Siendo invitado al Consejo Consultivo del grupo Salinas Pliego, dueño de Elektra y del canal de comunicación TV Azteca, me preparaba para asistir al banquetazo, pero de pronto al visitar a la escultora Becky Guttin me caí y me di un “banquetazo” diferente, con golpe en la frente y la nariz, de consecuencias tales que tuve que ir a dar con mis huesos al hospital.
El nosocomio que escogí fue el Scripps de La Jolla. Entré por la zona de emergencias y diligentemente tomaron nota de mi edad y de mis signos vitales (temperatura, presión, nivel de azúcar, etcétera); de ahí, en silla de ruedas me trasladaron a mi habitación temporal donde revisaron de nuevo los signos vitales y me pusieron un catéter: extraño pegamento con penetración a la vena que curiosamente permite introducir líquidos y medicinas directamente a las arterias, además me piden que me desvista colocándome una siempre absurda bata, que extraña y ridículamente tiene abertura por atrás.
La enfermera rápidamente me va colocando aparatos de succión en el pecho que se conectan con un control directo al corazón, más un constante receptor de signos vitales. Por supuesto que estoy preocupado e interesado, por lo que me piden permiso para ponerme suero y me convierto en un sensor humano sucesivamente revisado de ojos, nariz, corazón, garganta y de más puntos en mi cuerpo que puedan dar información fidedigna.
Después de un rato llegó un doctor a platicar los procedimientos necesarios, una incómoda colonoscopia, un encefalograma por el golpe en la frente que pudo haber causado derrame cerebral y algo más en el cerebro.
Después de un rato llega un camillero a toda velocidad y me conduce por los pasillos del hospital hasta un cuarto que contiene un tubo donde me harían una resonancia magnética que me atemoriza, hago de tripas corazón y decido mostrar valentía, al cabo yo tengo un truco especial: “me duermo donde quiera”. Me introducen en el aparato, pero para mi molestia me exige la máquina que haga lapsus largos de respiración contenida; con una voz de ultratumba, “respire, contenga, respire”. Antes solicito una cobija porque hace un frío del diablo, la cual viene deliciosamente precalentada.
Después de un lapso de 15 minutos aproximadamente, me sacan pero no me dan resultados del encefalograma y sí de mi capacidad torácica, pues estuve por más de 30 segundos con la respiración controlada por vez, lo que batía un récord del hospital. Me regresan entre los pasillos fríos del hospital en una conversación agradable con el personaje que me transportó hasta un cuarto normal que tiene baño y monitores, un pizarrón donde escribieron las medicinas y los médicos que acudirían, así como el nombre en turno de los enfermeros.
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Se presentan los amables enfermeros que llevan turnos de 12 horas por vez, turnos cansados, y empieza el turno constante de visitas para dar, inyectar medicinas, y al fin del día van desapareciendo en un intercambio de turno. Los doctores aparecen una vez al día para dar su diagnóstico que se recaba de los miles de aparatos informativos y de lo dicho por las enfermeras.
Toda la información se va aportando al internet, analizada por los diferentes médicos que atienden diversas especialidades, por ejemplo: angiogramas, resonancia magnética y las variantes de los signos vitales que son revisados por los médicos propios que van dando sus opiniones a los pacientes y sus familiares, que permanecen enterados todo el tiempo.
Te ofrecen diferentes menús de comida de decente calidad, más inyecciones, más revisión de signos vitales y de oferta de amabilidades y cariños y cambios de cama.
No prendo la luz, la dejo en un desabrido medio y menos la televisión que dentro de todo este relajo la siento letal. Me visita mi familia con constancia lo que me permite tener tramos largos de conversaciones que se antojan agradables y todo continúa con un carrusel constante hasta que el paciente espera que lo empiecen a preparar para darle de alta, lo cual es un largo periodo que culmina con un glorioso “ya te puedes ir”.
Gracias a la medicina moderna y gracias a enfermeros, ayudantes, doctores, técnicos, etcétera, que me atendieron en enfermedad y convalecencia.
¿Y dónde quedaron los médicos brujos, los homeópatas y toda la terapia alternativa?
José Galicot es empresario radicado en Tijuana, B.C.
Correo: [email protected]





