Chicago: 1974

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Cenizas lunes, 8 marzo, 2021 12:00 PM

Apenas recuerdo: Había como unas diez o doce literas de tubo grueso. Todas estaban alineadas. Cada una bien tendida. Colcha no. Frazada verde con el tradicional doblez bajo la enfundada almohada del mismo color. Quién sabe por qué las paredes tenían un anaranjado medio descolorido, pero el piso de duela estaba limpiecito. Recién encerado. El techo, de dos aguas, alto. Tipo rústico. Gruesas vigas cuadradas atravesaban de una a otra pared. Se veían desde abajo marcas con nombre y fecha de los que allí estuvieron o estaban. Abajo, el infaltable calentón de radiador, conectado a un gran tubo con el sistema general de calefacción. Solo una de las paredes tenía ventana y grande. Se podía abrir pero no salir por allí. Estaba enrejada.

Los habitantes eran drogadictos. Todos jóvenes. Calculé entre los 14 y los 18 años. La mayoría recién bañados. No muy bien vestidos pero con ropa limpiecita. Estaban obligatoriamente en rehabilitación. La policía los capturó comprando o consumiendo droga. En lugar de encarcelarlos o multarlos, el juez los mandó a ese lugar para su recuperación. Tenían cocina. Se metían para ayudar al personal. Me sirvieron y, eso sí no se me olvida, una sopa ministrone y agua. Su comedor estaba ordenado y aseado. Bancas y mesas largas de recia madera. Aparte, un salón de recreo con mesas de ping-pong y ajedrez. Su biblioteca no era muy tupida. La mayoría de los libros, biografías o historias de personajes que en su infancia fueron pobres, abandonados o maleantes, pero con el tiempo lograron una mejor vida. Este salón lo improvisaban también para ver películas.

El Gobierno de Estados Unidos a través de USIS (Servicio de Información) me permitió visitar aquel lugar en Chicago, allá por marzo de 1974. El lugar estaba retirado de la zona céntrica donde fui hospedado. Un escolta-traductor y mi hermano, que allá vivía entonces, viajamos en el tranvía elevado. De la estación que fue nuestro destino a la casa de rehabilitación era poca la distancia pero mucho el frío. Todos recibían un tratamiento entonces muy discutido por médicos y especialistas en rehabilitación: Dosis de Metadona de menos a más. Luego reducían poco a poco hasta que los chamacos y jovencitas según eso quedaban desintoxicados.

Después de comer, sentado en la parte baja de una litera, algunos jóvenes aceptaron platicarme sus experiencias. Les vi los labios continuamente mojados por la lengua tal como hacen los boxeadores ya muy golpeados. Unos con brillantez en sus ojos y otros medio adormilados. Oí voces roncas. No de gripe. Como si hubieran gritado mucho. Otros, muy lúcidos. Los había arrastrando las palabras, algo así como entre modorra y drogados. Varios por voluntad propia se arremangaron y mostraron las burdas huellas de tanta inyección. Casi todas las jovencitas de pelo lacio, hasta abajo de los hombros y sin maquillaje. Los hombres también de prolongada cabellera.

Algunos aceptaron contarme cómo se enviciaron. Escuché a uno que probó la marihuana desde cuando entró a estudiar en lo equivalente a nuestra secundaria. Otros vieron a escondidas cuando sus padres fumaban hierba o aspiraban cocaína, al final de las cenas o reuniones con otras parejas. Luego se las arreglaban para encontrar la droga y consumirla. Primero en su casa o la de un amigo. En el auto con un joven galán. Después robaron dinero a su madre para poder comprar y satisfacer el vicio recién despertado. Hubo también encaminados a la drogadicción durante las fiestas escolares o noviazgos. Otros la probaron nada más para ver cómo se sentía y les gustó.

Una chamaca, rubia, guapa y alta para su edad, me contó cómo después de enviciarse en la escuela se reunió con amigos drogadictos y cuando menos esperó perdió la virginidad. Ni siquiera puso resistencia. La marihuana la tenía atontada. Por eso no podía estudiar ni soportar a sus padres. Huyó del hogar para refugiarse con camaradas que a veces traían droga y a veces no. Decidió lo más práctico: Ofrecerse en la calle al primero que pasara y le diera lo más posible para comprar por su cuenta y consumir sin compartir. Nunca tuvo problemas con la policía durante su comercio carnal. Pero sí cuando la sorprendieron comprando una dosis. –¿Y al que te la vendió, lo detuvieron? –No, dijo, a esos la policía no les hace nada. Pregunté dónde se surtía. Aconsejó ir a tal calle entre esta y otra. Que allí encontraría a un hombre parado o en el café cercano. Me dio las señas pero una inconfundible: Negro. Para demostrarme seriedad advirtió llamarle primero por su nombre y decirle quién me recomendó. Luego un jovencito entró a la plática y como si fuera letanía me dio pelos y señales de más puntos de abastecimiento: Cantinas, cabarets, restaurantes y hasta cajeros de supermercados.

Sentí como que se desahogaban o presumían. Tomaron confianza. Platicamos toda la tarde hasta la hora permitida. Nos abrazamos y me dio tristeza salir de allí. En medio del frío nos fuimos en silencio rumbo al tranvía. Lo tomamos. Sentados y después de un rato sin hablar sólo se me ocurrió compartirles la impresión por el desperdicio de aquellas vidas. Mi escolta-intérprete respondió con algo más o menos parecido a un “esos muchachos van a caer nuevamente en el vicio”. Sentí sus palabras como un macanazo en la nuca. Entonces le pedí llevarme hasta los lugares donde vendían la droga. Más a fuerzas y no con ganas aceptó advirtiéndome que caminaríamos cerca, pero no les haríamos preguntas. Aquella noche pasamos por donde la venta. La vi. Me dio escalofrío y no precisamente del frío.

Por esos días fuimos a Nueva York y en la Quinta Avenida, una muchacha nos fue siguiendo cuando, anocheciendo, caminábamos. Se acercó, elegante, guapa, con un abrigo de piel y propuso: Sexo o droga. O Sexo y droga. Por una cien dólares. Por las dos, 300. Mi escolta le habló fuertemente en inglés y la jovencita se retiró sin hacer muecas. Cuando llegamos a Washington la oferta se repitió muy cerca de la Casa Blanca. No se diga en San Francisco. De allí fui a la Universidad de Berkeley y eso sí no se me olvidará nunca. A pocos metros de cruzar el hermoso arco acerado de la entrada, un joven con la máscara de Richard Nixon estaba ofreciendo, en rifa, un kilo de marihuana.

Desde entonces quedé convencido. Alguien o algunos están manejando todo esto y no hay vuelta: Sobornan a la policía. De otra forma aquello no funcionaría. Entonces ni esperanzas de Cártel de Medellín o Arellano Félix. Ni el de Cali o Ciudad Juárez. Menos del Golfo o los Amezcua. Nada de “El Güero” Palma, “El Chapo” Guzmán o “El Señor de los Cielos”. La vida me ha dejado ver cómo todos éstos saltaron a la fama del narcotráfico por la necesidad del consumo estadounidense. Forzosamente.

Radiante. Los ojos todo alegría. Encamisado, sin corbata, entrelazó sus dedos a la altura del pecho para acompañar su frase “vamos a reinventar la estructura de la lucha contra el narcotráfico”. Lo dijo el señor Presidente de la República a Joaquín López Dóriga de Televisa. Esto, en control remoto desde San Cristóbal y después de entrevistarse con su colega estadounidense George W. Bush. Creo que ese no es el camino. Primero, acabar con la corrupción policíaca. Y conste, es más grande en Estados Unidos. Si hace 27 años chamacos y jóvenes sabían dónde y cómo comprar la droga, ahora sigue con más ganas. Por eso, acá de este lado si alguien sabe quiénes ejecutaron y encajuelaron a varios defeños igual como en Tijuana o Culiacán, son los policías. Lo mismo en la matanza de Sinaloa. No capturan a los asesinos por miedo o complicidad. Insisto., no se necesita reinventar luchas. Simplemente hay un principio innegable: La corrupción es la madre del narcotráfico. Para esto se necesita inteligencia antes que fuerza.

 

Texto tomado de la colección Doblerplana de Jesús Blancornelas,

publicada por última vez en febrero de 2012.

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