La Guadalupana y Don Miguel León Portilla

Foto: Internet/Don Miguel León Portilla
 
Opinionez lunes, 7 octubre, 2019 12:00 PM

Sobre Nuestra Señora de Guadalupe y San Juan Diego, sus diálogos están plasmados en el Nican Mopohua, relato testimonial escrito y recogido desde 1550-56 por Juan Valeriano, sabio náhuatl-cristiano que fue gobernador de Aztcapotzalco y de México-Tenochtitlán por más de veinte años.

Este alumno adelantado -de los franciscanos en Tlatelolco- legó a las generaciones guadalupanas, y a la historia universal, este relato sencillo que bien pudiéramos llamar el Evangelio Guadalupano, el cual se encuentra textual y en video en redes sociales.

Gracias al Doctor en Historia don Miguel León Portilla (1926-2019), sabemos que el sabio mexicano del siglo XVII don Carlos de Sigüenza y Góngora afirma haber tenido en sus manos un original del Nican Mopohua, que Lorenzo Boturini copió personalmente.

A manera de papel roto y viejo, se encuentra un ejemplar de este testimonio en la Biblioteca Pública de Nueva York, consultado por el Dr. León Portilla.

Humilde y sencillo, pero reconocido y laureado por su seriedad profesionalismo e integridad en el ámbito internacional, no es poca cosa que don León Portilla rinda su reconocimiento a Tonantzin Guadalupe, armonizando ambos nombres -uno del náhuatl y otro del castellano- para expresarse sobre Nuestra Señora de Guadalupe en una especie, además, providencial de concordia. Del viejo culto pagano dedicado a la diosa Tonantzin (Nuestra Señora), simple y llanamente la Madre de Dios, deseó -como hasta hoy- ser venerada en el cerro del Tepeyac, teatro de las apariciones y diálogo entre el macehual (humilde) Juan Diego y la Madre de Cristo.

Ni aparicionista ni antiaparicionista. Miguel León Portilla, uno de los más grandes estudiosos de la cultura mexicana náhuatl, y en particular de la de Baja California, está convencido y nos convence en su obra sobre Tonantzin Guadalupe con estas afirmaciones de su autorizada investigación.

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En lo que toca a los orígenes del Nican Mopohua, hemos visto, en virtud del náhuatl en que fue escrito, que debe tenerse como obra de un profundo conocedor de esa lengua (Filosofía Náhuatl, Trece Poetas Aztecas, etcétera). El relato mismo muestra que su autor, cristiano sincero, estaba familiarizado con muchos aspectos del antiguo pensamiento náhuatl. Pudo asimismo poner en boca de Juan Diego palabras como estas, que aparecen en un huehuetlahtolli: “En verdad yo soy un infeliz jornalero, solo soy como la cuerda de los cargadores; en verdad soy parihuela, solo soy cola, soy ala, soy llevado a cuestas. Soy una carga”. Y también -por estar familiarizado con el antiguo pensamiento- presentó a la noble señora, refiriéndose a su hijo con estas palabras: “En verdad soy yo, su madrecita de Él, Dios verdadero, Dador de la vida, Inventor de la gente, dueño del cerca y del junto, Dueño de los cielos y de la superficie terrestre. Por su dominio del tecpilahtolli, lenguaje noble y pulido, puede afirmarse que compuso el Nican Mopohua en cualquier tiempo, desde 1550 o 1560.

En concordancia con esto se hallan -como vimos– los testimonios que, acerca del autor (Antonio Valeriano), expresaron Carlos de Sigüenza y Góngora, Luis Becerra Tanco y Lorenzo Boturini. Estos sostuvieron que el bien conocido antiguo estudiante en el Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco y hombre con merecida fama de sabio, Antonio Valeriano, había sido precisamente el autor de dicho texto. Más aún, Sigüenza y Góngora juró haber poseído el manuscrito original en náhuatl firmado por Valeriano; Becerra y Tanco, por su parte haberlo visto; y Boturini, haberlo copiado.

Sobre los motivos que pudo tener Valeriano para escribir este relato, vimos -por las informaciones promovidas en 1556 por el arzobispo Montufar, a raíz del sermón del franciscano Bustamante- que para entonces, la ermita erigida a Tonantzin Guadalupe atraía ya a mucha gente, como antes había ocurrido allí con el templo dedicado a la Diosa Madre (Tonantzin).

El macehual, hombre del pueblo, que se describe a sí mismo como cuerda de los cargadores, parihuela, cola y ala, comprueba que existe una Madre del que está cerca y junto, el dador de la vida: ve las cosas como quien despierta de un sueño; entrevé cuál es el destino de los seres humanos; ha llegado a la Tierra florida, la de Nuestro sustento; ha hecho suyos los cantos, las flores; sabe ya, sobre todo, que la noble señora celeste es su Madrecita compasiva, es Tonantzin Guadalupe.

Don Miguel León Portilla fue un aventajado alumno del padre Ángel María Garibay, experto en cultura náhuatl -y su asesor de tesis en la UNAM sobre la Filosofía Náhuatl-. En el caso de la Baja California, a León Portilla había siempre que agradecer por su incansable entusiasmo, para que autores como el Dr. David Piñera, Carlos Lazcano, Ignacio del Río, y tantos investigadores regionales se animaran a rescatar la historia de la Península y sus Californias: la jesuítica (BCS), la dominica (BC) y la franciscana (California).

En 1997, con motivo del tricentenario de la fundación de Loreto, Don Miguel León Portilla compartió una edición facsimilar de las Cartas Fundacionales del jesuita Juan María Salvatierra en la obra Loreto Capital de las Californias. Y como en el caso de Tonantzin Guadalupe, se hace un reconocimiento a la maternidad divina y las bondades de la Madona Italiana (Madre de Italia), Nuestra Señora de Loreto. En 1987, la UNAM había editado Cartografía y Crónica de la Antigua California, otra obra fundamental para admirar la historia de la Península que cautivó desde niño a don Miguel; porque en la primaria la profesora lo había regañado por afirmar que existía otra California, aparte de la norteamericana. El historiador había estudiado en Los Ángeles y la maestra desconocía que había una California mexicana, la Península. A la que Miguel León Portilla dedicó numerosas investigaciones admirables.

Germán Orozco Mora reside en Mexicali.

Correo: [email protected]

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