Para atacar, contener o desmantelar las redes de distribución y cerrar los flujos económicos criminales que mantienen a los cárteles de las drogas mexicanos, el Gobierno de los Estados Unidos no tiene, en estricto sentido, que intervenir tierras aztecas, son sus fuerzas de seguridad. Podría empezar, como lo ha hecho aun a cuenta gotas, por detectar las redes de distribución de estupefacientes, las de lavado de dinero y la venta de armas, que están radicadas en su territorio.
Los cárteles son binacionales. La droga, incluido el fentanilo, que se trasiega de México hacia los Estados Unidos, no se distribuye en aquel país por arte de magia, ni los criminales mexicanos son ubicuos como para estar presentes en todo momento en distintas partes. La realidad es que los cárteles mexicanos tienen sus contrapartes en los Estados Unidos, sean estas estructuras criminales formalizadas con ciudadanos norteamericanos, o integradas con nacionales emigrados a aquella región de América.
Importante es recordar el caso de los mellizos Flores, Pedro y Margarito, quienes eran los representantes del Cártel de Sinaloa en Chicago, Estados Unidos, y trabajaban de manera directa con quien fuera el capo de la organización criminal en la década de los dosmiles, Joaquín Guzmán Loera, el Chapo. Los hermanos eran los encargados del cártel en aquella importante ciudad de Estados Unidos.
Los Flores erigieron un imperio de drogas, particularmente de tráfico de cocaína, con epicentro en Chicago. Los estupefacientes llegaban a territorio norteamericano en camiones de carga, vagones de trenes, por carretera o rieles, y provenían desde Centroamérica con la intermediación de los capos mexicanos. Desde Chicago era distribuida a otros estados de la Unión Americana. Documentos de la DEA de la investigación que realizaron para la aprehensión de los Flores, indican que al mes trasegaban unos dos mil kilos de cocaína.
De hecho, revelaron las autoridades de los Estados Unidos, que calculan que entre el 2005 y el 2008, Pedro y Margarito Flores, asociados con Joaquín Guzmán Loera e Ismael Zambada García, habrían recibido por parte de estos últimos unas 38 toneladas de cocaína, lo cual habría generado ganancias para el cártel, que la misma DEA estipuló en unos 800 millones de dólares.
La asociación criminal entre los hermanos Flores y el Cártel de Sinaloa, terminó en 2008 cuando Pedro y Margarito fueron detenidos en los Estados Unidos y comenzaron a cooperar con las autoridades de aquel país, para entregar las claves de los métodos de producción, distribución, tráfico de drogas, lavado de dinero por parte del cártel. De hecho, los testimonios serían claves años después para la sentencia contra Joaquín Guzmán, que purga una cadena perpetua en una prisión de máxima seguridad en la Unión Americana.
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Con la aprehensión en los Estados Unidos, no en territorio mexicano, de quienes distribuían la droga del Cártel de Sinaloa, aquellas autoridades dieron un golpe que tuvo repercusiones en Centroamérica, México y, por supuesto, la Unión Americana. Además, sin la necesidad de invadir otro país con intervenciones criminales.
En días recientes, se ha reportado de manera cada vez más frecuente, e impulsado por la acción de invadir Venezuela para detener al dictador Nicolás Maduro por parte del Gobierno de los Estados, la posibilidad de la intervención de las fuerzas armadas norteamericanas en territorio mexicano para combatir la producción, distribución y trasiego de fentanilo. Algo con lo que el presidente vecino, Donald Trump, ha sido muy insistente desde su campaña político electoral, mientras las contrapartes mexicanas se expresan muy reacias a no permitirlo. Postura que comparte la Presidenta Claudia Sheinbaum, quien -cuando es el caso- confirma que la intervención norteamericana en México para combatir a los cárteles, no es una opción.
De acuerdo a un artículo publicado por The New York Times, y no desmentido aun por el gobierno de Trump, el presidente norteamericano estaría presionando a su contraparte mexicana, para que sea permitida la intervención de las fuerzas armadas norteamericanas, para trabajar junto a las mexicanas en territorio nacional, para desmantelar, de manera particular, los laboratorios de fentanilo desde los que -se supone- se abastecen al consumidor de los Estados Unidos, causando muerte y destrucción. Una vez más fueron retomadas, en el mismo artículo, las palabras de la Presidenta de México, refiriendo que eso no era necesario. La cooperación, por otra parte, sí lo es.
Conocido es, también, que las agencias de investigación de los Estados Unidos, sea en Chicago y con mayor razón en los Estados Fronterizos, desarrollan indagaciones e inteligencia binacional, para identificar las redes de producción y distribución de drogas entre uno y otro país, o de armas y billetes en sentido contrario. Tal cooperación funciona hasta la fecha, aun cuando no se dé a conocer.
La otra sería que, tal cual la frontera de los Estados Unidos ha sido cerrada a la migración sin documentación legal para internarse en aquel país, también fuese cerrada para el tráfico de drogas, de igual forma en una cooperación entre agencias norteamericanas y mexicanas. Es decir, hay ejemplos de sobra de lo que con cooperación entre ambos países se puede hacer contra los cárteles, los capos, la detección y cierre de flujos de droga, de dinero y de armas, antes de pensar en una intervención como la de Venezuela para desactivar un narcolaboratorio, detener al Mencho, o a los Mayitos y los Chapitos que aún quedan en territorio mexicano.
Atendiendo que la provocación es el punto de partida de las políticas públicas de gobiernos populistas, como lo fue el de Andrés Manuel López Obrador o lo es el de Donald Trump, presionar por la intervención norteamericana en México, podría responder más a temas de corte político internacional que contención de los cárteles, cuando esto último lo pueden hacer desde el mismo vecino país; lo primero, sin embargo, podría estar sustentado en dos notorios hechos: el éxito de la intervención norteamericana en Venezuela, y la sistemática entrega de petróleo por parte del Gobierno de la República Mexicana a Cuba. Y ese es otro nivel de provocación.





