sistema estereotipado de roles de género que asigna a las mujeres el cuidado y la reproducción, y a los hombres el espacio público, el poder y el reconocimiento económico. Cuando una mujer rompe ese esquema y decide crecer profesionalmente, aparece la sanción social: Sueldos más bajos, menos oportunidades de ascenso e incluso hostigamiento y acoso.
En México, siete de cada diez mujeres mayores de 15 años son madres. Y aunque millones de nosotras combinamos empleo con cuidados, lo hacemos en condiciones menos favorables que los hombres o incluso que las mujeres sin hijos. La carga de cuidados es inmensa, dedicamos en promedio 35 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a 15 horas de los hombres. Esa desigualdad explica por qué tantas terminan en empleos informales o con ingresos más bajos.
De acuerdo con los datos del INEGI, la realidad es contundente: La tasa de participación femenina apenas alcanza el 45.7%, frente al 75.1% de los hombres. Una brecha de casi 30 puntos porcentuales que refleja cómo el mundo del trabajo sigue diseñado para ellos, no para nosotras.
Y cuando las mujeres logran insertarse en el mercado laboral, lo hacen en condiciones mucho más precarias. El 46.7% recibe hasta un salario mínimo y un 5.6% ni siquiera percibe ingresos. En contraste, los hombres en esas mismas condiciones representan 34% y 4.8%, respectivamente.
De los 24.3 millones de mujeres ocupadas, más de la mitad —55.9%— se encuentra en la informalidad. Esto significa empleos sin seguridad social, sin prestaciones y con ingresos más bajos.
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La maternidad, lejos de ser reconocida como un aporte social, se traduce en un castigo económico y simbólico. Se convierte en un muro que no solo afecta a quienes ya son madres; el estereotipo marca que muchas mujeres sin hijos van a ser descartadas de ascensos o contrataciones bajo la suposición de que “algún día lo serán”. Es el llamado muro maternal, que castiga por adelantado a todas las mujeres, madres o no.
El panorama es claro, el mercado laboral no está diseñado para que las mujeres podamos ser madres y profesionales al mismo tiempo. La falta de un sistema de cuidados robusto, con estancias infantiles y escuelas de tiempo completo mantiene a millones fuera del empleo formal.
Ser mamá y citar no debería significar renunciar a un futuro profesional ni cargar con un castigo económico. La maternidad merece respeto, apoyo y oportunidades. Si el mundo laboral aspira a ser justo debe reconocer a las madres mucho más que como una fuerza que sostiene la vida y asegurarles todo lo que se requiere y merece con la tarea de la crianza.
Melba Adriana Olvera fue presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos en Baja California.
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