De cómo llegó la humanidad al estado democrático (Primera parte)

Foto: Internet/El dominio del fuego nos permitió ganarles la partida a nuestros depredadores
 
Opinionez Lunes, 1 Octubre, 2018 12:00 PM

Más allá de las explicaciones teológicas que durante milenios han intentado explicar por qué somos la especie dominante en el planeta, es innegable, hoy en día, de cara a los descubrimientos científicos, que somos una especie perteneciente a la familia de los grandes simios. Familia con la que compartimos nuestro carácter gregario y una organización social basada en la estratificación. Suponemos que los utensilios que logramos fabricar, el gran tamaño de nuestro cerebro y la complejidad de nuestras estructuras sociales son las razones de la evolución del ser humano hacia la consolidación como el animal más poderoso de la tierra.

Desde luego que estos elementos resultaron fundamentales en tal evolución, sin embargo, no somos los únicos seres vivos capaces de fabricar herramientas. Tampoco nosotros tenemos la exclusividad de un cerebro grande, ya gozábamos durante millones de años con estas capacidades y seguíamos estando en la parte media de la cadena alimenticia. ¿Luego, entonces, cuáles son los elementos que nos permitieron colocarnos en la cúspide de dicha cadena?

El dominio del fuego nos permitió ganarles la partida a nuestros depredadores, y el desarrollo del lenguaje, comunicar información exacta para dominar el entono. Pero lo más importante; la sofisticación de nuestras comunicaciones nos permitió evolucionar intelectualmente para transmitir información respecto a cosas y sucesos que no existen o no han sucedido.

Nos permitió imaginar, inventar, teorizar. Con esas poderosas herramientas los humanos logramos conquistar todos los rincones de la tierra y sobrevivir a cataclismos climáticos, sin embargo, por milenios, y aun ya en la cúspide de la cadena alimenticia, nos mantuvimos agrupados en pequeños grupos migrando constantemente en la búsqueda de cazar presas y recolectar frutos. Fue precisamente el deshielo lo que permitió la formación de los grandes ríos y, como consecuencia, el establecimiento de grupos de humanos en la rivera de los mismos, situación idónea para el surgimiento de la agricultura y el sedentarismo.

El sedentarismo y la agrupación en torno a la agricultura representó el reto más importante que tuvimos que sortear para consolidarnos como la especie más poderosa del reino animal, pues implicó la cooperación armónica en la consecución de objetivos comunes entre grupos de seres humanos exponencialmente más numerosos, no emparentados y desconocidos entre sí. ¿Cómo logramos esto? Con nuestra capacidad de ficción.

Un chimpancé no puede convencer a otro de que deje de reñir para fornicar con una hembra a cambio de que después de su muerte tendrá miles de hembras a su disposición; nosotros sí. No es que en nuestra etapa de cazadores-recolectores no hubiésemos ya imaginado algún tipo de divinidad que nos protegía o castigaba. Sin embargo, con el surgimiento de las ciudades esto se sofisticó de tal suerte que aparece el fenómeno religioso y con éste, el estado teocrático y el derecho, elementos sin los que las grandes civilizaciones que nos antecedieron jamás hubiesen sido viables y posibles. El estado teocrático ordenó la vida en las ciudades ya que, en él, los administradores estatales son respaldados o sustentados por los líderes de una religión. Incluso el poder político y religioso en el estado teocrático, en muchos casos, recae en la misma persona.

De las ciudades estado pasamos a los estados imperiales, lo que implicó grandes procesos globalizadores que generaron enormes redes de comunicación entre seres humanos de distintas latitudes, culturas y creencias. Esto implicó la flexibilización del estado teocrático, que aunque las autoridades políticas seguían legitimadas por una religión, en ellos podían convivir y cooperar para que los humanos de diferentes religiones lograran propósitos comunes. De esta forma, la ficción del derecho se sofistica y la ley incrementa su importancia como amalgama civilizatoria.

 

Jesús Alejandro Ruiz Uribe es Doctor en Derecho Constitucional, ex diputado local, rector del Centro Universitario de Tijuana en el estado de Sonora y coordinador estatal de Ciudadanos Construyendo el Cambio, A.C. Correo: chuchoruizuribe@gmail.com

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