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lunes, febrero 23, 2026
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Bonilla: entre la soberanía y el FBI, retrato de un doble agente

Dicen que en la frontera uno aprende a caminar con dos sombras. Una que se queda de este lado, entre el polvo, la memoria y la palabra empeñada. Y otra que cruza al norte, donde los nombres se acortan, las historias se aligeran y la verdad se vuelve un trámite opcional. En esa tierra de doble luz y doble oscuridad, algunos descubren que pueden vivir dos vidas sin que ninguna les pese. O al menos eso creen.

El caso de Jaime Bonilla Valdez —o Jaime Valdez, según el día, el país o la conveniencia— es la historia de un hombre que hizo de la frontera no un límite, sino un escondite. Y para entender al político, conviene recordar al empresario deportivo que, en 1988, ya mostraba el mismo patrón: romper reglas, manipular narrativas y presentarse como víctima de un sistema que él mismo tensaba.

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Aquel febrero de 1988, El Siglo de Torreón documentó la expulsión de Bonilla y de los Potros de Tijuana de la Liga Mexicana del Pacífico. No fue un conflicto menor: la liga lo acusó de “deshonestidad” y de “quebrantar principios éticos elementales”. La votación fue contundente: siete clubes a favor de expulsarlo, dos en contra. El equipo campeón quedó fuera del circuito y su directiva fue desterrada de por vida.

Bonilla respondió entonces que lo castigaban por “pagar demasiado bien”, como si la ética deportiva fuera enemiga de la generosidad. Pero quienes estuvieron en el diamante, quienes vivieron esa temporada desde los dugouts y no desde los comunicados, recuerdan otra historia: la de un dueño que habría intentado comprar voluntades ajenas para asegurar el campeonato, y que luego —al no cumplir lo prometido— vio cómo los propios peloteros llevaron el asunto a sus mánagers. No hay actas ni minutas que documenten ese capítulo, pero sí hay voces directas, protagonistas de aquellos días, que coinciden en que la explicación de Bonilla nunca tuvo relación con el verdadero motivo de su expulsión. Era una coartada conveniente, no una verdad.

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Ese episodio, que algunos reducen a un pleito deportivo, fue en realidad el primer retrato público de un estilo que después se repetiría en la política: desafiar reglas, negar responsabilidades y construir identidades alternas según la ocasión.

Porque mientras en México se presenta como exgobernador, ingeniero industrial por la UNAM y militante de la Cuarta Transformación, en Estados Unidos reaparece como un ciudadano más, registrado bajo otro nombre, afiliado al Partido Republicano, el de Donald Trump. Y no es un registro viejo: es del 25 de marzo de 2025. Fresco, nuevecito. Como quien renueva la membresía del gimnasio.

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Pero la doble vida no termina ahí. Los Ángeles Times documentó que Bonilla fue informante del FBI, entregando reportes sobre actividades en la frontera. Informante, sí. De esos que hablan bajito, que toman nota, que cruzan la línea para entregar papeles en oficinas donde nadie pregunta por apellidos compuestos. Mientras en México hablaba de soberanía, en California entregaba informes a una agencia federal.

Y hay más. Mientras era diputado federal en México, Bonilla seguía inscribiéndose como aspirante a dirigir el Distrito de Aguas de Otay, en California. Como si legislar en San Lázaro fuera un empleo de medio tiempo. Como si la frontera fuera un pasillo y no una responsabilidad.

Uno pensaría que un movimiento que se envuelve en la bandera de la soberanía tendría reparos en que uno de sus cuadros milite en el partido del muro y de las redadas. Pero no. Aquí nadie pregunta. Aquí nadie se asombra. Aquí nadie se indigna. La congruencia es un lujo que solo se exige a los adversarios.

En los registros genealógicos no aparece. En la UNAM tampoco. En cambio, sí aparece en los archivos de la Penitenciaría de Tijuana, con número de preso y fotografía incluida. Ahí no hay duda. Ahí sí hay registro.

Y ahora dice que nació en la colonia Libertad. La Libertad, donde entre 1991 y 1994 pavimentamos calles desde las 5:30 de la mañana, hombro con hombro con los vecinos. Ahí Bonilla nunca apareció. Ni para ver. Ni para ayudar. Ni para preguntar.

Porque al final, lo que está en juego no es la biografía de un hombre, sino la arquitectura misma del Estado mexicano. Permitir que alguien con doble militancia —soberanista en México y republicano en Estados Unidos— participe en decisiones estratégicas de la Cuarta Transformación equivale a abrir una puerta trasera por donde se cuelan intereses ajenos al proyecto nacional. No es un asunto de simpatías partidistas, sino de soberanía elemental.

México ha enfrentado invasiones, intervenciones y presiones externas. Pero pocas veces había enfrentado algo tan silencioso y tan peligroso como un infiltrado que opera desde adentro, disfrazado de aliado, protegido por la retórica y blindado por la ambigüedad. Un hombre que habla de soberanía mientras milita en el partido que promueve muros; que presume patriotismo mientras entrega información a una agencia extranjera.

Ese es el verdadero riesgo: no el personaje, sino la grieta que representa. Porque un país puede defenderse de un enemigo externo, pero ¿cómo se defiende de alguien que se sienta a su mesa, que firma sus documentos, que vota sus leyes y que al mismo tiempo responde a intereses que no son los nuestros?

La historia mexicana está llena de advertencias. Esta es una más. Y quizá la más urgente. Porque cuando un infiltrado del Partido de Trump logra influir en las decisiones de un gobierno que se dice defensor de la soberanía, la pregunta deja de ser quién es él. La pregunta es qué tan vulnerables somos nosotros… y cuánto tiempo más podremos caminar con dos sombras sin perder la nuestra.

 

El autor es presidente del Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez” A.C.

Correo electrónico: [email protected]

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Autor(a)

Jaime Martínez Veloz
Jaime Martínez Veloz
Colaborador ZETA Tijuana.
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