De mentiras e injurias

Diego Fernández de Cevallos, "El Jefe Diego"
Opinionez lunes, 5 julio, 2021 12:00 PM

Parlamento

 

 

 

Corría el año de 1994. La voz tronante, firme y exaltada de Diego Fernández de Cevallos llenaba de manera impresionante el espacio del Palacio de los Deportes en Ciudad de México con aquel “¡Sí, protesto!”. Y salimos de aquel evento en que rindió protesta el candidato presidencial, inflados de entusiasmo y esperanza hacia una campaña en cuyo proceso electoral pasó de todo… hasta el homicidio del candidato oficial.

Iniciaba la modernidad del PAN. Ya gobernábamos en Baja California, Guanajuato y Chihuahua. Merced de los consejeros de imagen, a Diego le recortaron la barba desaliñada que hasta antes de la campaña usaba; se armaron equipos de ofensiva y defensiva, y a mí me tocó participar junto con Guillermo Islas, como capacitador de abogados para la defensa de los votos del PAN a nivel nacional…

Como anécdota, también me tocó intervenir en un debate en la Universidad del Estado de California en Fresno, representando a Diego ante comunidades migrantes y en búsqueda del voto de aquellos que, en el verano, estarían en México para votar, ya fuera en sus pueblos de origen o ya fuera en las casillas especiales fronterizas, puesto que aún no había voto “desde el exterior”. Zedillo y Cárdenas también enviaron representante a ese debate.

Entonces surgió el lema de campaña: ¡Por un México Sin Mentiras! Con todo mi entusiasmo, mi “dieguismo” y militancia, confieso que critiqué la frase. Dije de todo: no propone nada, el tono es “aniñado” y para acabar pronto, ¿dónde quedaba la estela de frases contundentes y elegantes sobre la patria generosa, la vida digna, el bien común, el federalismo y el municipio, a partir de las cuales construir algo “más panista”, más doctrinario?

Luego supe que ya habíamos entrado de lleno al “marketing” y a la campaña un poco más científica. Expertos habían convencido sobre la pertinencia de hablar en otro tono y de otro modo. Entonces, Diego acuñó aquella frase y la explicó bien:

¡Estábamos en un país en presunta calma… y zas!, el 1 de enero el levantamiento zapatista en Chiapas. ¡Estábamos en presunta estabilidad, “boom” económico y recién ingresados al club de los ricos… y tengan!, se gestaba en pleno 1994 la peor crisis económica en la historia. ¡Nos hicieron creer que había crédito en este país, otorgado por banqueros “arriesgados”… y bolas!, hágase el crédito sobre las mulas de los contribuyentes (a la postre el FOBAPROA).

Nos dijeron de un estado de Derecho, pero se asesina a Colosio y luego a Ruiz Massieu, con investigaciones donde la mentira fue la marca de la casa. Así venía también, plagado de mentiras, el caso del Cardenal Posadas. No tardé en comprender la pertinencia y eficacia de aquella propuesta. Por un México Sin Mentiras…

Traigo lo vivido a colación porque, hoy más que nunca, necesitamos hacer de la verdad una exigencia y de la mentira, toda una causa de destierro. La diferencia entre el hoy y el antes en el uso de la mentira gubernamental, es el descaro e intensidad: El Presidente Andrés Manuel López Obrador ha hecho de la mentira un sistema de gobierno.

Lo dicho hasta aquí, pudiera seguir siendo materia de una mera discusión sobre slogans de campaña, si no fuera porque estamos ante mentiras que matan, que causan daño y que distorsionan el quehacer público. Eso es lo que no podemos permitir. La mentira como regularidad en un gobierno, procrea todo un estilo de vida pernicioso e insultante. Es injuriosa, sobre todo si se practica desde el poder con frágiles contrapesos. Ello compromete sin remedio los cimientos del edificio legal y democrático de nuestro país.

Se dice que el país está en calma, en medio de la más alevosa agresión del crimen organizado; lo mismo en Reynosa que en Aguililla, Tijuana o la Ciudad de México. Se dice que hay medicinas contra el cáncer, para el día siguiente reconocer que no precisamente han llegado y en el ínterin, se acusa a las familias de los enfermos casi, casi de terroristas por sus legítimos reclamos. Se dijo que la línea 12 fue un “accidente” y de repente el constructor, Carlos Slim, aparece como benefactor a “reparar” la línea podrida en corrupción y negligencia.

Si la mentira gubernamental no tiene consecuencias concretas de rechazo social, político y electoral, como nunca habremos de extrañar el lema esperanzador que deberíamos abrazar más que nunca: ¡La verdad os hará libres!

 

El autor es maestro en Derecho y fue diputado federal de la LVII Legislatura (1997-2000), ex cónsul general de México en Estados Unidos, subsecretario de Gobernación y ex magistrado del Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa.

Correo: juanmarcos@jmgutierrezyasociados.mx

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