Cuando hablamos de infraestructura cultural solemos pensar en edificios. Museos, bibliotecas, archivos, teatros o centros de arte. Pensamos en el concreto, el acero, el vidrio y la arquitectura. Celebramos las inauguraciones, las remodelaciones, las nuevas sedes y espacios porque son la parte visible de la política cultural.
Una vez inaugurado un museo o un centro cultural, comienzan las preguntas menos visibles. ¿Habrá recursos para mantener funcionando el sistema de climatización? ¿Quién sustituirá un proyector cuando concluya su vida útil? ¿Cómo se conservarán las colecciones? ¿Qué ocurrirá cuando una exposición dependa de equipos tecnológicos que inevitablemente dejarán de funcionar? ¿Quién dará continuidad a los proyectos cuando cambien los equipos de trabajo?
En una conversación con la Mtra. Miriam Kaiser, entonces Directora de Exposiciones Internacionales del INAH, me señaló un aspecto que con frecuencia pasa inadvertido: la tecnología también tiene fecha de caducidad y, por lo general, falla. Los proyectores se desgastan, las pantallas dejan de funcionar y los sistemas interactivos terminan por volverse obsoletos. No es un defecto de las exposiciones contemporáneas; es una condición inherente a ellas. La pregunta importante no es si esos equipos dejarán de funcionar, sino si la institución previó los recursos, el conocimiento y los procesos necesarios para mantenerlos, actualizarlos y, llegado el momento, sustituirlos.
Algo parecido ocurrió hace algunos años en el Museo Nacional de Antropología. Cuando el museo fue proyectado en la década de 1960, era imposible anticipar el crecimiento que tendrían sus colecciones y las nuevas exigencias de conservación que aparecerían con el tiempo. Lejos de ser un error de diseño, fue la consecuencia lógica de una institución que continuó investigando, excavando, recibiendo donaciones y ampliando su patrimonio. Por ello, durante la gestión de Felipe Solís, con Alfonso de María y Campos al frente del INAH, uno de los trabajos más importantes no consistió en inaugurar una nueva sala, sino en reorganizar y dignificar las bodegas que resguardan miles de piezas arqueológicas. Fue una tarea silenciosa, sin ceremonias ni titulares, pero esencial para garantizar la conservación del patrimonio nacional.
Las instituciones culturales también sobreviven gracias a ese tipo de trabajo invisible.
Por eso resulta insuficiente reducir la infraestructura cultural a sus edificios. La infraestructura son también las bodegas, los talleres de conservación, los sistemas de climatización, los presupuestos de mantenimiento, los protocolos de seguridad, los procesos administrativos y las redes de colaboración que permiten que todo lo demás funcione. Pero, sobre todo, son las personas.
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Son las personas responsables de las bibliotecas y los archivos, que conocen una colección mejor que cualquier catálogo. Los restauradores que saben cómo intervenir una pieza sin comprometer su integridad. Los museógrafos que comprenden el diálogo entre las obras y el espacio. Los técnicos que mantienen funcionando los teatros y los museos. Los investigadores, promotores, gestores y servidores públicos que, después de años de trabajo, terminan convirtiéndose en la memoria viva de una institución.
También están los pueblos originarios de Baja California, cuyos conocimientos, lenguas, prácticas culturales y formas de comprender el territorio constituyen una parte fundamental del patrimonio del estado. A ellos se suman las personas que nacieron aquí y quienes llegaron desde otras regiones de México o del mundo y decidieron hacer de esta tierra su hogar. Todos han contribuido a construir el tejido cultural que sostiene nuestras instituciones.
También están los artistas que crean, los públicos que participan, las familias y los grupos escolares que hacen suyos los museos, las bibliotecas, los teatros y los espacios culturales. Sin ellos, ninguna institución cumple plenamente su propósito. La infraestructura cultural no sólo sostiene edificios ni preserva colecciones; hace posible el encuentro entre las personas y la cultura.
A lo largo de mi trayectoria profesional he tenido el privilegio, la oportunidad y la fortuna de colaborar desde distintos espacios de la gestión cultural. A nivel local, entre 2004 y 2007 formé parte del Centro Cultural Tijuana y, recientemente, tuve el honor de desempeñarme como Director de Patrimonio Cultural y Culturas Populares de Baja California. Esa responsabilidad concluyó de manera anticipada cuando me fue solicitada la renuncia después de once meses en el cargo. No lo menciono para cuestionar una decisión administrativa; los cargos públicos son, por definición, temporales. Lo menciono porque esa experiencia confirmó una convicción: la infraestructura de una institución no termina en sus edificios ni en sus presupuestos. También está hecha de procesos, de relaciones de confianza y del conocimiento que las personas construyen con el tiempo. Cuando esa continuidad se rompe, no sólo cambia un titular; la institución también pierde una parte de su capacidad para responder, crear y preservar.
Cada vez que una persona sale de una institución no solamente se libera una plaza. También pueden perderse relaciones construidas durante años, proyectos en marcha, conocimiento especializado y una memoria institucional que difícilmente queda registrada en un informe de entrega-recepción.
Aprendí una lección semejante años antes, cuando tuve el honor de dirigir el Instituto Cultural de México en Belice como agregado cultural de México. Hasta donde tengo conocimiento, he sido el único —y probablemente el primer— bajacaliforniano en desempeñar una responsabilidad de esta naturaleza dentro del Servicio Exterior Mexicano. Lo menciono no como una distinción personal, sino porque esa experiencia confirmó algo que hoy considero esencial: la capacidad institucional no depende exclusivamente de los recursos económicos.
El presupuesto anual del Instituto rondaba apenas los cinco mil dólares. Era imposible competir en términos financieros con otros países. Sin embargo, fue posible desarrollar una agenda cultural constante gracias a las alianzas con universidades, museos, artistas e instituciones locales; gracias a la confianza construida durante años y al conocimiento acumulado por quienes integraban el equipo.
Aquella experiencia me enseñó que una institución puede disponer de recursos limitados y, aun así, tener una enorme capacidad de acción. Esa capacidad no estaba en el presupuesto. Estaba en las personas.
Por eso resulta insuficiente medir el éxito de una política cultural únicamente por el número de edificios inaugurados o por los recursos extraordinarios que eventualmente consigue una institución. Una ampliación presupuestal puede resolver una emergencia, pero el mantenimiento de un museo, una biblioteca o un archivo nunca debería depender de una emergencia.
No deberíamos celebrar que una institución obtenga recursos extraordinarios para hacer lo ordinario.
En Baja California contamos con espacios extraordinarios, como El Cubo del CECUT. Más que preguntarnos cuántas exposiciones alberga cada año, quizá deberíamos preguntarnos si su programación corresponde a las posibilidades arquitectónicas, técnicas y simbólicas de un recinto concebido para albergar proyectos de alcance internacional. Un gran edificio necesita una institución capaz de sostenerlo.
Lo mismo ocurre con la confianza. Los programas de apoyo (como el PECDA), los premios, las becas y las convocatorias culturales solo pueden cumplir plenamente su función cuando existen reglas claras, procedimientos transparentes y mecanismos que protejan la credibilidad de las decisiones. La confianza también forma parte de la infraestructura. Puede tomar décadas construirla y muy poco tiempo perderla.
Construir un edificio puede tomar algunos años. Construir una institución confiable y respetada puede tomar generaciones.
Porque una institución no está hecha únicamente de concreto, acero o cristal. Está hecha de experiencia, memoria, relaciones de confianza y personas capaces de transmitir ese conocimiento a quienes vendrán después. Esa capacidad institucional es la infraestructura que menos se ve y, probablemente, la más difícil de reconstruir cuando se pierde.
Y quizá por eso, cuando hablamos de infraestructura cultural, conviene recordar algo que parece obvio, pero que con frecuencia olvidamos:
También son las personas.
Atentamente,
Diego E. Sapién Muñoz.
Tijuana, B.C.
Correo: [email protected]





