Julio de 1957: Magnitud 7.8 escala Richter, famoso por derribar el Ángel de la Independencia en la CDMX.
Septiembre de 1985: Magnitud 8.1, considerado el más destructivo en la historia moderna de la Ciudad de México.
Septiembre de 2017: Magnitud 8.2 (epicentro en Chiapas, pero fuertemente perceptible en la capital).
Septiembre de 2017: Magnitud 7.1, el cual causó graves daños y colapsos en el centro del país.
Septiembre de 2022: Magnitud 7.7 (epicentro en Michoacán).
He tenido la extraña suerte, si a eso se le puede llamar suerte, de haberme encontrado en los terremotos de la Ciudad de México. La sensación es angustiosa, no puede uno caminar porque todo se tambalea, se caen los objetos en las habitaciones, el estruendo es horrible, las casas y los edificios se caen, las tuberías se rompen, y vemos con angustia la impotencia de caminar, de protegernos y de resguardar a los seres queridos. Nos han enseñado a ponernos debajo de una mesa, en el marco de una puerta, creando el triángulo de vida. No entendiendo lo que ocurre, ni sabiendo en qué apoyarse, pero si intentar salir del edificio donde se encuentra y ubicarnos en media calle, en los primeros momentos el descontrol es temible.
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Cuando se detiene el temblor, se reacciona desconcertado procurando entender lo ocurrido alrededor.
Vi a gente noble, intentando controlar el tráfico, acudiendo a rescatar a los cercanos con el corazón temblando y el miedo a la impotencia de continuar con lo que estábamos realizando, muertos y heridos por doquier, edificios desintegrándose, durante días rescatando enterrados, algunos como milagros vivos y otros más muertos.
Hay un grupo extraordinario de rescatistas como los abnegados Topos (Brigada de Rescate Topos Tlatelolco, A.C.) y otros más que penetran en los edificios con sus perros rescatistas a buscar símbolos de vida dentro de los escombros, los días subsecuentes no paran de aterrorizar, esperando temblores réplicas.
Hay países como Israel y México, que tienen listos y envían a lugares de catástrofes a grupos de rescate altamente entrenados y que compiten por ser los primeros en llegar; también es conocido el equipo de ayuda del chef José Andrés con World Central Kitchen, grupo al que pertenece nuestra estoica amiga Maribel Moreno que organizó las cocinas en Acapulco cuando ocurrió el huracán “Otis”, alimentando a la gente indefensa.
Ahora acontece en Venezuela, con todo el furor de sus 7.5 en la escala de Richter. El proceso de recuperación es largo y caro, difícil y costoso. Dentro de cada año ocurren maremotos, tsunamis, erupciones volcánicas, etcétera. Ninguna es peor que la otra, todos los eventos de los cataclismos son graves y dolorosos y hay que portar medicinas, papel de baño, comida y hasta agua, aunque parezca mentira.
Roguemos a Dios por el bienestar de nuestros hermanos venezolanos y ayudemos a enviar cosas que allá necesitan y que estamos en posibilidad de compartir. Dios cuide a los venezolanos.
Solo aquellos que han probado o han vivido el horror de la fuerza de la naturaleza desatada y la impotencia de enfrentarla, más los horrendos resultados, puede comprender lo que están viviendo los hermanos venezolanos en ese momento crítico.
José Galicot es empresario radicado en Tijuana, B.C.
Correo: [email protected]





