Una niña estaba muy atareada tecleando en la laptop del abuelo, a lo que el viejo pregunta:
— ¿Qué haces, Susi?
— Estoy escribiendo un cuento.
— ¿De qué se trata? —le preguntó el abuelo.
— No sé —contestó ella—. Yo no sé leer.
Autor: La abuela.
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Vela milagrosa
La Sra. Donovan caminaba por la calle O’Connell de Dublín cuando se cruzó con el padre Rafferty.
El padre le dijo:
— Muy buenos días, ¿no es usted la Sra. Donovan a quien casé hace dos años?
— Efectivamente padre, soy yo.
— ¿Y no han tenido niños aún?
— No padre, aún no.
— Bueno, la semana próxima viajo a Roma, así que, si quiere, encenderé una vela por usted y su esposo.
— ¡Oh, padre, muchas gracias, le estaremos muy agradecidos!
Y ambos siguieron su camino. Años más tarde se encontraron nuevamente. El sacerdote preguntó:
— Sra. Donovan, ¿cómo se encuentra usted ahora?
— Muy bien, padre.
— Y dígame, ¿han tenido niños ya?
— ¡Oh sí, padre! Tres pares de gemelos y cuatro criaturas más… ¡¡¡10 en total!!!
— ¡Bendito sea el Señor, qué maravilla! ¿Y dónde está su amante esposo?
— Camino de Roma, a ver si puede apagar la maldita vela.
Autor: Un monaguillo.
Derecho divino
Una joven entra en una Iglesia desnuda de la cintura para arriba.
El cura la detiene y le dice:
— Un momento, señorita. Usted no puede entrar así a la Iglesia.
— ¿Cómo que no? Yo tengo el derecho divino.
— Y el izquierdo también, pero así no puede entrar.
Autor: Otro monaguillo.
Accidente
El conductor de un camión entra en un bar a la salida del pueblo:
— Disculpen, ¿pueden decirme si por esta zona hay vacas negras?
— No las hay.
— ¿Y cabras negras?
— No las hay.
— ¿Acaso un caballo negro?
— Tampoco lo hay.
— Pues vaya… ¡Entonces acabo de atropellar a un cura!
Autor: El último monaguillo.
El enigma
Un hombre llega a casa del trabajo y encuentra a sus tres hijos en el jardín aún con los pijamas puestos, jugando en el barro, con cajas de comida vacías y los envoltorios de éstas esparcidos por todo el jardín.
La puerta del coche de su mujer estaba abierta, así como la puerta de entrada de la casa, y no había señales del perro.
Cuando entró encontró aún mayor desorden. Una lámpara caída en el suelo y la alfombra estaba arrugada contra la pared.
En el salón la televisión estaba a todo volumen con un canal de dibujos animados y la salita de estar estaba cubierta de juguetes y ropa.
En la cocina la pila estaba llena de cacharros, el desayuno derramado, la puerta del frigorífico abierta de par en par, la comida del perro tirada por el suelo, un vaso roto debajo de la mesa y un pequeño montón de arena detrás de la puerta.
Inmediatamente subió las escaleras, sorteando todos los juguetes y más pilas de ropa, buscando a su mujer, preocupado por si estaba enferma o la había ocurrido algo serio.
De camino a la habitación, vio como corría el agua por debajo de la puerta del cuarto de baño y cuando la abrió vio toallas empapadas espuma y más juguetes por el suelo, kilómetros de papel higiénico amontonado y pasta de dientes untada por el espejo y las paredes.
Entró corriendo al dormitorio y encontró a su mujer acurrucada en la cama, en pijama y leyendo una novela.
Ella le miró, le sonrió y le pregunto qué tal le había ido el día.
Él la miró furioso y le preguntó:
— ¿Qué pasó aquí?
Ella volvió a sonreír y contestó:
— ¿Sabes cuando vuelves todos los días del trabajo y me preguntas: “¡Por Dios! ¿Pero qué demonios haces todo el día?”?
— Sí —contestó él incrédulo.
Entonces ella contestó:
— ¡¡¡Pues hoy no lo hice!!!
Autor: Una amiga casada.
Padre e hijo gallego
Manolito pregunta a su padre Antonio:
— Papá, ¿puedo salir a ver el eclipse?
— Está bien hijo, pero no te acerques demasiado.
Autor: La Pilarica.





