El disparo


 
Dobleplana Lunes, 27 Abril, 2015 08:00 PM

  Un hombre entró al hipódromo Agua Caliente de Tijuana y no precisamente para apostar. Solamente quería matar al ingeniero Jorge Hank Rhon. Me imagino que llegó en taxi porque no residía en la ciudad y que sin prisa pagó al chofer. Se apeó tranquilamente. Cruzó la entrada. La iluminación le inundó. La elegancia le rodeó. No creo que llamara la atención. Trajeados, encamisados y enchamarrados se confundían precisamente a esa hora. Por lo que me platicó, caminó tranquilamente hasta las tribunas. No dijo si le impresionó el espectáculo nocturno de los espigados, veloces galgos, tal y como pasa cuando uno los ve por primera ocasión. De lo que sí estoy seguro, es que como policía federal que fue, sabía no despertar sospechas. Por esa condición creo que anduvo preguntando distraídamente dónde estaban las oficinas del hijo del profesor. Tal vez averiguó a qué horas llegaba, dónde estacionaba su auto y qué ruta seguía normalmente para dirigirse a su despacho. No le pregunté pero supongo que vio con detalle dónde podría colocarse para dispararle por enfrente, por atrás o por un lado. También debió tantear los caminos para escapar sin ser alcanzado por los guardaespaldas. Indudablemente planeó cómo huir. No podía darse el lujo de titubeos. Yo no lo esperaba aquella noche de 1988 y se plantó frente a mi escritorio. Venía directamente del hipódromo. Cuando contó las intenciones que traía, me sacudió tanto como el reciente aviso sobre el asesinato de su hermano y mi socio Héctor Félix Miranda. Dos guardaespaldas de Jorge Hank Rhon organizaron el crimen y otro empleado del hipódromo tripuló el pick-up desde donde le pegaron un par de escopetazos. Por eso el visitante y confidente traía la venganza en la cabeza y se le miraba en los ojos. En mi libro “Una vez nada más” así narré este episodio: “Entonces, sin tartamudear ni tragar saliva, dijo que iba a matar a Jorge Hank Rhon. Le dije que estaba loco. Primero, porque no saldría con vida. Segundo, porque no se trataba de matarlo sino de comprobar primero su culpabilidad y reclamar castigo. Tercero, que enredaría más el caso. Y cuarto, que le daría un nuevo dolor a su madre y a toda su familia. Que no lo hiciera. Que no valía la pena”. Sinceramente no llegamos a la discusión. Tan me daba sus razones como escuchaba las mías. Quería revancha ojo por ojo. Recuerdo haberle dicho que si salía vivo del trance lo perseguirían hasta el fondo del mar. Le insistí: Matar a Jorge Hank Rhon no le devolvería la vida a su hermano. Lo mejor era dejar todo a la justicia. Por fortuna para él, para su familia, y para nosotros, finalmente me hizo caso y esa misma noche abandonó Tijuana para regresar a su Sinaloa. Años después lo encontré casualmente en el sonorense puerto de Guaymas y simplemente me dijo: “Aquello ya se me olvidó. Tenía Usted razón. No tiene caso”. La verdad, Jorge Hank fortaleció su vigilancia personal luego del asesinato de Héctor Félix Miranda. La única vez que lo vi después del crimen y hasta la fecha, fue en el restaurante del Hotel Conquistador de Tijuana. Entró cuando yo desayunaba con un amigo. Traía tan mala suerte que dejó a sus guardaespaldas afuera. Sin fijarse quedó sentado frente a mí. Al verme, recordé al tipo aquel que andaba buscando protección en despoblado y se metió a la guarida del lobo. Se paró inmediatamente. Salió y en dos que tres minutos regresó con sus protectores. Los mandó sentarse cerca de mí. Entonces no le perdí la mirada. Para nada. Sabía que sus escoltas solamente harían algo si recibían órdenes. Prefirió irse. Creo que apenas si probó el café. Se cuidaba tanto que no dejaba a nadie estacionar autos frente a su casa. Ordenó pintar la raya amarilla en la banqueta por sus purititas pistolas. Pero cuando entró el gobierno municipal panista se lo prohibió y de paso le cobraron todo el tiempo que utilizó el espacio. Al paso del tiempo Jorge metió dinero, mucho dinero y las manos hasta el codo en la política de Baja California. Pero quedó en claro: Atlacomulco no es Tijuana. En la realidad, derrapó el refrán aquel de “hijo de tigre, pintito”. Al contrario. Tigre fue el que escapó de su casa un día saltando la barda, con tan buena suerte que al caer en la calle se quebró las patas. Quedó inmóvil para fortuna y asombro de los ocasionales caminantes por ese rumbo. En otra ocasión quién sabe cómo se fugó un hipopótamo también de su gigantesco chalet. Lo capturaron cuando se fue a refugiar en un lote baldío. Naturalmente nadie le hizo ni le dijo nada. Lo mismo pasó hace algunas semanas. El Ayuntamiento fijó sitios para colocar carteles o carteleras de los precandidatos del PRI (Partido Revolucionario Institucional). Los simpatizantes de Labastida, Bartlett y Roque respetaron el acuerdo, pero Jorge Hank no. Colocó enormes carteleras rodantes en el estacionamiento del hipódromo promocionando a Roberto y su “madrazo”. Aparte, cacareando el huevo dejó sentir a todo el mundo que de su bolsillo estaba saliendo el dinero para sostener la campaña. No es por hacer leña del árbol caído, pero la verdad, su esfuerzo fue más contra Labastida que a favor del tabasqueño. El viernes 5 de noviembre llegó un mensajero a mi oficina. No se identificó. Nada más dejó un sobre manila con una fotocopia de la escritura número seis mil dieciséis. Tiene la firma del Licenciado Francisco Sibrián Rendón, Notario Público Número 26 de Los Mochis, Sinaloa. Fecha: 13 de julio de 1989. Contenido: División y partición de los bienes de las sucesiones testamentarias a bienes de los señores Doctor Eduardo Labastida Kofhal y Gloria Ochoa de Labastida. Sí. Los padres del candidato del PRI a la Presidencia de la República. Al documento oficial se agregó un comentario sin firma titulado: “El doctor humilde y las manos limpias”, en obvia referencia a padre e hijo Labastida. Al primero refiriéndolo como ricachón. Al segundo, heredero en bienes más valiosos que lo declarado antes de iniciar su campaña. Sinceramente conozco muy bien a los que fueron representantes de Bartlett y Roque en Baja California. No son capaces de tales chuecuras. Tampoco gastarían tanto dinero para obtener esas copias en Los Mochis, colocarlas en sobres con el nombre del destinatario perfectamente impreso en un moderno programa de computación y distribuirlas en los diarios con mensajero especial. Nada más no tienen recursos. Por eso no me queda otra que pensar en Hank Rhon como el autor. Me sorprendió la declaración radiofónica de Labastida antes de la elección señalando a “Jorge, el hijo de Carlos” como el que pagó la campaña de Madrazo. Pero me sacudieron las palabras del candidato del PRI impresas en el titular principal de primera plana de Reforma, despreciando el apoyo de Hank Rhon. Antes la política se hacía con gestos subterráneos, abrazos fingidos, frases de doble sentido o sacos a la medida. Ahora Labastida le puso nombre y apellido. Cuando leí su declaración recordé al hermano de Héctor Félix Miranda, sinaloense también. El candidato presidencial no fue al hipódromo. Tampoco cruzó lentamente la puerta ni anduvo en las tribunas. No preguntó dónde quedaba la oficina de Jorge. Tampoco a qué horas llegaba y si traía guardaespaldas. No midió el terreno. Soltó un terrible madrazo. Peor que un disparo. Directo, políticamente mortal.   Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado el 23 de noviembre de 1999.

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