En 2022, Mahsa Amini, de 22 años, fue brutalmente golpeada por policías porque no llevaba colocado su yihab cubriendo todo su cabello. A consecuencia del ataque registrado en las calles de Teherán fue hospitalizada y después murió. El Estado Islámico que gobierna Irán dijo que la joven falleció a consecuencia de un infarto, pero la opinión pública, no convencida de la mentira oficial, tomó las calles para protestar de una manera tan abierta como no se había visto en décadas en ese país de la antigua Persia.
Mohammed Rasoulof tomó ese contexto y desde ahí desarrolló la historia de Iman (Missagh Zareh), un abogado de origen humilde que escala peldaños en el sistema judicial de Irán hasta ser nombrado fiscal.
Su esposa Najmeh (Soheila Golestani) está feliz ante la posibilidad de pronto mudarse a una mejor casa otorgada por el gobierno aunque su vida económicamente es cómoda. Tiene dos hijas, Rezvan (Mahsa Rostami), que apenas ingresó a la universidad, y Sana (Setareh Maleki), una adolescente bachiller.
Al principio conocemos a un Iman seriamente conflictuado con su nuevo cargo. Él espera investigar los casos, partiendo de extensos expedientes. Su verdadero rol es dictar sentencias de muerte a ciegas, 200 o tal vez 300 al día, muchas de ellas sellando el destino fatal de estudiantes veinteañeros que simpatizaron, aunque sea mínimamente, con la revuelta callejera.
Iman es la autoridad represora, Najmeh lo respalda en casa porque sólo parece buscar un futuro más próspero, pero las hijas están siendo testigo, ya sea desde la escuela o por las redes sociales, del sangriento yugo del fanatismo religioso que sostiene a una dictadura.
La tensión va creciendo hasta que estalla en este hogar que parecía armonioso. Iman de pronto ya es otro y su esposa y sus hijas también. La paranoia se torna violenta cuando desaparece la pistola que se le asignó al juzgador y verdugo, y el padre sospecha de las jóvenes, cada vez más dispuestas a expresar su rechazo al autoritarismo, ya no del Estado, sino de un padre que en verdad no conocen.
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Básicamente el director y guionista expone un principio: los problemas de una sociedad están en casa.
Rezvan y Sana representan la lucha contra la tiranía, mientras que su madre es esa generación que aceptó el abuso de un patriarcado por conformismo. Iman es la sorpresa que se revela poco a poco, que hasta cambia el tono de voz, sus gesticulaciones, su rostro. Se descubre ante nosotros como lo hace frente a su familia y nos intimida a todos por igual. Qué actor, qué elenco de primera tuvo Rasoulof, sin duda un genio del cine que tenía que ofrecer una película así.
“La semilla del fruto sagrado” está nominada en el rubro de Mejor Película Internacional, representando a Alemania en el Oscar tras haberse llevado el pasado fin de semana un Oso en el Festival de Berlín. El realizador vive en el exilio. El gobierno de Irán lo quiere encarcelar por haber hecho este filme que no sólo es una manifestación contra la opresión cultural, sino una prueba fehaciente de por qué el cine es arte. ****
Punto final.- La única categoría que en sí vale la pena en esta edición del Oscar es Mejor Película Internacional aunque hay, como bien dicen, un prietito en el arroz. Lleva por nombre “Emilia Pérez”.