El General

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Cenizas lunes, 23 agosto, 2021 12:00 PM

Vestía su uniforme de General divisionario. Corpulento y reservado. Chapeado. Desbigotizado y chiapaneco. Era Comandante de la II Región Militar. Mexicali la sede. Jurisdicción en Baja California, Baja California Sur y Sonora. Rigoberto Castillejos, Diplomado Estado Mayor (DEM), tenía esa misión. En su memoria y archivo guardaba antecedentes, referencias, secretos y reportes sobre narcotráfico. Indudablemente el mejor informado. Harto le ayudó su paso por la Comandancia de la II Zona Militar en Tijuana. En cuestiones mafiosas hizo tropezar al Cártel Arellano Félix. Escuadrones a sus órdenes capturaron a los más relevantes hombres de esa mafia. Pero nunca anduvo pavoneándose.

Cierto día festivo acalambró a los periodistas. Terminando un acto oficial fue sitiado con cámaras, micrófonos y grabadoras. No preguntaron. Le dijeron-retaron con lo recién dicho por la policía anti-narcóticos de Estados Unidos, la DEA: “Los hermanos Arellano Félix están en Baja California”. El General ni tartamudeó ante la referencia. Aplomado soltó palabras más, palabras menos: “…si estuvieran aquí, ya los hubiéramos detenido”. En una clara intención de meter aguja para sacar hebra, algún compañero periodista le preguntó: “Entonces ¿Usted cree que se encuentran en Estados Unidos?”. Baqueteado en su trato con la prensa el General repitió claridoso: “…si estuvieran aquí, ya los hubiéramos detenido”.

Me dijeron desde finales de los ochentas y principios de los noventas sobre el cambio residencial de los Arellano a Estados Unidos. También mantenían sus casonas en Tijuana, Zapopan y Oaxaca. Les daba mucho por pasar algunos días divirtiéndose en Playas de Rosarito, camino a Ensenada. Pero regresaban a Estados Unidos. Era increíble. Nunca imaginé cómo lograron pasaporte y condición de residencia. Jamás encontré explicación. Bien ganada tiene fama de estricta la autoridad estadounidense. Por eso era asombroso y misterioso que les extendieran documentación oficial a toda la parentela.

Me sorprendía cómo salían de y regresaban a Estados Unidos. No les decían nada cuando les revisaban pasaportes a la hora de cruzar. Y nunca pude comprender su libertad para vivir cómodamente, comprar residencias y autos sin saberlo la policía estadounidense ni la autoridad fiscal. Me sorprendía saber cómo la policía anti-drogas proclamaba que los Arellano estaban en México cuando los tenían cerca, visibles y en su territorio. Más notables que un humilde indocumentado.

Recuerdo cuando al terminar los noventa me visitaron dos periodistas de Estados Unidos. Tratamos amablemente sobre narcotráfico. Intercambiamos información. Pero de pronto el diálogo se agrió y entró a la reconcomia. Todo porque me preguntaron dónde estaban los Arellano y contesté: “En Estados Unidos”, agregando cuándo, cómo, dónde y a qué horas fueron vistos. Enfurecido, uno de los periodistas me recriminó. Dijo que era imposible. Una mentira. “Nuestro gobierno no lo permitiría”. Abandonó libreta y lápiz haciendo a un lado el periodismo para reclamar. Se enfureció más cuando le comenté la incapacidad de sus policías para impedir les embutieran todos los días toneladas de droga por sus fronteras.

Dos que tres ocasiones detectives estadounidenses me comentaron: Los Arellano están en Tijuana, Sinaloa, Guadalajara, Michoacán y Oaxaca. Pedí pruebas y no me las dieron. Decidí quedarme callado para no entrar en alegatos.

El sábado 15 de este junio quedé sorprendido. El periódico The San Diego Union-Tribune publicó un extenso artículo. Principal en primera plana, más dos en interiores. S. Lynne Walker lo escribió. Al final de su trabajo los editores indicaron que duró cuatro meses para lograr la información. Utilizó fuentes oficiales. También informantes que no aceptaron se mencionara su nombre.

Me topé con la primera referencia sorprendente: “La noche en que su hija nació en Chula Vista (California) Benjamín cruzó la frontera. Usó su nombre verdadero en el acta de nacimiento”. Obviamente el hospital tenía antecedentes e Inmigración obligadamente. Mas las referencias siguieron: “Poco después que Benjamín se reuniera con Prigione, su familia huyó hacia el otro lado de la frontera hasta Del Mar”, población al norte de San Diego, California. Y sigue: “Esta sería la primera parada de una serie de cambios domiciliarios ocurridos a lo largo de ocho años. Cuando las autoridades se acercaban a Ruth (esposa de Benjamín) juntaba a sus hijos y se cambiaba de lugar”. Lo inexplicable es que si la autoridad se les aproximaba nunca pudieron capturar a Benjamín ¡en ocho años! Siquiera interceptar una llamada que tan buenos son para eso los detectives estadounidenses. Ni modo que Arellano hubiera permanecido alejado de su familia tanto tiempo. Es lógico: Vivía con ellos.

Hay otra referencia del diario sandieguino confirmando la estancia de los Arellano en Estados Unidos. “Para 1997 vivían en Bonita en una casa de cinco recámaras con alberca”. Bonita está al sur de San Diego. A uno 10 kilómetros de la frontera con Tijuana. Es una de las zonas exclusivas de familias pudientes. El reportaje anotó: “Ruth llevaba a sus hijos por toda la Ciudad en un Land-Rover negro o en su van color vino. Comían en su restaurante chino predilecto, tomaban nieve en Baskin y rentaban películas en los Blockbuster’s”. Con tanta libertad, de todas formas se cuidaban. Un vecino dijo al periódico que si aventaban una piedra a la casa de Benjamín “…como quinientos focos se prendían”. Yo creo que en esas condiciones, a la policía debería interesarle quién residía allí como para tener tanto cuidado. Pero no. Los hijos fueron a la escuela como si nada y tuvieron fiestas muy glamorosas en casa.

Según The San Diego Union-Tribune, después que pistoleros de los Arellano nos atacaron y mataron a mi compañero Luis Valero “…para entonces Ruth había trasladado de nuevo a su familia. Esta vez se fueron a una casa rentada a tres millas de la que tenían en Bonita”. Pero según la confesión de ciertos vecinos que indudablemente sabían con quien compartían rumbo dijeron: “Una noche había cuatro o cinco tipos subiendo cosas a un pick-up. Era muy noche. Luego ya no los vimos. Se fueron y ya”.

El resto de la historia es sabida: Benjamín decidió enviar a Ruth hasta Monterrey. El Ejército la localizó. Le siguió los pasos, hasta que Benjamín fue capturado por el Ejército cuando la visitaba en Puebla. Eso pudo hacer o no quiso la policía californiana.

Ahora los Arellano siguen residiendo en Estados Unidos, pero con más discreción. Unos en Beverly Hills donde el jet-set y cerca de Los Ángeles. Otros en Hollywood. Allá están más seguros. Es que como dijo el General Castillejos “…si estuvieran aquí, ya los hubiéramos detenido”.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado por primera vez en junio de 2002.

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