El primer sábado de cada mes, un grupo de mexicanas y mexicanos radicados en San Diego, CA, del sector profesional y empresarial, mayoritariamente de CDMX, nos reunimos para escuchar en español a diferentes oradores. Analizamos el presente y pasado americanos y mexicanos y escudriñamos el futuro. Ahí se encuentran personajes de gran calado como Luis Maizel, quien nos expone breve e inteligentemente la situación económica de México, Estados Unidos e Israel. También asiste Jan Joseph Bejar, abogado de migración, quien ahí ofrece consultas gratuitas. Miguel Núñez, brillante agente de bienes raíces, avecindado en la región desde hace tiempo, es el núcleo convocante.
Con frecuencia dan pláticas cónsules y consulesas de México y de los Estados Unidos, empresarios, médicos y otros, trasladados desde la Ciudad de México, quienes encuentran en este grupo una buena escucha y un excelente diálogo.
La reunión se hace en el restaurante “Broken Yolk”, que nos presta un espacio donde cómodamente caben 40 personas, en un cuadro donde se desayuna opíparamente, con algunas bromas y chascarrillos que aparecen de vez en cuando, sin dejar de lado la seriedad de escuchar al orador participante, quien recibe una serie de preguntas que enriquecen el diálogo.
Uno de los exponentes más brillantes ha sido Rafael Fernández de Castro, quien es el director del Centro de Estudios México-Estados Unidos de la Universidad de California en San Diego y quien está escribiendo con otras autoras, un libro sobre profesionales de la diáspora mexicana, por lo que se dio a la tarea de entrevistar a uno por uno de los asistentes, donde le explicaron los vericuetos que tuvieron que recorrer y que habían tenido que hacer para estabilizarse en su emigración en San Diego. Hay gente que había trabajado en Televisa, otros que se dedicaban a la docencia, otros más a la venta de seguros y bienes raíces, etcétera. Cada uno se explayaba en el proceso de su salida de la CDMX y el difícil período de integración a San Diego.
Conforme iban platicando sus historias, yo descubría su amor a la capital de México, donde habían tenido las primeras experiencias de sus vidas y trabajos, y la comunicación que aún sostenían con la capital del país, con sus sabores, olores, costumbres, usanzas, recuerdos, etcétera. Lo que me hizo reflexionar y cuestionar mi identificación con estos recuerdos y estos valores que yo no tuve, pues yo me crie en la frontera, entre lo anglo y lo latino, entre el inglés y el español, entre el dólar y el peso, entre lo blanco y lo cobrizo, entre lo protestante y lo católico, etcétera. Y de pronto llego a la conclusión que yo no soy mexicano ni americano, que yo no me siento en mi casa como la mayoría de los asistentes cuando voy a la Ciudad de México. Me gusta, me causa admiración, sus actividades culturales, sus teatros, su música, el nivel de sus instituciones públicas y privadas, pero no me siento parte de eso. Si quieres, querido lector, me siento turista. Asimismo, me ocurre en Guadalajara, en Mérida, etcétera, porque descubrí mi identidad –yo soy tijuanense, aquí me crie, los sabores, olores, sonidos e historias que me hacen sentir local están en Tijuana, los recuerdos, las escuelas, los amigos, las costumbres, el “pochismo” están en Tijuana. Llegué a esta ciudad cuando tenía 20,000 habitantes y la he visto crecer hasta los 2 millones 300 mil que hoy viven aquí.
Pero, también soy de San Diego. En cuanto llegamos, el primer consejo de mi padre fue: “Hijo, no veas la frontera, aprovecha lo mejor de los dos mundos, es parte del patrimonio al que tienes derecho por haber crecido aquí”.
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Cómo olvidar las tortas El Turco, el cine Zaragoza, el frontón Jai Alai, el Hipódromo, la avenida Revolución, los helados El Pingüino, la Woolworth, Zaras, Dorian’s y muchos lugares más que fueron parte de mi niñez, pubertad y juventud.
Las pequeñas y rústicas obras teatrales, la escuela Obregón (regalo de los EU) y el hecho de que las calles se llamaban 1ra, 2da y 3ra, etcétera, siendo las transversales la A (Avenida Revolución), B, C, D, etcétera, lo que hacía lógica la nomenclatura urbana. Hay algo en la ciudad que enamora, quizás que hace quererla, quizás el que aún no hay clases sociales marcadas, o que si trabajas con ahínco puedes triunfar; estás acostumbrado al primer mundo que vives en San Diego, con sus ventajas, eficiencias y frialdades y al tercer mundo con sus sonidos, afectos, colores y folklor.
Sí, amigo lector, soy tijuanense, amo esta tierra, me gusta el clima mediterráneo, me gusta la frontera, me gusta festejar Halloween y Thanksgiving, junto con el Día de Muertos y el Día de las Madres y Navidad.
Vivir aquí tiene un sabor especial, mucho más cálido que lo anglo, mucho más alegre, mucho más familiar, pero también me gusta San Diego por las ventajas y maravillas de este precioso puerto.
José Galicot es empresario radicado en Tijuana, B.C.
Correo: [email protected]






