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lunes, mayo 25, 2026
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Mercenarios colombianos en México

En el corazón de la Tierra Caliente michoacana, el aire ya no sólo huele a polvo y cítricos, sino al rastro corrosivo de la pólvora sofisticada y al zumbido metálico de una guerra que ha mutado sus formas tradicionales por una disciplina táctica importada desde las selvas sudamericanas. Lo mismo ocurre en otros estados del Occidente del país como Guanajuato, Jalisco y Zacatecas, donde tiene asentadas sus bases el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en su lucha contra otras organizaciones criminales estructuradas como el Cártel Santa Rosa de Lima (CSRL), Los Viagra y el Cártel de Sinaloa (CDS).

Lo que hoy atestigua México no es una simple disputa entre gavillas locales, sino una mutación del crimen organizado que, bajo el amparo de chequeras inagotables, ha decidido profesionalizar el exterminio mediante el reclutamiento sistemático de exmilitares y paramilitares colombianos, convirtiendo regiones enteras como los casos de Guerrero y el Estado de México en campos de práctica para una guerra de guerrillas que el Estado mexicano parece incapaz de contener.

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Esta importación de capital humano bélico, encabezada predominantemente por el CJNG y sus aliados, responde a una necesidad estratégica de elevar la letalidad de sus brazos armados, transformando a sicarios rústicos en células operativas con conocimientos en contrainsurgencia, inteligencia y combate urbano. El fenómeno ha dejado de ser un rumor de pasillo en los cuarteles para convertirse en una realidad documentada por informes de inteligencia que señalan a esas entidades federativas como los epicentros de esta instrucción extranjera, donde la presencia de mercenarios ha sido la clave detrás de la reciente escalada de ataques coordinados contra las Fuerzas Armadas.

La gravedad de la situación se mide en la precisión de los nuevos ataques: ya no son ráfagas al aire, sino el uso quirúrgico de drones cargados con explosivos y la siembra estratégica de minas terrestres que han convertido los caminos rurales en trampas mortales tanto para soldados como para civiles. El gobierno federal, a través de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, ha tenido que reconocer este patrón de reclutamiento que involucra no sólo a exsoldados rasos, sino a especialistas en explosivos cuya experiencia fue forjada en décadas de conflicto interno en Colombia, vendiendo ahora sus conocimientos al mejor postor en territorio mexicano.

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EXCOMBATIENTES

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Mientras las autoridades de ambos países intentan coordinar esfuerzos para frenar este flujo migratorio de especialistas en la muerte, la realidad en el terreno muestra que la estructura criminal ha logrado integrar a estos elementos en sus filas con una eficiencia alarmante, ofreciendo salarios que pulverizan cualquier oferta legal y garantizando un anonimato que sólo se rompe cuando los cuerpos o los detenidos revelan un acento extranjero y una formación castrense innegable.

Este escenario de profesionalización criminal no sólo amenaza la seguridad nacional, sino que redefine el concepto de violencia en México, donde el conocimiento militar adquirido con fondos públicos colombianos termina siendo el motor de la tragedia en municipios que, como Buenavista Tomatlán, hoy lloran a sus hijos víctimas de una tecnología bélica que no debería estar en manos de delincuentes.

La ruta que conduce a un exsoldado colombiano desde las guarniciones de Bogotá o Medellín hasta los campamentos de adiestramiento en las sierras de Jalisco o Michoacán comienza con una promesa digital y la explotación de la precariedad económica de quienes, tras años de servicio, se encuentran con pensiones insuficientes para sostener a sus familias. El reclutamiento se ha modernizado, utilizando la seguridad de plataformas encriptadas como WhatsApp y Telegram, donde los enlaces de los cárteles mexicanos lanzan anzuelos bajo la fachada de ofertas para agencias de seguridad privada legalmente constituidas, atrayendo a jóvenes retirados con formación en combate.

Foto: Especial/Cuartoscuro.com

La oferta económica es el principal motor de esta migración bélica, ofreciendo sueldos que superan con creces los 15 mil o 20 mil pesos mexicanos mensuales, una cifra que para un exmilitar en Colombia resulta imposible de ignorar. Una vez establecido el contacto y aceptada la propuesta, el traslado hacia México se realiza con una simplicidad pasmosa aprovechando las lagunas en los controles migratorios; los excombatientes ingresan al país como turistas en vuelos comerciales, ya que no se les exige visa, facilitando su paso por los filtros de los aeropuertos internacionales sin levantar sospechas inmediatas sobre sus verdaderos antecedentes.

Al pisar suelo mexicano, la fachada de la seguridad privada se desvanece para dar paso a la realidad del mercenarismo, siendo trasladados de inmediato a zonas de alta violencia y confinamiento donde se les imponen reglas estrictas que incluyen el corte total de comunicación con sus seres queridos en su país de origen, aislándolos en una burbuja operativa donde su única función es la guerra. En estos refugios y casas de seguridad, los colombianos dejan de ser turistas para convertirse en piezas clave de una estructura que los valora por su capacidad de instrucción, siendo recibidos por liderazgos criminales que buscan desesperadamente igualar la capacidad de fuego y estrategia de las Fuerzas Armadas mexicanas.

El flujo es constante y ha sido denunciado por gobernadores como Pablo Lemus, de Jalisco, quien ha solicitado al Instituto Nacional de Migración y al Centro Nacional de Inteligencia un endurecimiento de los filtros migratorios tras detectar que muchos de estos extranjeros poseen antecedentes por tráfico de drogas en otros países y logran ingresar sin que el sistema emita alertas. La infiltración es tan profunda que incluso se ha detectado que estos grupos no llegan solos, sino que a veces se integran en redes que también operan esquemas de extorsión como el “gota a gota”, diversificando la presencia colombiana en el espectro delictivo mexicano bajo la protección de los mismos cárteles que los contrataron para pelear.

 

DIESTRA COLOMBIANA

Es un mercado de servicios ilícitos donde la experiencia militar es la mercancía más preciada, y donde la facilidad de movimiento entre ambos países ha permitido que los cárteles operen una oficina de recursos humanos transnacional que surte de instructores a las células más violentas de Michoacán y Jalisco. A pesar de los operativos de captura, como el ocurrido en Los Reyes donde una célula entera de doce colombianos fue desarticulada, el incentivo económico y la porosidad de la frontera aérea mantienen viva una arteria de reclutamiento que sigue alimentando los ejércitos del narcotráfico con tácticas de combate real.

CJNG organización que reclutan aexsoldados colombianos, Cortesía

El valor de un mercenario colombiano para el narcotráfico mexicano no reside únicamente en su disposición para jalar el gatillo, sino en su capacidad técnica para transformar el campo de batalla mediante el uso de armamento avanzado y la fabricación de artefactos explosivos improvisados que han cambiado la dinámica de los enfrentamientos. Estos especialistas son los artífices de la modernización del horror; son ellos quienes adiestran a los sicarios locales en el pilotaje de drones comerciales adaptados para el ataque aéreo, cargándolos con explosivos que pueden ser liberados con precisión sobre convoyes militares o poblaciones civiles, una técnica de guerra a distancia que eleva exponencialmente la letalidad de los grupos criminales.

En los laboratorios clandestinos ocultos en la sierra, estos exmilitares aplican sus conocimientos en ingeniería explosiva para diseñar y ensamblar minas antipersonales y dispositivos caseros que son enterrados estratégicamente en las rutas utilizadas por las fuerzas de seguridad, buscando no sólo causar bajas, sino paralizar el avance del Estado mediante el terror psicológico que produce un terreno minado.

El impacto de esta asesoría técnica quedó trágicamente demostrado el 30 de mayo de 2025 en Los Reyes, Michoacán, cuando una de estas minas, fabricada y colocada bajo la supervisión de expertos colombianos, estalló al paso de un convoy del Ejército Mexicano, arrebatando la vida de ocho soldados y dejando una estela de destrucción que obligó a una respuesta federal inmediata.

La captura posterior de 17 integrantes del Cártel de Los Reyes reveló que doce de ellos eran ciudadanos colombianos con formación militar, confirmando que la fabricación de estos explosivos no es obra de aficionados, sino el resultado de un entrenamiento de élite en tácticas de contrainsurgencia y manejo de materiales peligrosos. Además de los explosivos, estos instructores imparten cátedra en combate urbano y uso de fusiles de alto poder, como los Century Arms calibre 7.62×39 mm, asegurando que cada célula operativa sepa cómo responder a una emboscada o cómo ejecutar un ataque coordinado con disciplina castrense.

La existencia de unidades como la denominada “Diestra Colombiana número 2 México”, cuyos miembros portan parches que fusionan las banderas de ambos países con las siglas del CJNG, es la prueba fehaciente de que existe una estructura de formación sistemática liderada por extranjeros dentro del cártel. Esta escuela de guerra importada ha permitido que grupos como el Cártel de Santa Rosa de Lima o los grupos dominantes en Michoacán sostengan conflictos prolongados y de alta intensidad, utilizando a los colombianos como una fuerza de élite que supervisa desde la inteligencia hasta la ejecución de ataques con tecnología de punta.

El resultado es una delincuencia organizada que ya no sólo trafica, sino que ocupa el territorio con tácticas de ejército de ocupación, donde la mina terrestre y el dron artillado son las herramientas predilectas para desafiar la soberanía nacional y mantener bajo asedio a las comunidades que quedan atrapadas en medio de esta sofisticación delictiva.

 

LA MUERTE DE PABLITO

Sin embargo, detrás de los informes de inteligencia y las cifras de capturas, la verdadera cara de esta guerra importada se encuentra en el dolor de las familias que, como la de Mayra Buenrostro Valencia, han visto cómo la tecnología de los mercenarios destruye la vida de inocentes en la Tierra Caliente. El 8 de febrero de 2025, el joven Pablo Ríos Buenrostro, de apenas 15 años de edad, salió como cada mañana a las huertas de limón en el poblado de Santa Ana Amatlán, en el municipio de Buenavista Tomatlán, para realizar el trabajo lícito que sostenía sus sueños y los de su madre.

No hubo disparos ni advertencias, sólo una detonación sorda que brotó de las entrañas de la tierra cuando Pablo pisó una de las minas terrestres sembradas por los grupos criminales que se disputan la zona bajo la asesoría de los especialistas extranjeros. La explosión no sólo acabó con la vida del menor de edad, sino que dejó al descubierto la crueldad de un conflicto donde los caminos que conducen al trabajo son ahora campos de muerte sembrados con artefactos diseñados para mutilar y matar.

La tragedia de Pablo no terminó con su muerte, pues su familia tuvo que enfrentarse a una revictimización sistemática por parte de las autoridades de Michoacán, quienes, en un intento por minimizar el impacto del fracaso gubernamental en seguridad, insinuaron en entrevistas que el adolescente trabajaba para el crimen organizado. Ante el estigma y el vacío legal, Mayra Buenrostro, armada sólo con la verdad de que su hijo era un trabajador del campo, emprendió una batalla judicial sin precedentes, presentando una demanda de amparo contra la Presidenta de México Claudia Sheinbaum, y los altos mandos de seguridad, reclamando la omisión de las autoridades para identificar y retirar las minas que siguen activas en la región.

Foto: Juan José Estrada Serafín/Cuartoscuro.com

La exigencia era clara: que el Estado asuma su responsabilidad de limpiar el territorio michoacano de los explosivos clandestinos que los instructores colombianos han enseñado a fabricar y colocar en sitios estratégicos. Sin embargo, la justicia mexicana le dio la espalda a Mayra y a otras 14 personas de identidad reservada que se unieron al reclamo; el 19 de marzo de 2026, la jueza Quinto de Distrito en Uruapan, Cynthia Esmeralda Granados Moreno, resolvió sobreseer el juicio de garantías, argumentando que los quejosos no demostraron tener un interés legítimo para exigir que el gobierno desmine las zonas de peligro.

Esta decisión judicial no sólo deja a las familias de Michoacán en la orfandad legal, sino que permite que las huertas de limón sigan siendo una ruleta rusa para los campesinos, mientras los mercenarios extranjeros continúan perfeccionando la ubicación de estas trampas mortales sin que nadie se atreva a retirarlas. La muerte de Pablo es el testimonio silencioso de un fracaso compartido entre dos naciones: una que exporta expertos en muerte y otra que, por omisión o incapacidad, permite que esos conocimientos florezcan en sus tierras, cobrándose la vida de niños cuyo único pecado fue nacer en la geografía del conflicto.

 

IMITAN MODELO CRIMINAL

Esta crisis revela un panorama desolador donde la tan sobada soberanía parece ceder ante la profesionalización de la barbarie, y donde la coordinación internacional apenas empieza a balbucear respuestas ante un problema que ya ha echado raíces profundas en el territorio nacional. La presencia de exmilitares colombianos en las filas del narcotráfico mexicano es el síntoma de una enfermedad mayor: la globalización del mercenarismo puesto al servicio de economías criminales que superan la capacidad operativa de los estados locales.

No se trata sólo de Michoacán o Jalisco; la sombra de esta instrucción extranjera llega hasta Zacatecas y Guanajuato, donde la desactivación constante de explosivos artesanales confirma que la semilla del adiestramiento colombiano ha germinado en múltiples frentes de batalla. Los drones con explosivos o las bombas también tienen presencia en el Estado de México, donde otros grupos criminales como Los Ardillos, Los Tlacos y La Nueva Familia Michoacana parecen imitar el modelo delincuencial.

Las autoridades mexicanas, encabezadas por figuras como Omar García Harfuch, han identificado el patrón, pero la respuesta parece limitada a la captura reactiva y no a la prevención de una migración que utiliza las puertas abiertas del turismo para importar la guerra.

El reconocimiento del presidente colombiano Gustavo Petro sobre la “traición a la patria” que cometen sus compatriotas al vender sus conocimientos militares es un gesto diplomático necesario, pero insuficiente mientras las redes de reclutamiento sigan operando con impunidad a través de aplicaciones digitales y falsas agencias de seguridad. Mientras tanto, la población civil queda atrapada en una pinza mortal entre la sofisticación táctica de los cárteles y la indiferencia burocrática de un sistema de justicia que sobresee amparos ante tragedias tan evidentes como el estallido de una mina en un campo de limones.

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Autor(a)

Luis Carlos Sáinz
Luis Carlos Sáinz
Reportero desde 1989 en W Radio, Promomedios Radio, TV Azteca, Canal Ocho, Grupo ACIR, Ocho Columnas, Associated Press y ZETA; Consejero Editorial en Mural 2010-2011. Autor del libro Rejas Rotas.
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