San Cristóbal de las Casas

Foto: Internet/La catedral
 
Opinionez lunes, 25 noviembre, 2019 12:00 PM

Chiapas es una entidad de contrastes de pobreza y riqueza, de culturas, de ideas y tendencias por liberar al indígena de los vicios ancestrales y de someterlo a la esclavitud cultural, financiera, ideológica, religiosa, laboral, de género y de instrucción educativa.

Este estado depende de la condición socioeconómica y acceso a oportunidades educativas, pero cada vez las mujeres jóvenes son más conscientes, autónomas, maduras, responsables, despiertas e independientes; eso me revelaron diversas entrevistas con jovencitas a lo largo de una semana en este Pueblo Mágico indígena, y bien por ellas de continuar así.

Pero hay sus excepciones. Aun en 2019, se sigue enfrentando el reto de la pobreza moderada y extrema; en ciertas comunidades marginadas, las mujeres jóvenes son prácticamente vendidas al mejor postor (entrevista de dos horas con dos jóvenes vendedoras de medicamentos en zonas rurales).

No importa la edad del “comprador” (potencial esposo). Puede ser por dinero en efectivo, por animales, por tierras o por mercancías de la cosecha, pero la propiedad de la mujer sigue cosificada parcialmente, sin Derechos Humanos a elección de vida y de pareja, de profesión o actividades libres que tome con conocimiento de causa y efecto, mayores elementos de cultura, información y autodeterminación consciente.

Las niñas y niños de los 10 años en adelante -quizá menos- se observan trabajando en la calle. ¿Trabajando en qué? Vendiendo mercancías en las banquetas, en los mercados públicos, comerciando pulseras, cuarzo, ámbar, ropa con bellos estampados, hermosamente tejidos, frutas, sombreros, alimentos, etc.

Hay una parte de las mujeres que se salvan del casamiento o matrimonio forzado por la pobreza de la familia porque toman una responsabilidad, especialmente la mayor, de cuidar de los padres, abuelos y otras personas vulnerables, enfermas dentro del techo familiar.

Conocí a una mujer chamula de 36 años: sensible, hermosa, inteligente, despierta y trabajadora muy digna. Al llegar a San Cristóbal no sabía ni una palabra en castellano; aprendió a pensar en este idioma, a valerse de sus amigos y compañeros para poder aprender a comunicarse, como muchos que solo dominan el tzotzil.

Margarita se llama, de nombre de pila, valiente y responsable porque se quedó en su casa a cuidar de la virtual ausencia de su padre, mientras las hermanas y hermanos menores se casaron y abandonaron el hogar; pero ella, solidaria con su madre y padre víctima de embolia absoluta.

El hombre tenía hinchados brazos, manos y piernas. Por tanto, no podía moverse de la cama, estaba dependiendo de alguien para sobrevivir. Fue hasta encontrar un tratamiento casi milagroso que el padre se levantó, perdió muchos kilos de peso y pudo normalizar su trabajo en la siembra de sus tierras del campo chamula.

Notable que la mujer, en términos generales en un mundo machista a ultranza, paradójica e injustamente, a la hora del reparto de la herencia no tienen derechos; no obstante, al momento de asumir la responsabilidad de la familia, es quien primero cuida de los padres ancianos o enfermos. No tiene derechos, pero sí tiene las funciones más pesadas sin remuneración reconocimiento y apoyo alguno.

Un caso más. En el camino a Las Abejas, un viernes 5 de julio por la tarde que regresaba, mientras esperaba el transporte -unos camiones estaquitas para retornar por las curvas entre las montañas de altos pinos a San Cristóbal de las Casas- encontré a la vera del camino una modesta tiendita.

Crucé la puerta y vi a un niño de unos siete años, descansando y creo que dormido, y una muchacha de unos 23, que como muchas mujeres que escuchan y esperan con paciencia, se concentraba y tejía alguna prenda para sus padres y hermanos; la muchacha seria, segura de sí misma, muy linda, bien aseada, peinada, bien vestida y de actitud madura y atenta. El resto de la habitación era un refrigerador casero para las gaseosas, unas mercancías de papitas, sueros, sopas chatarra “maruchan” y panes industrializados, en estantes semivacíos. Le pregunté si el niño era su hijo.

“No”, me respondió. “Es mi hermanito menor. No estoy casada ni quiero por el momento; cuido a mis padres y me siento libre y dueña de mi vida y tiempo. Me han hecho propuestas, pero no las acepto hasta ahora. No me interesa”.

“En las comunidades donde he vivido hay muchas señales y advertencias de violencia, alcoholismo, drogadicción, machismo, irresponsabilidad para evitar matrimonios muy jóvenes, como expresión de los abusos de género, y cosas peores. Es inaceptable y siempre hay otros caminos como estudiar, trabajar y esperar mejores oportunidades”.

 

M.C. Héctor Ramón González Cuéllar es académico del Instituto Tecnológico de Tijuana. Correo electrónico: [email protected]

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