Escucho una canción en crescendo, quizás hecha con inteligencia artificial (bien planeada) con frases de la historia de Israel y sensible al momento actual, al dolor de una guerra inmerecida e insoportable, pero causada por el odio atávico de los ayatolas de Irán. La canción habla de Jerusalén, Tel Aviv y Haifa, en ese orden, y toca los ecos mismos de la construcción del estado de Israel; sus vibratos son emocionantes, habla de orgullo, habla de identidad, de hermandad y del respeto a la diáspora y a Masada. Dos momentos importantes en la historia del pueblo judío, uno corto (el asedio y toma de la fortaleza de Masada por los romanos que duró probablemente solo unas pocas semanas, o como máximo un periodo corto de tiempo a principios del año 73 d.C., desmintiendo la creencia popular de un asedio de tres años. Aunque la construcción de la rampa tomó meses (el ataque final fue rápido), y uno largo (dos mil años).
La canción habla del mar Kineret, de la Galilea y del desierto floreciente, no habla de ejército, ni de muerte, ni de venganza, ni de sangre; habla de dignidad, de la alegría de vivir, del pueblo que reza en Jerusalén y canta en Tel Aviv y que está hermanado desde siempre y por siempre y que ha vivido una continua y constante guerra, la cual para asombro de propios y extraños, la ha ganado siempre desde el día de la independencia hasta ayer.
El ingenio, la tecnología, el valor, la disciplina y la creatividad de un ejército, de los hijos del pueblo ha dado invencibilidad a los que no pueden perder, pues sería la primera y última derrota. Israel tiene que sobrevivir a estas luchas y en la victoria encontrar espacios de convivencia con los vecinos que no gozan ni democracia, ni libertad y cuyo trato a sus mujeres y a sus ciudadanos es espantosa.
Ante la democracia, la latente y vigorosa del estado de Israel que suenen una vez más las campanas de victoria, que el mar Mediterráneo se llene de gozo y el país entero cante como lo estamos haciendo en esta bella canción (cuyo nombre no conocemos) junto con el Am Israel Jai, Hatikva y Hevenu Shalom Aleijem, que se repite mil veces y que siempre causan las mismas emociones: orgullo, resiliencia, dignidad y amor a la “altneuland” (la vieja nueva patria).
José Galicot es empresario radicado en Tijuana, B.C.
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