Columna invitada
“Hacen un desierto y lo llaman paz…”
– Tácito, historiador romano en su obra Agrícola, citando a Calgaco.
Corría el año 83 de nuestra era. Anticipando la derrota en la batalla de Monte Graupius, el jefe unificador de las tribus caledonias, Calgaco, describió en un potente discurso el absurdo expansionismo romano que destruyó el sustento de sus tribus. Irracionalidad que se confirmó a los pocos años: la ruina y el sacrificio infligidos por el Imperio fueron inútiles, al fracasar en la conquista de lo que hoy conocemos como Escocia. Misma suerte sufrió el pueblo alemán cuando, perdida ya la guerra, Hitler ordenó en su perjuicio la destrucción de fábricas, puentes, vías de transporte y depósitos de suministros a fin de retrasar la inevitable victoria aliada en su territorio. Ambos son ejemplos tácticos de “tierra quemada”, milenaria estrategia de guerra consistente en acabar con todo lo que pudiera ser utilizado tanto por los enemigos como por el pueblo propio, predominando a costa de todo, la supervivencia de la casta gobernante.
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En tan sólo siete años, Morena, PT y el Verde lograron acabar en Baja California con la legitimidad del bono electoral que les regaló el triunfo de López Obrador. Ha sido tan grande su rapacidad e incompetencia, que la memoria del último y peor gobernador panista no les sirve como referencia de contraste. Sin embargo, poco les importa la vergüenza de no ser indicador de ética y de autoridad moral en lo público; y es que han sido también únicos en convertirse en el peor experimento de poder político en México, ya que su régimen se alimentó de todo en el Estado, menos de personas de izquierda capaces y honorables. Sus liderazgos son principalmente advenedizos sin ideología, expriistas o expanistas sin una gota de escrúpulos o congruencia histórica; eso sí, todos unidos por un común denominador: su desesperado apetito por devorar todo lo que los convierta en nuevos ricos o les asegure poder absoluto.
Y así, con la peor clase política que ha pisado los gobiernos municipales, el Congreso y el palacio estatal, llegó el conflicto de julio del 2026, desnudándose a nivel nacional las entrañas de lo que para muchos era cuestión de tiempo para que emergiera: la podredumbre de la 4T en Baja California, evidenciada por la guerra entre el primer gobernador morenista y la actual gobernadora. Semanas de mentiras, acusaciones, burla y escrutinio mediático no les bastaron; cerraron la sangría de su purga estalinista con la muestra de desprecio más ridícula que pudieron regalarle a una población que está saturada de su bajísima grilla: el abandono de todos los aspirantes a su desechable y disminuida jefa, mientras le sonríen a su adversario, el personaje más déspota que ha pisado el gobierno estatal.
Previo a la función en cadena nacional de este vulgar circo, sus actores levantaron gobiernos que hoy tienen a nuestro estado en el segundo lugar a nivel nacional en corrupción y homicidios violentos, según cifras oficiales de INEGI y el SESNSP, debilitando el potencial de una frontera que fue referente de soberanía, libre empresa, calidad de vida y valiente competencia con la economía mundial de California.
Hoy todo México nos califica como una tierra habitada por una sociedad que todo permite y nada reclama, secuestrada por una corte de impresentables con nulo oficio político, que operan desde el desorden y abuso gubernamental generados por la ausencia de liderazgo y quienes, desesperados por asegurar un lugar en el próximo presupuesto público, le han aplicado a Baja California la cruel máxima de la tierra quemada: primero su ego, su continuidad, sus precampañas y sus privilegios; no importa que, en tanto, arda la imagen y el prestigio de la tierra que les dio fruto antes de que pueda ser salvada.
En el colmo de este absurdo, a menos de 10 meses de la elección para el cambio de Gobierno del Estado, Ayuntamientos y Congreso, la oposición carece del único elemento que pudiera hacerla ganar: la disidencia ciudadana; sí, me refiero a esa descarga espontánea que puede incendiar a quienes ya han llegado al hartazgo y sólo requieren de una chispa para luchar por lo suyo, señalando, enfrentando, rechazando públicamente y en todo lugar a todos aquellos que están arruinando a nuestra entidad.
¿Nos alcanzará para un cambio de régimen? Lo ignoro. Sólo sé que, si no exigimos a la oposición los espacios que desperdiciaron y les corresponden a ciudadanos que sí buscan ser contrapeso, perderemos por completo el impulso y la pertenencia que presumíamos desde el norte de esta península, siendo la generación que entregó una tierra de oportunidades a los que la arrasaron.
Héctor R. Ibarra Calvo es mexicalense, abogado postulante y catedrático de Amparo en Cetys Universidad. Regidor en el XXII y XXIII Ayuntamiento de Mexicali. Correo: [email protected] X: @ibarracalvo





