Chamarras Marlboro

Cenizas lunes, 7 diciembre, 2020 12:00 PM

Luis Echeverría Álvarez las hizo famosas. Hasta 1974 no eran tan conocidas. Pero le regaló una a Gerald Ford. El Presidente de Estados Unidos. Y desde entonces se pusieron de moda aquellas chamarras “estilo Marlboro”. Les apodaron así aprovechando la publicidad. Es que nada más las vieron los gringos y quedaron maravillados. Para pronto se la enchalecaron a un artista vestido de vaquero. Así apareció en los anuncios del cigarrillo. Y al ratito todo mundo vestía prendas iguales. De cuero como sin curtir. Aborregadas por dentro. Saliendo tanta lana para resaltar en los puños y el cuello. Calientitas.

Echeverría y Ford se reunieron en el Palacio Municipal de Magdalena, Sonora. Apenas dos semanas antes estaba en ruinas. Lo reconstruyeron para dejarlo nuevecito. Quedó hermosa la sala donde fue la plática presidencial. Hasta llevaron enorme cuadro de don Benito Juárez. El que estaba en Los Pinos o una copia fiel. Era octubre 21 del 74. Antes los presidentes se encontraron en Nogales. Ellos y los reporteros fuimos transportados en helicópteros gringos. Luego intercambio de regalos. A los reporteros nos dijeron: “El señor Presidente Luis Echeverría obsequió una chamarra al señor Presidente Gerald Ford”. Algún compañero preguntó, palabras más, palabras menos: “¿Chamarra de qué tipo?” La respuesta fue: “De las que hacen en Caborca”. Y por esa reunión presidencial en Magdalena se afamaron las chamarras.

Me gustaba ir a Caborca. Iba a reportear desde Hermosillo. Siempre acompañado por el excelente fotógrafo Pancho Santacruz. Era puritita quietud el pueblo. Gente buena. Harto saludadora. Se notaba su sencillez. Y como en todo Sonora, muy buena comida. Alguna ocasión tuve la pénsula de irme a vivir allí cuando me retirara. Aire limpio. Por lo menos las veces cuando fui, el cielo estaba siempre despejado. Ni barullo de tráfico. Caminaba con tranquilidad. Tren y carretera a la mano. Fácil para llegar al mar y frontera. Cuando viajaba de Hermosillo a Tijuana allí prefería reposar para no irme manejando de un jalón.

Después supe cómo se alborotó Caborca. Rafael y Miguel Caro Quintero aparecieron. Arrastraron el narcotráfico. Mucho escándalo. De repente aparecía la policía o el Ejército. Entonces los pobladores sufrieron estremecimientos a cada rato. Me enteré hace poquito cómo Joaquín “El Chapo” Guzmán desbancó a sus enemigos. Ya controla Caborca y sus alrededores. “Varias veces lo hemos visto por estos rumbos”, me comentó un amigo desde allí. Y como sucede siempre, ni quién lo persiga y menos le toque. Anda con toda tranquilidad. Siempre bien protegido por sus pistoleros. Temerario. Haga de cuenta el Lector: Se paró en medio de un círculo. Y en la circunferencia están al poniente y noroeste los matones de “El Mayo” Zambada y Arellano Félix. Al oriente y el norte, Vicente Carrillo Fuentes y su cártel de Ciudad Juárez. Enemigos de todos y presa de ninguno. Quién sabe cómo le hace para llegar a Caborca. Les pasa por sus narices a los mafiososo rivales. Todos quieren verlo tres metros bajo tierra.

 

“Mi Caborca está llena de narco-juniors”, me dijo el amigo. Hay muchos gatilleros. Bandas de mafiosos y pandilleros de narco-poquiteros “…han convertido todo esto en un Culiacancito”. Con su famoso “cuerno de chivo” se dejan ver muchos jóvenes, “…compañeros míos que estuvimos en secundaria y prepa. Eran alumnos pobretones. Hoy manejan camionetas del año arregladitas. Algunos hasta carro deportivo traen. Lo que nunca se veía por aquí, Cadillac’s del año. No se diga camionetas. Me da tristeza verlos idiotizados con sus Hummer. Faroleando. Presumiéndole a las chavas. Haciendo desgarre y medio”.

Mi amigo se ha enterado: En secundaria, pero más en preparatoria es increíble. Los maestros no pueden llamarles la atención a los alumnos. Son hijos de narcos y amenazan. Hacen y deshacen. Me contó: El director de la preparatoria recibe llamadas de los hoteleros y moteleros. Es que los juniors llevan a las chavas con todo y uniforme. Ni la despistan. Siempre llegan en carrazos, “…pero el director no puede hacer nada. Tiene miedo a represalias de los padres narcos. Los chavos se la llevan pasando por las escuelas ‘para subir morras’. Les regalan celulares y otras cosas”. Ya rebasaron lo insolente. Y nadie hace nada.

Me recordó al Cártel Arellano Félix a fines de los noventas en Tijuana. Entonces el narcotráfico inoculó a las familias más respetables. Igualito. Los narquitos cayeron a la escuela de más prestigio. Fue cuando nació eso de “narco-juniors”. En Caborca está pasando lo mismo. Son hijos de abogados, doctores, empresarios reconocidos, revueltos con el narcotráfico. Y las colonias de clase modesta están plagadas de “burreros”. Atraviesan el desierto por veredas. Así evitan los retenes. Cargan grandes bultos de marihuana. Los pasan al otro lado. Allá compran buena ropa. Regresan a presumir y regalarla para conquistar.

Lo más triste cuenta mi amigo: En Caborca hay personan con la idea que gracias a los narcos hay empleo. Estos malvados gastan en todo. Y así muchos comercios se sostienen. Por eso se piensa: Tanto mafioso le hacen un bien a Caborca. Hay personas que los admiran y jovencitos pensando ser como ellos cuando crezcan. “Las mujeres se sienten privilegiadas con su amistad. Les idolatran. Hasta mi mamá y mi hermana no se los quitan de la boca. Todo el día hablan de ellos. Esto se va convirtiendo como en una nueva clase social”. Y de pilón: Todo mundo les conoce. “Los Saboris”, “Números”, “Paleteros”, Luis Paíz, Elio Gamboa, César y Reynaldo Trujillo, Marco y Baldomero Celaya.

Cuando en aquellos años visitaba Caborca nunca vi una casa de cambio. Ahora mi amigo me cuenta cómo abundan. Ve que no para el “lavadero” de dólares. También funcionan las tienditas de empeño. Los mafiosos se adueñaron de discotecas y restaurantes. También son propietarios de algunos hoteles y lotes de automóviles. Mi camarada comentó cómo el otro día escuchó a un comerciante: “Si no fuera por el dinero del narco, Caborca estaría muerto”. Cuando lo oí me quedé tieso: De las chamarras Marlboro ya ni quién se acuerde.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado por primera vez en diciembre de 2006.

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