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viernes, julio 3, 2026
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Zelenski no es nazi… pero los venera

En todo el continente europeo, la bestia no deja de crecer

El acontecimiento fue relatado con cierta discreción por el aparato de comunicación-propaganda del régimen oficial de “democracia liberal” instaurado en la Unión Europea. El presidente de Ucrania, cuyo mandato legal ha expirado, rindió honores de Estado plenos a la llegada a Kiev de los restos mortales del genocida nazi Andriy Melnyk.

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¿Fue vergüenza? ¿Ignorancia? ¿O la aceptación de la doctrina de que todo está permitido para el jefe en funciones de la maquinaria nazi que se apoderó del Estado ucraniano tras el golpe de Estado de 2014 respaldado por Estados Unidos y la UE? ¿Se permite todo, incluida la veneración de verdugos y genocidas nazis, en nombre de “nuestros intereses” y “nuestros valores civilizatorios”?

“Es extremadamente simbólico que nuestros héroes ucranianos de hoy, que arrebataron Ucrania de las manos rusas, estén junto a los ucranianos de generaciones anteriores que también trabajaron para hacer de Ucrania lo que es, para asegurar que Ucrania fuera ella misma, que Ucrania fuera libre”, declaró Volodímir Zelenski ante el ataúd que contenía los restos de Melnyk, repatriados desde Luxemburgo, donde habían estado enterrados desde la década de 1960.

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Dejando de lado lo que Ucrania “es hoy” y lo que realmente significa la “libertad ucraniana”, la importancia central de la declaración de Zelenski reside en su asociación de los “héroes” de generaciones anteriores con los “héroes” del presente. Al hacerlo, reconoce abiertamente la existencia de una continuidad ideológica, política y militar entre los años de la colaboración terrorista ucraniana con Hitler y la forma de “nacionalismo” que llegó al poder tras el llamado golpe del Maidán en 2014.

El líder de Ucrania occidental pronunció estas palabras en honor a Andriy Melnyk en el Cementerio Militar Nacional de Kiev, el lugar donde pretende reunir los restos de los principales dirigentes de las diversas organizaciones nazi-fascistas ucranianas de las décadas de 1930 y 1940.

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Entre ellas se incluyen la UPA (Ejército Insurgente Ucraniano) y la Organización de Nacionalistas Ucranianos, incluida su facción OUN-B. La “B” corresponde a Bandera, quien, junto a Melnyk, fue uno de los líderes terroristas integrados en el aparato bélico del Tercer Reich y que operó como tal durante la ocupación nazi de la Ucrania soviética.

En otras palabras, se trataba de dirigentes hitlerianos que participaron activamente en la matanza de más de 26 millones de ciudadanos soviéticos durante aquellos años, entre ellos muchos millones de ucranianos que vivían en la misma tierra que afirmaban estar liberando.

Bandera, cabe recordar, es hoy el héroe nacional ucraniano por excelencia. El aniversario de su nacimiento es fiesta nacional. Estatuas monumentales lo honran en todo el país, mientras que su nombre ha sido dado a bulevares, calles, estadios, teatros, cines y prácticamente todo tipo de instituciones públicas imaginables.

 

La esencia de un régimen

Zelenski no es un nazi, el régimen ucraniano es una democracia modelo, no es dictatorial ni racista ni xenófobo. Esto es lo que repiten incansablemente los líderes de la Unión Europea y de sus Estados miembros, secundados por un dócil aparato mediático.

A menudo parece que, a través de tal insistencia, intentan no solo disimular la realidad sino convencerse a sí mismos de la veracidad de estas negativas. Consciente o inconscientemente, parecen abrazar uno de los principios sagrados de la doctrina de Goebbels: que una mentira repetida con suficiente frecuencia acaba siendo aceptada como verdad.

Realidades como la prohibición de más de una docena de partidos políticos, la censura oficial de la literatura y la prensa, la prohibición de lenguas nacionales distintas del ucraniano, y las cacerías humanas violentas para arrastrar a los ciudadanos al frente de batalla no parecen preocupar a los líderes occidentales.

Incluso si esas deficiencias son ocasionalmente reconocidas a regañadientes antes de ser justificadas rápidamente, se presentan como medidas necesarias en defensa del supuesto objetivo superior: la preservación de la “democracia liberal” y la contención del espantajo ruso, siempre envidioso de nuestro supuestamente idílico modo de vida.

Al trasladar a suelo ucraniano los restos de antiguos terroristas nazis y elevarlos a símbolos de la nación y el patriotismo, Zelenski no solo dice a sus conciudadanos que esto es Ucrania y lo que significa la “libertad ucraniana”. También dice a la Unión Europea, a Estados Unidos y, en última instancia, a todo el mundo occidental que el precio que hay que pagar por mantener un amortiguador contra Rusia es un ajuste de cuentas con la historia que continúa por la senda de la restauración de los objetivos esenciales del nazi-fascismo.

En la práctica, los líderes europeos han aceptado esta realidad. O están dispuestos a seguir pagando ese precio sin considerar las consecuencias, o realmente creen que la “democracia liberal” puede coexistir pacíficamente con el nazi-fascismo, incluso con el riesgo de acabar disolviéndose en él.

En esencia, esto significa proporcionar las condiciones políticas necesarias para que el orden económico neoliberal –tan globalizado como sea posible– se exprese con toda su vitalidad.

Lo que Zelenski, seguro de su impunidad, dice a sus protectores es que la restauración del pasado y su proyección en el presente encarnan la verdadera esencia de Ucrania.

Este fenómeno, con variaciones determinadas por las circunstancias y la oportunidad política, puede estar dándose también en otros varios países de Europa del Este que son ahora miembros de la Unión Europea, donde el nazi-fascismo está resurgiendo igualmente como una forma de afirmación de una identidad nacional supuestamente perdida durante los años de la “dominación soviética”.

Son países en los que los pilares del nazi-fascismo –racismo, xenofobia, formas de nacionalismo arraigadas en la mitología esotérica y segregación religiosa– vuelven a convertirse en fuerzas poderosas y esenciales, en gran beneficio de la expansión y consolidación neoliberales.

Realidades como la prohibición de más de una docena de partidos políticos, la censura oficial de la literatura y la prensa, la prohibición de lenguas nacionales distintas del ucraniano, y las cacerías humanas violentas para arrastrar a los ciudadanos al frente de batalla no parecen preocupar a los líderes occidentales.

Incluso si esas deficiencias son ocasionalmente reconocidas a regañadientes antes de ser justificadas rápidamente, se presentan como medidas necesarias en defensa del supuesto objetivo superior: la preservación de la “democracia liberal” y la contención del espantajo ruso, siempre envidioso de nuestro supuestamente idílico modo de vida.

Al trasladar a suelo ucraniano los restos de antiguos terroristas nazis y elevarlos a símbolos de la nación y el patriotismo, Zelenski no solo dice a sus conciudadanos que esto es Ucrania y lo que significa la “libertad ucraniana”. También dice a la Unión Europea, a Estados Unidos y, en última instancia, a todo el mundo occidental que el precio que hay que pagar por mantener un amortiguador contra Rusia es un ajuste de cuentas con la historia que continúa por la senda de la restauración de los objetivos esenciales del nazi-fascismo.

En la práctica, los líderes europeos han aceptado esta realidad. O están dispuestos a seguir pagando ese precio sin considerar las consecuencias, o realmente creen que la “democracia liberal” puede coexistir pacíficamente con el nazi-fascismo, incluso con el riesgo de acabar disolviéndose en él.

En esencia, esto significa proporcionar las condiciones políticas necesarias para que el orden económico neoliberal –tan globalizado como sea posible– se exprese con toda su vitalidad.

Lo que Zelenski, seguro de su impunidad, dice a sus protectores es que la restauración del pasado y su proyección en el presente encarnan la verdadera esencia de Ucrania.

Este fenómeno, con variaciones determinadas por las circunstancias y la oportunidad política, puede estar dándose también en otros varios países de Europa del Este que son ahora miembros de la Unión Europea, donde el nazi-fascismo está resurgiendo igualmente como una forma de afirmación de una identidad nacional supuestamente perdida durante los años de la “dominación soviética”.

Son países en los que los pilares del nazi-fascismo –racismo, xenofobia, formas de nacionalismo arraigadas en la mitología esotérica y segregación religiosa– vuelven a convertirse en fuerzas poderosas y esenciales, en gran beneficio de la expansión y consolidación neoliberales.

 

Melnyk y las ironías de la Historia

Andriy Melnyk, ahora honrado por Zelenski y el Estado ucraniano, lideró la OUN desde 1938 hasta su muerte en la década de 1960. La organización sufrió más tarde una escisión orquestada por Stepán Bandera, una división impulsada más por rivalidades personales y ambiciones enfrentadas que por cualquier desacuerdo estratégico respecto a la guerra de Hitler contra la Unión Soviética o el papel que debían desempeñar los llamados nacionalistas ucranianos.

La OUN y la escindida OUN-B, junto con la UPA como su brazo armado, fueron responsables de grandes masacres en las regiones de Volinia y Galicia Oriental, territorios desgajados de Polonia e incorporados a la Ucrania soviética tras el breve acuerdo entre Hitler y Stalin.

En este contexto, y con el apoyo de Hitler, Melnyk y Bandera buscaron imponer su visión de Ucrania como “un Estado depurado de judíos, polacos y rusos”.

En lenguaje claro, abogaban por la limpieza étnica.

Y lo que proclamaron, lo pusieron en práctica con aún mayor eficacia. Durante los primeros años de la década de 1940, bajo la protección o con la asistencia directa de las fuerzas de Hitler, llevaron a cabo masacres que costaron la vida a decenas de miles de no ucranianos, así como a ucranianos pertenecientes a familias polacas.

En una carta dirigida a Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores de Hitler, en julio de 1940, Melnyk presentó las credenciales de la OUN como una organización “ideológicamente similar a movimientos comparables en Europa, especialmente el nacionalsocialismo en Alemania y el fascismo en Italia”.

En la misma carta –dirigida efectivamente al propio Hitler– Melnyk solicitó también “permiso para marchar codo a codo con las legiones de Europa y con nuestro libertador, la Wehrmacht alemana”.

No había nada oculto en estas intenciones.

La respuesta del Reich fue positiva. La OUN procedió a formar el Batallón Bukovina dentro de la Abwehr, el servicio de inteligencia militar de la Alemania nazi. El proceso fue supervisado por el propio Wilhelm Canaris, que dirigió esa organización entre 1935 y 1944.

El nuevo batallón, junto con la UPA, se dedicó a la liquidación de más de cien mil personas en Volinia y Galicia Oriental, especialmente polacos, armenios, judíos, rusos, checos, georgianos y ucranianos supuestamente contaminados por “sangre polaca”.

Dmytro Klyachkivsky, el carnicero que hoy es celebrado como héroe nacional ucraniano y que comandó la UPA en Volinia, decretó en 1944 “la liquidación física general de toda la población polaca”.

Como es invariable en este tipo de atrocidades, la masacre recayó con mayor dureza sobre las víctimas más vulnerables: mujeres y niños. El patrón es conocido, ya sea en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila en Beirut en 1982 o en Gaza casi ochenta años después.

La OUN de Melnyk también se distinguió por su brutal represión del Levantamiento de Varsovia en 1944.

La veneración de Volodímir Zelenski hacia los responsables de estos actos, realizada en nombre del Estado ucraniano contemporáneo como su heredero ideológico, social y militar, ha pasado prácticamente desapercibida para la abrumadora mayoría de los líderes de la Unión Europea y de los gobiernos de sus Estados miembros.

Polonia, sin embargo, conserva dolorosos recuerdos de aquellos años.

Sin llegar aún a retirar su apoyo al régimen ucraniano en su guerra contra Rusia, los líderes polacos –al menos aquellos que no pertenecen a la élite europeísta de Donald Tusk– han dejado claro a Kiev que estos homenajes a figuras terroristas traspasan líneas rojas establecidas por el Estado polaco.

El asunto sigue sin resolverse, y Zelenski parece decidido a escalarlo, como si buscara aislar a Varsovia en el marco europeo más amplio.

Polonia clasifica oficialmente las acciones llevadas a cabo por la OUN junto a las fuerzas de Hitler contra las poblaciones de Volinia y Galicia Oriental como actos de genocidio.

Esa designación corresponde, punto por punto, a la definición de genocidio establecida por las Naciones Unidas.

No se percibe incomodidad alguna en las clases políticas de la “democracia liberal” occidental respecto a los repetidos homenajes de Zelenski a genocidas reconocidos.

Tampoco debería sorprendernos, dada la misma complacencia mostrada hacia el presunto criminal de guerra Benjamin Netanyahu, sin que de ello se deriven consecuencias significativas.

El presidente de Polonia, Karol Nawrocki, no se ha unido a este coro de unanimidad cómplice, por razones que son evidentes.

Tras la ceremonia en honor a Andriy Melnyk, presidida por el presidente de Ucrania, Nawrocki ordenó que se despojara a Zelenski de la más alta condecoración de Polonia, la Orden del Águila Blanca.

En realidad, aunque la decisión es natural y valiente en el contexto europeo actual, lo que realmente sorprende es que tan prestigiosa distinción polaca hubiera sido otorgada anteriormente a un defensor de los responsables del exterminio del pueblo polaco.

“Zelenski no es un nazi”, insisten los líderes europeos, desde Ursula von der Leyen hasta António Costa, desde Luís Montenegro hasta Emmanuel Macron, Friedrich Merz, Keir Starmer y Kaja Kallas.

Los medios oficiales siguen obedientemente la consigna, lanzando anatemas contra las posturas responsables de quienes simplemente reconocen la realidad de la Ucrania contemporánea como heredera de héroes terroristas que fueron aliados, colaboradores y cómplices del régimen de Hitler.

¿Zelenski no es un nazi? Sin embargo, es un hecho público que los venera.

En tales circunstancias, si lo es o no deja de ser la cuestión esencial.

Mientras tanto, en todo el continente europeo, la bestia no deja de crecer. Crece. Y crece. Y crece.

 

Strategic Culture Foundation

José Goulão

 

Enviado por Fidel Fuentes.

Correo: [email protected]

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Autor(a)

Redacción Zeta
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Redacción de www.zetatijuana.com
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