El General

Dobleplana lunes, 1 julio, 2019 12:00 PM

Nada más porque en la foto está vestido de policía lo creo. Si no, a primera vista pasaría muy bien como galán de cine. Alto. Atlético. Nada ventrudo. Pecho sin inflar. Sólidos brazos. Cuello fuerte. Piel blanca. Nariz como de estatua griega. Ojos y cejas negros, pero canosón. En la gráfica se le ve con pantalón y suéter negros. Camisa blanca. Corbata obscura. Muy alineado. Todo a la medida. Sin arrugas. Naturalmente, con el tradicional kepi de la policía Scotland Yard. Rodeando arriba de la visera, cuadros blancos y negros. Tiene 43 años, se llama Brian Paddicks y es comandante. Según la crónica de Walther Oppenheimer en El País de España, fue comisionado al barrio de Brixton en Londres. Y precisamente por las referencias periodísticas, se trata de una zona harto conflictiva.

En cuanto lo pusieron a trabajar, este nuevo jefe actuó contrario a la tradición. Primero, ordenó a sus agentes “nada de pasársela parados en las esquinas esperando viciosos para perseguirlos y capturarlos”. En vez de eso, platicar con ellos de buena forma. Advertirles claramente: Ya no los quieren ver por el rumbo y menos fumando hierba o inyectándose. Nada de jugarle a la pandilla ni enviciar chamacos. De esto, escribir un reporte frente a ellos incluyendo el nombre. Preferible si lo firman. Si no hacen caso, entonces sí, a la segunda ocasión de aparecerse en calidad de malditos delincuentes, nada de contemplaciones. Derechito a la cárcel.

Todos los agentes actuaron así. Con el pasar de los días hubo notables resultados. El sector policíaco se regocijó con el ahorro de dos mil 500 horas en tarea humana y papeleo burocrático. Fue sencillo. Antes, en una primera detención, el acusado se defendía, había alegatos y audiencias con jueces, policías y abogados. Pero con la modificación, ya existía el antecedente por escrito. Los delincuentes no podían escabullirse, ni los abogados defenderlos.

Así, mientras hubo menos papeleo, aumentaron las detenciones efectivas. Pocas salidas bajo fianza. La delincuencia se fue a pique hasta en un 35 por ciento. Los asaltos disminuyeron de 30 diarios a 17. Y el robo a las residencias también se desplomó. Luego cayeron los narcotraficantes, unos denunciados por los detenidos y otros solitos. Llegaron a los lugares habituales en busca de clientela y los apañaron. Allí no tenían ni para dónde hacerse. Llevar la droga era la prueba del crimen, significaba abrir la celda para permanecer encerrado varios años.

Hubo una consecuencia más: los jóvenes se acercaron cordialmente a la policía, les pidieron consejo sin timidez y sucedió lo pocas veces visto: la comunidad tuvo más confianza en la policía. Ya no los veían con temor ni reproche por haber detenido inocentes o fallar en la búsqueda de malandrines.

Neil Foster, Jefe de Seguridad de un supermercado muy concurrido en el conflictivo barrio de Brixton, comentó la efectividad del comandante: “Nadie ha hecho tan bien las cosas como él”. Este caballero, atosigado por los raterillos y viciosos en el centro comercial dijo que se la pasa menos preocupado desde cuando el nuevo comandante trabaja en la zona. Bueno, hasta hubo elogios de la Asociación de Policías Negros. Su representante David Michael dijo sencillo y firme: “Necesitamos más Brian Paddicks”.

Pero hace algunas semanas sucedió algo sorpresivo, el Comandante fue retirado del servicio, su estrategia se derrumbó. La superioridad lo envió a un destartalado despacho de la central, casi no tiene trabajo. Prácticamente se encuentra aislado, ni ve a nadie ni alguien lo visita. Tampoco tiene teléfono. Nada más faltan las rejas y la dizque oficina sería una celda inmunda.

El motivo de todo: Paddicks es homosexual. Lo publicó en primera plana y como nota principal el periódico Daily Mirror. La historia es curiosa: El francés James Renollea fue al periódico y les vendió la historia en 100 mil libras. Lo hizo cuando después de vivir cinco años con Paddicks se enojaron y separaron. Despechado, no le importó confesar cómo, dónde y a qué horas tenían relaciones íntimas. Hasta señaló exactamente algunas zonas callejeras donde les gustaba pasarla acariciándose. Todo lo declaró sin pruebas. También aseguró el desvergonzado denunciante su gusto por la marihuana. Enviciado, siempre la fumó cuando vivió con el Comandante. Aunque muy claro quedó, Paddicks nunca le dio dinero para comprar la hierba. El francés se las ingeniaba para que no le faltara.

En Londres, la tradición es vender noticias escandalosas a los diarios. Por esa misma costumbre, el sólo hecho de comprarlas los periodistas no están obligados a confirmar si son ciertas. Hay referencias recientes de unos estudiantes, cobraron por denunciar a su maestra: “Nos acosa sexualmente a todos”, le dijeron al diario y así lo publicaron. Todo mundo sintió los efectos, como los de un terremoto. Pero la profesora no se derritió. Reclamó legalmente. Cuando el asunto llegó a los tribunales, no hubo evidencia sobre la acusación de los jovencitos. Finalmente reconocieron haber mentido porque solamente querían ganarse unos buenos billetes.

Ahora el caso de Paddiks está bajo investigación y el policía eficaz continúa resumido en un oscuro despacho. No se discute su capacidad. Olvidar la eficacia de sus programas. La Policía enfrenta las críticas por tener un comandante homosexual. Y de paso no encuentran como determinar si el comandante cayó en un delito permitiendo fumar marihuana a su pareja. Lo chispeante del asunto es que a Paddicks le castigan por un hecho que no está penado, lo están menospreciando por ser policía homosexual. Y al denunciante no le hacen ni cosquillas. Simplemente reconocer su vicio significa castigo. Al tipo le valió confesar sus relaciones muy privadas con tal de ganarse algunos billetes.

Paddicks no utilizó su puesto para lograr amoríos o forzar a sus detenidos para satisfacerse. No hay ni rumores, pruebas o antecedentes oficiales. Simplemente fue un comandante honesto. Ejemplar en su trabajo. Eficaz. Dio resultado. Víctima del despecho y el escándalo periodístico que paga por publicar. A como están las cosas, preferible un policía homosexual honesto y no uno como tantos en México: Muy machos pero muy corruptos.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas y publicado por última vez el 30 de abril de 2002.

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