El Grullo, Jalisco

Foto: Internet
Opinionez lunes, 4 octubre, 2021 12:00 PM

Los pueblos y comunidades pequeñas, aleccionan sobre que la vida es respirable, humana, comprensible. Los sistemas urbanos ajenos a la planeación y racionalidad social están en el despeñadero porque las ciudades son monstruos en conflicto y antagónicos al desarrollo cultural y humano saludable. Siento que en las ciudades pequeñas la desigualdad social y económica es menor, pero en las urbes estas diferencias sociales son espantosamente violentas. Aprendí que en los pueblitos se vive más feliz.

Comunidad de 33 mil habitantes en Jalisco, rodeada de ranchos, ganado, campos de fútbol, que se pierden en el horizonte. Plantíos de caña, maíz y canales de riego. Abundan los mosquitos y sus piquetes. El color verde en cien tonalidades. Llueve con tormentas y se pierden los arroyos en las calles empedradas. Lluvia con rayos y centellas. Y jinetes en las calles estrechas de concreto hidráulico y adoquín.

Las instituciones del Estado están en el parque central: alcaldía, plaza de toros, correos, bancos, mercado público, la catedral y sus campanarios repicando mañana, tarde y noche, y el comercio de joyas y perfumes.

En el parque el kiosco, el comercio de bebidas propias y únicas, taxis, “ubercitos” (unas motonetas adaptadas) y las estatuas que honran a personajes célebres de su economía, administración pública, educación, filantropía, salud y reparto de tierras. El general Lázaro Cárdenas y Don Benito Juárez, infaltables. La historia de la comunidad vecina de decenas de otras comunidades hermanas. Los ex gobernadores y talento de médicos, benefactores y pioneros que sembraron el futuro.

Es un “pueblo bicicletero”, y de motocicletas, título indudablemente que lo enaltece, porque se conoce su red urbana en una tarde. Por ejemplo, en un negocio compacto encuentras libros de calidad, llantas, huevos de rancho, comida para las gallinas, para las mascotas, agua y una oficina de donaciones para el asilo de las religiosas y sus voluntarias.

Descubro un mundo contrastante con el ritmo de vida, la violencia, el miedo, la desconfianza, la ambición, los vicios desde el alcohol hasta las drogas deletéreas. Que cada quien se rasque con sus propias uñas de la frontera norte, conviviendo con venas de cooperación, solidaridad y generosidad comunitaria que ha permitido civilidad y paz relativa.

Un pueblo de calles estrechas donde todos se conocen, donde hay sol, 4 bancos y tres de ellos están cerrados por la pandemia; donde todos los días, de las 2 a las 4 de la tarde la mayoría de comercios, cierran bajando sus cortinas. Costumbre española de la comida y siesta.

Las familias son claramente identificadas por varias generaciones, donde la mayoría de la gente es noble, sencilla, sana, franca y abierta y de repente me encuentro en otra cultura, en otra dimensión social y humana. Las relaciones sociales, son más cercanas, menos contaminadas, menos estresantes, y la desconfianza, el miedo, el recelo casi desaparecen. Estábamos en semáforo rojo por el Covid.

Temprano al acudir al Mercado Público a desayunar, veo trabajadores que lo remodelan desde el piso, negocios cerrados por la hora temprana. Me acomodo en una banca de un puesto de comida y al lado, llega un parroquiano. Después de saludar, por cualquier pretexto entablamos una conversación, mientras la señora de la fonda iba y venía, cortaba pedazos de la carne de “menudo” frente al comensal y le servían un apetitoso plato.  Y salían las tortillas del comal.

Mientras esperamos el plato del desayuno, en la plática resultó ser un trabajador deportado de California. Él fue muy joven, como millones de mexicanos, y había permanecido trabajando 15 años en ese estado. Sin documentos. Y un buen día la “migra” lo trasladó a Tijuana. Ya había hecho capital, conocimiento y experiencia. Ahí en la frontera estaría 5 años más trabajando en Tijuana.

En 3 lustros había dominado varios oficios: radioelectrónica, carpintero, ebanista, albañil y pintor de “brocha gorda” y no recuerdo qué otras cosas confesadas; habilidades sobradas para defenderse en esos oficios en cualquier lugar. Regresó por su familia, su madre. Ahora viaja a comprar materiales para la construcción desde su pequeña comunidad, El Limón, a unos 20 kilómetros.

No estuve compartiendo el desayuno más de 30 minutos, pero compartió trozos de su vida. ¿Conclusión? Es feliz en ese pueblo, se gana la vida con oportunidades de revivir radios, televisores, sonidos, construir obras como albañil, fabricar muebles y rejuvenecer fachadas e interiores.

 

M.C. Héctor Ramón González Cuéllar es académico del Instituto Tecnológico de Tijuana.

Correo electrónico: profe.hector.itt@gmail.com

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