La tercera película de la franquicia lleva a los cachorros a una isla habitada por dinosaurios en una aventura capaz de complacer a su público infantil, aunque sus diálogos rígidos y un discurso ambiental poco congruente limitan la ambición de la historia.
La película de David Robert Mitchell combina la nostalgia ochentera con los conflictos de una familia trasladada en la prehistoria; pese a sus efectos visuales irregulares y a un desenlace complaciente, ofrece una experiencia ligera y entretenida que aporta frescura al cine de dinosaurios.