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lunes, mayo 18, 2026
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Rocha, Chapitos y la CIA

Mientras que en México apremian casos de violencia en Chilapa, Guerrero y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos califica las desapariciones en este país como una crisis grave y generalizada, en los pasillos de Palacio Nacional, el nombre de Rubén Rocha Moya se ha transformado en un mantra de resistencia institucional que oculta una de las crisis diplomáticas más agudas entre México y Estados Unidos en la historia reciente, asunto que pretende ser matizado con cortinas de humo como las del cambio en el calendario escolar y el juicio político en contra de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos.

Bajo el velo de la institucionalidad, el gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum ha levantado un muro de contención política y jurídica diseñado específicamente para evitar que el gobernador con licencia de Sinaloa caiga en manos de la justicia norteamericana, mientras en las cortes de Nueva York y Chicago se acumulan expedientes que vinculan su ascenso al poder con las facciones más poderosas del Cártel de Sinaloa. Caso que podría agravarse, ante una virtual negociación de los líderes de la facción de Los Chapitos o Los Menores con el gobierno estadounidense para su posible entrega.

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La narrativa oficial, operada con precisión desde las conferencias matutinas, intenta transmutar lo que la Administración de Control de Drogas (DEA) describe como un caso sólido de narcopolítica en un simple asunto de falta de pruebas y respeto a la autodeterminación. El blindaje comenzó con la negativa sistemática de cualquier irregularidad, a pesar de que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos ya ha formalizado acusaciones contra Rocha Moya por su presunta colaboración precisamente con la facción de Los Chapitos para facilitar el tráfico de estupefacientes a gran escala.

La defensa de Rocha Moya ha sido frontal, escalonada y profundamente política, con la propia Presidenta Sheinbaum saliendo al paso de los rumores sobre una posible huida del mandatario sinaloense, asegurando con vehemencia que se encuentra en territorio nacional y que las versiones sobre su fuga son falsas. En una demostración de protección sin precedentes, la mandataria delegó en su secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, la tarea de informar sobre el paradero de Rocha, rechazando de tajo cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejecute un operativo de extracción similar al que se utilizó para capturar a Ismael “Mayo” Zambada en julio de 2024.

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Esta postura lanza un mensaje desafiante a la Unión Americana: en México, la justicia federal no reconoce los delitos que la justicia estadounidense ya ha plasmado en papel, centrando la estrategia oficial en una exigencia burocrática de evidencias que funciona, en los hechos, como una exoneración anticipada en el tribunal de la opinión pública nacional. Harfuch ha sido categórico al afirmar que sus sistemas de inteligencia no detectaron irregularidades ni delitos cometidos por Rocha Moya durante su gestión, pretendiendo desvincularlo de la estructura criminal que, según investigaciones en el extranjero, habría pavimentado su camino a la gubernatura.

 

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Claudia Sheinbau, Foto: Tomada de Interne / Terrance C. “Terry” Cole, director de la Administración para el Control de Drogas (DEA siglas en ingles), Foto: Gobierno De Virginia

LOS CHAPITOS

El vacío de hallazgos por parte de las autoridades mexicanas choca frontalmente con la realidad que describe Terry Cole, director de la DEA, quien ha advertido que la acusación contra Rocha Moya es apenas el inicio de una serie de acciones judiciales contra funcionarios vinculados al narcotráfico. La tensión ha llegado a un punto de ruptura por la exigencia de México de presentar pruebas antes de proceder con cualquier orden de detención con fines de extradición, una posición que, aunque legalmente válida, es percibida por agencias estadounidenses como una táctica de dilación para proteger a un aliado clave.

Mientras tanto, la figura de Rocha Moya no solo goza de libertad, sino de una protección federal confirmada por la propia Presidencia bajo el argumento de que el exgobernador solicitó resguardo tras separarse de su cargo. Esta protección se vuelve aún más relevante cuando se conecta con los movimientos telúricos dentro del Cártel de Sinaloa, donde Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, los conocidos Chapitos, han comenzado a explorar discretamente los términos de una entrega negociada con el gobierno de los Estados Unidos.

El eco de esta posible rendición retumba con la fuerza de una traición anunciada, marcando lo que podría ser el capítulo final para la dinastía de Joaquín “Chapo” Guzmán. Los herederos del imperio criminal han mantenido contactos con agencias federales estadounidenses desde hace aproximadamente un año, buscando una salida que les permita evitar la cadena perpetua mediante un cálculo frío basado en el destino de sus medios hermanos, Ovidio y Joaquín Guzmán López, quienes ya se encuentran bajo custodia en Chicago y cuyos procesos sirven como termómetro para la cúpula criminal en fuga.

Joaquín Guzmán López dio un paso definitivo en diciembre de 2025 al declararse culpable y formalizar su papel como colaborador de la justicia estadounidense, reconociendo su participación en el secuestro del “Mayo” Zambada, una operación dirigida por el propio Iván Archivaldo para ganar capital político ante Washington. Este movimiento no fue sólo una purga interna, sino una moneda de cambio que ahora amenaza con exponer los cimientos del poder político en México, específicamente el pacto de impunidad que, según la fiscalía estadounidense, Rocha Moya cimentó con Los Chapitos en 2021 para garantizar su victoria electoral a cambio de protección para el tráfico de drogas.

La presión sobre los hermanos Guzmán Salazar se intensifica con cada declaración de fiscales como Todd Blanche, quien señala que la entrega de líderes de alto perfil genera un efecto dominó que termina por alimentar nuevas acusaciones contra funcionarios de alto rango que aún se sienten seguros en territorio mexicano. Una eventual rendición de Los Chapitos podría acelerar una purga política y criminal sin precedentes, donde los secretos guardados en Culiacán terminen ventilándose en las cortes de Illinois o Nueva York, sellando el fin de una era y exponiendo la red de complicidades que el Gobierno Federal mexicano se esmera en negar.

 

LA CIA SI, LA CIA NO

En el tablero de ajedrez geopolítico mexicano, la verdad parece ser la primera baja, especialmente cuando se observa el contraste radical con el tratamiento otorgado a la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia “Maru” Campos Galván. Pues mientras en Sinaloa el Gobierno Federal exige pruebas irrefutables para cuestionar a Rocha, en Chihuahua el oficialismo ha acelerado un proceso de juicio político contra Maru Campos, luego de la muerte de dos agentes de la CIA tras un operativo de la Fiscalía chihuahuense en la Sierra del Pinal, municipio de Morelos, el 19 de abril último.

Maru Eugenia Campos Galván, Gobernadora de Chihuahua, Foto: Gobierno De Chihuahua

La presencia de operativos extranjeros armados operando bajo el amparo de instituciones estatales ha sido el combustible perfecto para que la maquinaria de Morena, encabezada por Ariadna Montiel Reyes, exija el desafuero de la mandataria panista bajo la acusación de comprometer la estrategia de seguridad nacional. La celeridad del oficialismo en el caso Chihuahua contrasta de forma estridente con el blindaje a Rocha Moya: mientras al sinaloense se le defiende desde la tribuna presidencial, a Campos se le aplica todo el rigor del aparato estatal por un operativo que resultó en el desmantelamiento de un narcolaboratorio masivo.

La narrativa desde el centro del país es implacable: en Chihuahua, la presencia de extranjeros es una traición a la soberanía, pero en Sinaloa, las acusaciones de la DEA son simples calumnias sin sustento; una dualidad judicial calificada por la oposición como una persecución política selectiva, donde se castiga a quien combate al crimen y se protege a quien es señalado de tener vínculos con él. Las investigaciones en Chihuahua sugieren que los agentes estadounidenses no eran visitantes fortuitos y que incluso existen registros visuales de personal de la CIA armado dentro de edificios oficiales, una imagen que la Fiscalía General de la República (FGR) ya utiliza para sustentar líneas de investigación por delitos contra la seguridad nacional.

En este escenario, la muerte de Pedro Román Oseguera Cervantes, titular de la Agencia Estatal de Investigación, se ha convertido en el nudo gordiano del caso, pues no existen registros de autorización formal para la participación de la CIA en acciones de campo. La estrategia de Morena es clara: utilizar la presencia de la agencia estadounidense como la llave maestra para abrir la puerta al desafuero, ignorando que la lucha contra el fentanilo es una prioridad compartida que se desbordó de los cauces legales. Esta embestida institucional busca no sólo esclarecer los hechos, sino arrebatar el control de un estado fronterizo clave, evidenciando una fase donde la soberanía se invoca o se ignora según convenga al interés de la cúpula en el poder.

Paralelamente, el gabinete de seguridad de Sheinbaum ha levantado un muro de negaciones sobre la operatividad de la CIA en el resto del país, chocando con informes de inteligencia internacionales que dibujan un mapa de operaciones encubiertas en suelo mexicano. El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, ha rechazado categóricamente que agentes norteamericanos participen activamente en acciones contra el crimen, calificando de especulaciones los reportes que mencionan operativos específicos en territorios como el Estado de México y las inmediaciones del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA).

A pesar de que medios extranjeros, como CNN, detallan la precisión de estos operativos, la retórica nacionalista se impone sobre la transparencia informativa, negando incluso incidentes como la explosión de una camioneta cerca del AIFA en abril, en la que murió el presunto narcotraficante Francisco Beltrán, alias el Payín, presunto operador del Cártel de Sinaloa, atribuyéndola a dispositivos internos y no a intervenciones tácticas extranjeras. La Presidenta Sheinbaum ha denunciado un “nado sincronizado” entre la prensa internacional y sectores conservadores para socavar su autoridad, asegurando que no hay agentes de la CIA operando para eliminar objetivos prioritarios en México.

A pesar de esta firmeza verbal, la desconfianza persiste debido al historial de opacidad en la relación bilateral. El rechazo gubernamental no logra disipar la duda sobre si el Gobierno Federal ha permitido intervenciones discretas de inteligencia extranjera que ahora se ve obligado a ocultar para evitar un costo político devastador. La estrategia de la Cuarta Transformación consiste en cerrar filas, negar lo evidente y culpar a la prensa internacional, mientras las sombras de la CIA se proyectan sobre los puntos más calientes del mapa delictivo. Este escenario deja al descubierto la fractura irremediable entre los gobiernos estatales de oposición y Palacio Nacional, donde la justicia se aplica con una métrica partidista.

PRONÓSTICO RESERVADO

El desenlace de esta pugna definirá no sólo el futuro de figuras como Rocha Moya y Maru Campos, sino la credibilidad de una estrategia de seguridad que se tambalea entre la protección de aliados políticos y la presión de un escrutinio internacional que, bajo la administración Trump, no parece dispuesto a ceder ante la retórica de soberanía de un gobierno que niega en el centro lo que ocurre en sus fronteras.

En este complejo entramado, la posible negociación de Los Chapitos se convierte en el factor de mayor inestabilidad para el pacto de impunidad que el gobierno intenta sostener. Si los hijos del “Chapo” deciden finalmente rendirse y entregar las pruebas que Washington asegura poseer, el blindaje sobre Rocha Moya podría colapsar, arrastrando consigo la narrativa de soberanía utilizada para justificar su protección. La dualidad entre la persecución en Chihuahua y la exoneración en Sinaloa revela un sistema de justicia que opera bajo criterios de lealtad política, donde la soberanía es un concepto elástico que se estira para proteger a los propios y se encoge para asfixiar a los adversarios.

Al final, la verdad sobre la presencia de agentes extranjeros y los vínculos de la clase política con el narcotráfico amenaza con emerger desde las cortes estadounidenses, dejando al descubierto un Estado que, mientras niega la realidad en sus discursos, se ve forzado a gestionar las consecuencias de sus propios pactos en las sombras.

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Autor(a)

Luis Carlos Sáinz
Luis Carlos Sáinz
Reportero desde 1989 en W Radio, Promomedios Radio, TV Azteca, Canal Ocho, Grupo ACIR, Ocho Columnas, Associated Press y ZETA; Consejero Editorial en Mural 2010-2011. Autor del libro Rejas Rotas.
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