“Para mí la poesía es una terapia”: Ruth Vargas Leyva

Foto: Jorge Dueñes
Cultura lunes, 16 agosto, 2021 12:15 PM

La escritora tijuanense celebra 75 años de edad, ocasión en que la Secretaría de Cultura de Baja California edita su novela “Felicia”. “Escribir ha sido una catarsis, me ha salvado de muchas cosas, me ha salvado de la soledad, me ha salvado de las pérdidas, me ha salvado de mí misma, incluso. O sea, me ha vuelto la vista a quién soy yo. Uno escribe por necesidad, porque te sale”, expresó a ZETA

Una escritora tijuanense fundamental de la región fronteriza que ha formado parte de una época o una reconocida generación de escritores bajacalifornianos, es Ruth Vargas Leyva, que este año celebra 75 años de edad.

La única mujer incluida en la antología “Siete poetas jóvenes de Tijuana” (Ibo-Cali, 1974), publica este año la novela “Felicia”, editada por el Fondo Editorial La Rumorosa de la Secretaría de Cultura de Baja California.

“Lo que tengo muy claro es que yo soy parte de una generación que rompe esquemas. Sí hay un hito en la historia de la literatura de Baja California con ‘Siete poetas jóvenes de Tijuana’, eso me coloca a mí y a mis compañeros en un estadio muy reconocido en el mundo; incluso se nos llama la generación ‘Siete poetas…’. Pero yo creo que todavía estoy creciendo”, expuso a ZETA Ruth Vargas Leyva.

 

LAS PRIMERAS LECTURAS

Hija de José Vargas Bustos y de María del Rosario Leyva Arredondo, Ruth Vargas Leyva nació el 10 de enero de 1946 en Culiacán, Sinaloa. Cuando apenas tenía 2 años de edad, en 1948, sus padres se establecieron en Tijuana.

“Cuando llegamos a Tijuana la ciudad era muy pequeña, había pocas colonias, estaba la Altamira, la Cacho, la Libertad, la Independencia. Yo crecí en la colonia Independencia. En la escuela ‘Héroe de Granaditas’ hice mi primaria”, evocó en la entrevista.

“Mi papá, que había hecho la Primaria y la Secundaria, era un hombre que le gustaba mucho leer, tenía una enorme curiosidad intelectual. En la casa había libros, siempre hubo. Empecé a leer muy chica, entré a los 5 años a la Primaria, entonces empecé a leer todas las enciclopedias que había en la casa. En esa época, Selecciones traía compendios de libros y pues yo empecé a leer y leer. Pero sí, en la casa había libros como ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann, libros de William Faulkner”, describió.

Fue en la Escuela Secundaria ‘5 de Mayo’ (que cursó entre 1959 y 1961), donde conoció a la monja Victoria Fregoso, directora del colegio, determinante en su vocación como lectora:

“Victoria Fregoso era una monja excepcional. Ella gestionó muchos recursos para el colegio y era mi maestra de literatura. Ella quizás sintió que había alguna inquietud literaria en mí. Nunca fue afectuosa, pero tenía detalles, me regaló el libro de ‘Rabindranath Tagore’, me regaló un libro de Paul Valéry, me regaló un libro de Walt Whitman. Yo tuve esas lecturas, pero todavía no sabía a quién estaba leyendo. Años después, cuando los releí, me di cuenta de lo que me había puesto en mis manos”, recordó Vargas Leyva.

En la Preparatoria de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), que cursó entre 1961 y 1963, la autora conoció a otros personajes relacionados con la literatura:

“En la Preparatoria de la UABC fue donde conocí a Rubén Vizcaíno. Rubén Vizcaíno nos daba la clase de filosofía. Ahí también me dio clases Alfonso Vidal y Planas y otros profesores. Ahí fue donde mi vida se marcó por la presencia de Rubén Vizcaíno”.

 

TALLEREANDO

Ruth Vargas Leyva es miembro cofundador del Taller de Poesía “Voz de Amerindia”, que surgió en 1972.

“Rubén Vizcaíno tiene la iniciativa de fundar el Taller de Poesía ‘Voz de Amerindia’. Nos convoca a una serie de personas, en ese grupo inicial estaba Mario Ortiz Villacorta, por cierto, y otra gente, pero los originales que sobrevivimos (porque muchos se fueron, pero no perduraron), los únicos que perduramos desde su origen, fuimos Raúl Rincón Meza y yo.

“El taller se funda en 1972. Para ello Vizcaíno se apoyó en Mario Arturo Ramos, un joven que escribía letras de canciones, poeta sinaloense cuyo paso por el taller fue breve. Después él se marchó y escribió la letra de muchas canciones. El taller tuvo etapas de receso, por ausencias de estudio de algunos de sus miembros. El taller realmente no tuvo una sede, anduvimos en varias sedes reuniéndonos, a veces hasta en un café. Básicamente, la intención era llevar sus poemas, leerlos, recibir retroalimentación; era una autogestión, una lectura de otros poetas que nos hacían observaciones”.

¿En qué lugares se reunían?, cuestionó ZETA a Ruth Vargas Leyva.

“Uno era el Café Nelson (ubicado en Calle Segunda número 1256, Altos 1). Otro lugar estaba donde finalizaba el antiguo puente que venía de Estados Unidos, de este lado estaba Cartolandia, y al final había una asociación de industriales y comerciantes (Cámara de Comercio de Tijuana). Por gestión de Rubén Vizcaíno nos prestaron un cuartito, que básicamente era de Rubén y Rubén nos lo prestaba.

“Las reuniones en el Nelson se dieron durante 1973-1974. No eran específicamente un taller de poesía, se abordaban muchos temas, siendo asiduos Víctor Soto Ferrel y Raúl Rincón, así como Rubén Vizcaíno, quien convocaba. Raúl reunía el material poético que llegaba, se leía y se publicaba. En 1975 Luis Cortés Bargalló dirige el Taller”.

Cortesía

 

EN ANTOLOGÍAS Y PRIMER POEMARIO

Ruth Vargas Leyva narró a este Semanario que fue en la revista Amerindia (surgida del Taller de Poesía “Voz de Amerindia”, cuyo primer número apareció en noviembre de 1972), donde publicó diversos poemas. De hecho, algunos como “Retorno a la ciudad”, “Poema 2. De la ausencia” y “Poema 1. Del encuentro”, fueron incluidos en la antología “Siete poetas jóvenes de Tijuana”, bajo la selección y compilación de Alfonso René Gutiérrez.

“Los poemas publicados ahí (en la antología) se habían publicado en Amerindia”, constató la autora.

Posteriormente, fue incluida en “Parvada. Poetas jóvenes de Baja California” (UABC, 1985), bajo la selección y presentación de Gabriel Trujillo Muñoz.

Fue en 1986 cuando Vargas Leyva publicó su primer poemario, titulado “Celeste y siete poemas”.

“Ese poemario lo publica Ramiro León Zavala, era el director editorial del Instituto Tecnológico. Era muy amigo mío, realmente yo no quería publicar y él dijo ‘Tienes que publicar algo’. Yo tenía unos textos sobre la luna, sobre lo celestial que básicamente son textos de amor, prosa poética, que tienen un sentimiento amoroso. “Yo realmente escribía por una necesidad, por una inquietud, porque me nacía, nunca tuve la idea participar en un concurso, a mí no me interesa hasta la fecha, o de tener un reconocimiento especial. Eso no me parecía tan relevante como escribir, dejar esa huella, sacar todo lo que uno lleva dentro”, apostilló.

 

DEL AMOR, LA MUERTE Y LA AUSENCIA

Después de su primer poemario, “Celeste y siete poemas”, la poeta y editora Teresa López Avedoy editó dos poemarios de Ruth Vargas Leyva, en 2006 y 2011:

“Teresa López Avedoy, que había leído ‘Celeste y siete poemas’, me dijo: ‘Tienes que publicar’. Entonces ella me publicó ‘Poemas del ordenador’ (Ediciones Sitiohabitable, 2006), Teresa López Avedoy cuidó esa edición. Luego, cuando muere Haroldo, mi hijo (1977-2010), Teresa López Avedoy me publica ‘Solo estamos de paso’ (Ediciones Sitiohabitable, 2011), ella cura la edición, hace toda la edición”

La obra poética de Ruth Vargas Leyva se encuentra antologizada en “Retorno a la ciudad” (Nódulo Ediciones, 2016). En 2019, CETYS Universidad publicó “Los nombres pendientes”.

En cualquier caso, la muerte, la ausencia y el amor pululan por la obra de Ruth Vargas Leyva:

“Perdida la geografía / Los mapas trazados / Conducen a la tierra de nadie, / Al sitio deshabitado / Donde terminan hacinados / Todos los sueños”, tal como se lee en el poema “Todos los caminos llevan a ti”, contenido en “Solo estamos de paso”.

“Yo creo que la muerte está ligada a la ausencia. Estando en Guatemala, el hijo de la señora donde yo vivía, Graciela Herrera, me invita a ir al mar en su lancha; íbamos tres hombres y yo. La lancha se voltea y murieron todos, menos yo, eso fue en 1975. Luego, después de eso, muere mi hija (Anie Chantal), al año siguiente (en 1976). Entonces, perder un hijo también marca fuertemente. La muerte y las pérdidas han sido muy recurrentes en mi vida. El papá de mis hijos (Héctor Lucero Antuna) muere también a los 35 años, en 1985, el año del temblor. Entonces, yo me quedo sola con mis hijos. Muchos años después muere mi hijo Haroldo (en 2010)”, compartió con ZETA.

 

LA CIUDAD

Un libro emblemático y fundamental sobre Tijuana es “Ciudades visibles” (Desliz Ediciones, 2012) de Ruth Vargas Leyva. Leerlo, es reconocer y reconocerse en Tijuana. Escritos en prosa poética, convergen textos misceláneos sobre Tijuana.

Se trata de un libro donde la autora describe a la ciudad violenta, dolorosa y caótica, pero también contradictoria, diversa, posible, esperanzadora o la que habitamos.

En cualquier caso, Vargas Leyva advierte en “Ciudades visibles” sobre Tijuana: “Hay muchas formas de nombrarla, dependiendo del momento en que se le contemple; el ángulo en que se ubique; la memoria extraviada del visitante de la última impresión que tuvo de otra ciudad; el primer recuerdo de su infancia; el primer concepto abstracto que construyó y olvidó”.

¿Por qué desde un principio le interesó la ciudad no sólo como escenario, sino como personaje, desde “Retorno a la ciudad”, sobre todo en “Ciudades visibles”?

“Los poetas somos poetas de ciudades. Muchos poetas han escrito sobre Barcelona, Ciudad de México, París, Londres. Uno es poeta de la ciudad que recorre, uno escribe lo que te está tocando sensiblemente. Entonces, uno es poeta de la ciudad, porque la ciudad es lo que te toca. Ahí tienes tus vivencias, tienes amores, tienes tus recuerdos más profundos que están vinculados a esa ciudad.

“Yo, por ejemplo, no quise que mis hijos nacieran en Estados Unidos, mis hijos nacieron en México. Yo creo en esta ciudad, la amo terriblemente. No puedo vivir en otra ciudad. Cuando llega el avión, siento que ya estoy en mi casa. Ésta es mi casa, Tijuana. Somos lo que es la memoria. También la ciudad que hemos construido, es la memoria que tenemos de esta ciudad.

“Le hice un homenaje a Ítalo Calvino, que escribió ‘Ciudades invisibles’, un libro precioso, eran ciudades que él imaginó. Pero las ciudades que yo describo son visibles, porque es la ciudad de Tijuana, sigue la estructura de ‘Ciudades invisibles’ de Ítalo Calvino, pero cada ciudad que yo nombro, la nombro con un nombre diferente. Son la ciudad de Tijuana desde muchos ángulos, desde muchas perspectivas. Para mí es un texto amoroso, porque, aunque sea doloroso, es un texto amoroso que dice mi profundo amor por la ciudad”.

 

FELICIA

En las próximas semanas, la Secretaría de Cultura de Baja California publicará en el Fondo Editorial La Rumorosa la novela “Felicia” de Ruth Vargas Leyva, donde la protagonista es Felicia Félix, su tatarabuela que un día salió de Sinaloa para no volver jamás y establecerse en Baja California.

“‘Felicia’ es una novela que tiene 20 años gestándose. Yo tuve siempre la inquietud de escribirla porque Felicia es mi tatarabuela. En la familia, en mi abuela Felicia Arredondo Guerrero y en los tíos abuelos, siempre escuché la nostalgia por esa mujer, quién había sido su abuela, cómo era su abuela, cómo vestía, cómo los abandonó en Sinaloa y se vino a Baja California y no existieron ya para ella. Hizo otra nueva familia, cómo siempre se reinventó. Ellos vinieron buscándola porque sabían que aquí estaba en San Diego su abuela, nunca la pudieron ver, porque ella había muerto”, confesó Vargas Leyva.

“Es una historia real que la escribí con el deseo de saber quién soy yo, de dónde vengo, de dónde provengo y, sobre todo, esa huella tan profunda que dejó el estar escuchando a mi abuela y a mis tíos abuelos hablar de Felicia. Mi abuela siempre me dijo: ‘Tienes que escribir de esto’. Yo quise hacerle este homenaje a mi abuela, atender su petición y quise descubrir quién soy yo, de dónde vengo, cuáles son mis raíces”.

Foto: Jorge Dueñes

 

“LA POESÍA ES UNA TERAPIA”

Ahora que en 2021 Ruth Vargas Leyva celebra 75 años, hacia el desenlace de la entrevista para ZETA, la autora reflexionó sobre qué ha sido la poesía para ella a lo largo de su trayectoria como escritora:

“Para mí la poesía es una terapia, desde siempre. ‘Poema 2. De la ausencia’ es toda una historia amorosa que hay detrás. Es una catarsis, como la catarsis que hice cuando escribí ese texto (‘Solo estamos de paso’) para mi hijo Haroldo; es la misma catarsis de este libro de ‘Los nombres pendientes’. Yo empecé a escribir y a publicar después de la muerte de mi hijo (Haroldo, en 2010) porque eso me salvó de la depresión, de perderme a mí misma”.

Concluyó Ruth Vargas Leyva:

“Siempre que escribo pienso en mi hijo, ahora pienso en mi hijo, que le hubiera gustado ver esos libros; sobre todo, yo siento que escribir ha sido una catarsis, me ha salvado de muchas cosas, me ha salvado de la soledad, me ha salvado de las pérdidas, me ha salvado de mí misma, incluso. O sea, me ha vuelto la vista a quién soy yo. Uno escribe por necesidad, porque te sale”.

 

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