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jueves, abril 30, 2026
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“The Devil Wears Prada 2”: Moda y libertad de prensa

La secuela de “The Devil Wears Prada” intenta actualizar, 20 años después, su discurso de la industria de la moda que ahora pasa por una crisis de prensa impresa; su propuesta se encamina a una crítica con potencial en una película comercial.

Desde su arranque, Anne Hathaway ofrece una versión de Andy más contenida, aunque su desarrollo no siempre corresponde con la madurez que plantea la historia. Por su parte, Meryl Streep pareciera la protagonista; su Miranda Priestly oscila entre la autoridad y una vulnerabilidad que retrata la pérdida de control editorial en la revista.

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El tratamiento de los personajes secundarios es irregular. Emily es uno de los personajes del que más trasfondo se tiene, pero la historia le es cruel sin sentido, aunque le da un buen desarrollo como potencial villana.

El guion introduce con acierto la crisis de la prensa impresa y su dependencia de las marcas: “No hay revista sin anunciantes”.

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La cinta intenta posicionarse como una reflexión sobre los límites entre independencia editorial y financiamiento.

Además, mantiene un ritmo ágil.
Frases como “Solo los críticos culturales leen esto” introducen un matiz pertinente sobre el consumo actual de contenidos escritos.

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En términos de construcción dramática, la historia apuesta por un giro relevante que resulta efectivo en su impacto, pero carece de un desarrollo previo sólido.

La inclusión de figuras como Donatella Versace se percibe subutilizada, reducida a una presencia anecdótica que no aporta con el peso simbólico de la industria que representa.

Las marcas estaban muy presentes a manera de grito; los nombres eran protagonistas en múltiples escenas, como si se tratara de una colaboración.

En esta entrega, la cámara adquiere un rol más expresivo.

El uso de zooms abruptos y cambios de textura visual aporta dinamismo y construye un lenguaje visual más estilizado, aunque en algunos momentos prioriza la forma sobre la función narrativa.

La película aborda temas como el body positivity y la irrupción de la inteligencia artificial en los procesos creativos, aunque ambos quedan esbozados sin una exploración profunda.

La postura de Miranda frente a la IA plantea una defensa del valor humano en la moda, pero no presenta una resolución dramática clara.

Asimismo, la inclusión de Lady Gaga se percibe más como un recurso de espectáculo que como parte de la historia. Su participación, aunque justificada, carece de impacto.

En su último acto, la película tiene una resolución conciliadora.

La defensa de la libertad editorial y la integridad profesional se presenta como una bandera y, aunque muestra incertidumbre, también ignora las posibles consecuencias estructurales de dichas decisiones. Una victoria simbólica más que una transformación real del sistema que critica.

Además, se presenta como una realidad alternativa en la que Anna Wintour no hubiera salido de Vogue.

Durante sus casi dos horas de duración, 1 hora y 59 minutos, la película equilibra su valor comercial sin resultar superficial, pero tampoco alcanza una crítica incisiva.

Su mayor fortaleza es la vigencia de sus cuestionamientos.

 

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