El testamento de Jesucristo

Tomada de Internet
Opinionez lunes, 26 abril, 2021 12:00 PM

“Este cáliz de mi sangre es mi testamento”

-San Pedro Julián Eymard. (1Co 11,25)

 

El Jueves Santo, es decir, la víspera de su muerte, cuando instituyó el sacramento adorable de la Eucaristía, es el día más hermoso de la vida de Nuestro Señor, el día por excelencia de su amor y cariño. ¡Jesucristo va a quedar perpetuamente en medio de nosotros!

¡Grande es el amor que nos demuestra en la cruz; el día de su muerte nos manifiesta sin duda, mucho amor; pero sus dolores acabarán y el Viernes Santo no dura más que un día, en tanto que el Jueves Santo se prolongará hasta el fin del mundo!

Jesús se ha hecho sacramento de sí mismo para siempre.

Nuestro Señor se dará a sí mismo. Él carece de fincas, posesiones o riquezas; ni si quiera tiene dónde reclinar la cabeza. Los que esperan de Él algún bien temporal se llevarán un chasco, pues todo su caudal se reduce a una cruz, tres clavos y una corona de espinas…

¡Ah, si Jesús distribuyese bienes materiales, cuántos se harían buenos cristianos! ¡Todos querrían entonces ser discípulos suyos! Pero Jesús no tiene nada que dar aquí en la tierra, ni siquiera gloria mundana, porque harto humillado va a quedar en su pasión.

Esta entrega es puro don y no un préstamo. Se inmoviliza, se hace como una cosa, para que podamos poseerle.

Tomó las apariencias de pan que se convierte en su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y de esta suerte, aunque no se le ve, se le posee.

Esta es toda nuestra herencia: Nuestro Señor Jesucristo.

¿Qué tenéis necesidad de pan? Yo seré vuestro pan.

Jesús muere contento dejándonos este pan. ¡Y qué pan!, como un padre de familia que pasa la vida trabajando sin otro fin que dejar a sus hijos al morir un pedazo de pan. ¿Podría darnos algo más, por ventura?

Así que podemos decir al Padre celestial… Si, Señor, os pagaré con Jesús Sacramentado, pertenencia mía, propiedad mía, que se ha entregado a mí para que pueda negociar contigo todo lo que necesito. Nosotros, poseyendo a Jesucristo, podemos decir que poseemos el cielo. Aprovechemos este pensamiento, hagamos fructificar a Jesucristo.

La mayor parte de los cristianos lo sepultan en su interior o lo dejan envuelto en su sudario, sin valerse de él para conseguir el cielo y conquistar reinos a nuestro Señor. ¡Y cuántos hay que obran de este modo! Valgámonos de Jesús Sacramentado para orar y reparar; paguemos las deudas contraídas, por medio de Jesús, cuyo precio es subido en extremo.

Nuestro Señor no viene a nosotros sino para producir frutos. ¿Y le condenaremos a la esterilidad? ¡No, jamás! Hacedle fructificar por sí mismo: Negotiamini. ¡No dejéis Hostias infecundas!

¡Cuán bueno es el Salvador!

La Cena duró, aproximadamente, tres horas: fue la pasión de su amor. ¡Ah, qué caro costó este pan!

(San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas)

 

Germán Orozco Mora reside en Mexicali.

Correo: saeta87@gmail.com

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