Las viviendas que viajaron desde Santa Rosalía para comenzar una segunda vida
Quien camina por algunos de los barrios antiguos de La Paz puede encontrarse, de pronto, frente a una casa que parece no pertenecer del todo al paisaje que la rodea.
Son construcciones de madera, con techos a dos aguas, corredores, ventanas altas y una arquitectura que recuerda más a ciertos poblados europeos que a las tradicionales casas de mampostería adaptadas al clima sudcaliforniano.
No llegaron ahí por casualidad. Muchas de esas viviendas hicieron un viaje extraordinario desde Santa Rosalía hasta La Paz. Y algunas de ellas, más que construirse, se volvieron a armar.
Su historia comienza con la explotación minera de El Boleo y con la presencia francesa que, desde finales del siglo XIX, transformó profundamente la vida de Santa Rosalía.
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Un pequeño rincón de Francia en el desierto
La actividad minera exigía algo más que minas, hornos y talleres. Había que construir un pueblo capaz de albergar a ingenieros, administradores, técnicos, obreros y sus familias. La madera se convirtió en uno de los elementos característicos de aquella arquitectura.
Muchas viviendas fueron concebidas mediante sistemas constructivos modulares; sus componentes podían identificarse, ensamblarse y, llegado el momento, desmontarse. En cierto sentido eran grandes rompecabezas de madera. Cada pieza ocupaba un lugar determinado dentro de la estructura. Esto permitía desmontar una vivienda y trasladarla para volver a levantarla en otro sitio.
Lo que probablemente nadie imaginó cuando aquellas casas fueron construidas fue que algunas, décadas después, realizarían un viaje de cientos de kilómetros para comenzar una segunda vida.

Las casas que iban a desaparecer
La investigación del arquitecto e historiador Gamaliel Valle Hamburgo, recogida en su obra Arquitectura, Ingeniería y Diseño de Interiores en Baja California Sur, permitió seguir el rastro de varias de estas construcciones.
De acuerdo con esta investigación, algunas se encontraban en las zonas de Providencia, Soledad y Purgatorio, y estaban vinculadas a la actividad de El Boleo.
Con el paso de los años, varias quedaron abandonadas o destinadas a la demolición. Es entonces cuando aparecen dos personajes fundamentales en esta historia: Augusto Nopper2 y su esposa, Consuelo Corona de Nopper.
Nopper había sido director de la Compañía del Boleo durante aproximadamente veinte años y conocía bien sus instalaciones. Al enterarse de que un conjunto de casas sería demolido, comentó la situación con su esposa. La respuesta de Consuelo cambiaría el destino de esas viviendas.
La Paz había sufrido los efectos de un huracán y había familias necesitadas de un hogar. Si aquellas casas iban a destruirse en Santa Rosalía, ¿por qué no llevarlas hasta La Paz y aprovecharlas? La idea era tan sencilla como extraordinaria: Desarmar las casas, embarcarlas y volver a construirlas.
El viaje a La Paz
Augusto Nopper decidió impulsar el proyecto y, debido a su relación con la compañía francesa, debía comunicarlo a Francia. La respuesta no llegó oportunamente. Poco después, Nopper enfermó y Consuelo tuvo que hacerse cargo de muchas de las decisiones pendientes. Y actuó.
Las viviendas fueron desmontadas cuidadosamente. Sus componentes fueron identificados y numerados para su posterior reconstrucción. Después fueron embarcados rumbo a La Paz.
No viajaban casas en el sentido tradicional. Viajaban paredes, vigas, ventanas, puertas, techumbres y estructuras convertidas en piezas de un gigantesco rompecabezas. Al llegar a su destino, bastaba seguir nuevamente el orden de las piezas para devolverles su forma.
Se estima que fueron trasladadas alrededor de 25 viviendas.
Una segunda vida
En La Paz las casas fueron reparadas y recibieron mantenimiento. Muchas fueron pintadas con colores vivos con pintura al óleo, recuperando así una dignidad que algunas habían perdido durante sus últimos años en las zonas mineras. Pero el deterioro acumulado era considerable.
El clima, el tiempo, las modificaciones realizadas por sus propietarios y, sobre todo, la vulnerabilidad natural de la madera, provocaron que varias de ellas desaparecieran.
Según el levantamiento realizado por Valle Hamburgo, se han identificado 18 construcciones que aún permanecen en pie, principalmente en la zona central de La Paz, con ejemplos especialmente significativos en El Esterito.
Hoy pueden pasar inadvertidas para quien desconoce su origen. Pero basta observarlas con atención: sus proporciones, los techos a dos aguas, la madera y ciertos detalles constructivos revelan inmediatamente que pertenecen a otra tradición arquitectónica.
Son pequeñas sobrevivientes de Santa Rosalía en medio de La Paz.
Las primeras viviendas de interés social
La historia adquiere todavía otra dimensión. Aquellas casas no sólo representan patrimonio arquitectónico. También forman parte de una experiencia temprana de vivienda destinada a trabajadores.
Las viviendas originalmente servían para alojar al personal relacionado con la actividad minera y existían mecanismos mediante los cuales sus ocupantes podían cubrir gradualmente su costo con sus ingresos.
Cuando la antigua estructura empresarial de El Boleo llegó a su fin a mediados del siglo XX, algunas viviendas pasaron a manos de trabajadores como parte de sus arreglos laborales o finiquitos.
A partir de entonces podían disponer de ellas. Y disponer de una casa de madera significaba algo que hoy resulta difícil imaginar: También significaba poder llevársela.
Existen fotografías históricas que permiten apreciar el procedimiento2. Las estructuras se levantaban mediante sistemas de poleas o grúas; posteriormente, podían desmontarse y trasladarse a otro terreno. Cada tabla, viga y componente tenía su sitio. La casa podía cambiar de domicilio sin dejar de ser la misma.
“Por una mujer muchas personas volvieron a tener casa”
Quizá la frase con la que Gamaliel Valle Hamburgo resume esta historia sea también la más hermosa: “Por una mujer muchas personas en La Paz volvieron a tener casa”. Esa mujer fue Consuelo Corona de Nopper.
Lo que pudo haber terminado convertido en madera abandonada o demolida encontró una nueva utilidad gracias a una decisión práctica, pero también profundamente humana.
Consuelo comprendió algo elemental: mientras en un lugar sobraban casas destinadas a desaparecer, en otro había familias que necesitaban un techo. Entre ambos lugares estaba el mar. Y las casas lo cruzaron.

Casas que también son memoria
Hoy las llamadas casas francesas de La Paz deberían mirarse con otros ojos.
No son simplemente construcciones antiguas de madera. Son testigos de una época en la que el capital, la tecnología, los trabajadores y las costumbres franceses llegaron hasta uno de los rincones más remotos de la península de Baja California. Son también testimonio de una arquitectura sorprendentemente moderna en su concepto: modular, desmontable, transportable y reutilizable. Pero, sobre todo, representan algo mucho más sencillo: hogares.
Casas que nacieron para albergar a trabajadores en un pueblo minero, que estuvieron a punto de desaparecer y que un día fueron desmontadas pieza por pieza, cargadas en un barco y enviadas a una ciudad que necesitaba viviendas.
Más de 70 años después, algunas continúan ahí. Quizá por eso, cuando volvamos a caminar por El Esterito o por las calles antiguas del centro de La Paz y descubramos una de esas peculiares casas de madera, valga la pena detenernos unos segundos. Porque estaremos mirando algo más que una vieja casa.
Estaremos ante un pedacito de la historia francesa de Santa Rosalía que, un día, cruzó el Mar de Cortés para encontrar un nuevo hogar en La Paz.
Atentamente,
Fernando H. Padilla Fitch. Fue cónsul honorario de Francia durante 33 años, además de escritor, consultor e investigador histórico. Descendiente de una de las antiguas familias de las Californias, ha dedicado parte de su trabajo a recuperar historias, personajes y episodios que conforman el patrimonio histórico y humano de la península de Baja California.
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