Gobierno rebasado por la sociedad (O el verdadero milagro mexicano)

Foto: Cuartoscuro.com
 
Destacados Martes, 26 Septiembre, 2017 02:15 PM

EL MILAGRO MEXICANO no es el desarrollo económico con bienestar que estamos esperando desde hace décadas. El milagro mexicano es el que protagoniza la sociedad que se une y enfrenta la adversidad. Que sobrevive a pesar de omisiones, errores y abusos de sus gobiernos. Es el milagro de sobreponerse y enfrentar un sistema político que con malos gobiernos profundiza las condiciones de inequidad en el país.

A través de la televisión y, ahora, de las redes sociales, en los últimos años hemos sido testigos de catástrofes alrededor del mundo, ataques terroristas, desastres naturales, accidentes masivos, tsunamis, huracanes, temblores, devastación. Hemos visto gente correr por su vida y a ciudadanos organizados de manera espontánea, enfocados en ayudarlos.

La organización en distintas ciudades de otros países ha corrido por cuenta de sus estructuras gubernamentales, estadios dedicados al albergue de damnificados, presupuestos destinados a reactivar la economía y la reconstrucción de ciudades y puertos, organizaciones no gubernamentales levantando casas, otorgando alimentos, instaurando comunidades enteras.

Hemos visto casos como el huracán Katrina en Estados Unidos, en el año 2005, que a pesar de los estragos que prevalecen, la coordinación entre gobierno, organizaciones no gubernamentales y sociedad civil ha logrado reconstruir no solo la infraestructura urbana, sino el tejido social a base de solidaridad y apoyo.

En contraparte hemos sido testigos de devastaciones como la dejada tras el terremoto que en el año 2010 destruyó la isla de Haití, cuyo gobierno no estuvo a la altura del desafío y no pudo instrumentar la reconstrucción; y sumado a los efectos del desastre natural, estuvo la desintegración de una sociedad. La migración de haitianos a partir de ese año ante la falta de oportunidades para levantarse del golpe de la naturaleza es un fenómeno que persiste y se manifiesta en algunas regiones de México en donde han llegado.

Pero lo que pocas veces se ha visto en los casos de desastres naturales en el mundo es lo que atestiguamos todos el martes 19 de septiembre a partir de las 13:14 horas. Después de ser azotados la Ciudad de México y los estados de Morelos y Guerrero, así como el Estado de México, por el sismo de 7.1 grados, vimos renacer el milagro mexicano: la rápida, solidaria, espontánea y consistente unión de los ciudadanos para rescatarse unos a otros.

Antes de que la estructura gubernamental se activara, antes de que el presidente Enrique Peña Nieto regresara del vuelo en el que se encontraba en el momento del sismo, antes de que soldados y marinos fueron activados en el Plan DN-III, antes de que cualquier gobernador accionara estructura alguna de protección civil, los ciudadanos, convertidos en protagonistas del milagro mexicano, fueron rescatistas, levantaron escombros, erigieron centros de acopio, prestaron sus servicios profesionales, la hicieron de choferes, de ingenieros, de cocineros, de mecánicos, levantaron centros de materiales a disposición y abrieron sus hogares para alojamiento, al tiempo que crearon espacios de atención médica.

Es increíble la forma en que la sociedad mexicana reacciona ante la desgracia, con entrega, pasión, solidaridad, unión y organización espontáneas, que rebasan la capacidad del gobierno para atender las necesidades repentinas detonadas por la tragedia. Se habla de que cerca de un millón de personas se unieron al rescate de entre los escombros y la atención de damnificados. Fue tanto el trabajo y tanto el apoyo que, 24 horas después del sismo, había, de tantos albergues, unos vacíos, y la ayuda de la Ciudad de México empezó a fluir a otros estados porque en el centro ya se había reunido lo necesario.

Al filo de la noche, 48 horas después del terremoto, ya no se pedían víveres, sino enseres específicos: de los primeros ya había demasiados; de los segundos, las necesidades en las operaciones de rescate iban marcando la pauta.

Con réplicas, con lluvia, en calles sinuosas y escombros peligrosos, con más de 40 edificios colapsados y cientos en peligro, los mexicanos no se detuvieron. El gobierno de la república quedó como un actor más, acaso secundario, ante el trabajo de la sociedad. Las imágenes del presidente y los gobernadores “supervisando” las acciones del milagro mexicano desde centros de control y mando de la policía quedarán para la posteridad como el reflejo de un gobierno alejado de su sociedad.

Este es el verdadero milagro mexicano, hoy haciendo frente a una contingencia natural, pero que cotidianamente se expresa, sobreponiéndose a la devaluación sistemática desde hace cinco años que le ha restado el valor al peso en más de 50 por ciento. Invirtiendo lo que tiene, que enfrenta a la corrupción gubernamental que tan solo en trámites le cuesta al país el 9 por ciento del producto interno bruto. Mexicanos que sobreviven de milagro, sobreponiéndose a la inseguridad creciente, solapada por omisiones e incompetencias de un gobierno permisivo e ineficaz para combatir las estructuras criminales.

En los cinco años de la agonizante administración del presidente Enrique Peña Nieto, los mexicanos hemos sido testigos de distintas tragedias, unas naturales entre terremotos y huracanes, otras logradas por el hombre y la idiosincrasia de la clase política, como el abuso de la fuerza pública, en casos como Ayotzinapa y Tanhuato, o la corrupción galopante y voraz revelada en investigaciones periodísticas. Ejemplo de perdición ética fue la adquisición de casas a constructores del gobierno por parte del círculo presidencial más íntimo. Prueba tangible de asociación criminal contra la propiedad pública es la estafa de más de 7,000 millones de pesos en un esquema oficial que incluye secretarías, universidades y empresas. Evidencia clara de la impunidad tolerada para los amigos y cómplices es el señalamiento del exdirector de Petróleos Mexicanos de haber recibido sobornos por más de 10 millones de dólares por parte de la brasileña Odebrecht.

A pesar de todo ello, a pesar de los malos gobiernos, los mexicanos están de pie y están unidos, y rebasan a sus autoridades.

En los casos que hemos atestiguado a la lejanía hemos visto cómo la sociedad ha pasado la estafeta a la autoridad en las labores de rescate y reconstrucción de las ciudades. Eso en México no ha ocurrido. La sociedad no se ha retirado de los esfuerzos de recuperación de personas, y con todo y la noble labor de militares y marinos, la cantidad de civiles apoyando en labores de rescate supera por mucho la de elementos de las fuerzas armadas y el gobierno. Lo mismo sucede en centros de acopio, albergues, hospitales y comedores comunitarios, que han sido tomados y dirigidos por la sociedad. Son los ciudadanos y no el gobierno quienes llevan la iniciativa y mantienen el ritmo, quienes organizan, piden, contribuyen, distribuyen lo necesario para la organizada recuperación de las ciudades y las personas. Sucede en Ciudad de México como en Morelos, en Oaxaca, en Guerrero y en el Estado de México.

Nuestro país destaca por el milagro mexicano que hace realidad su gente, por la confianza en la sociedad y la desconfianza en el gobierno. Al comienzo de la recaudación de fondos, también desde la sociedad civil, sin necesidad de abrir fideicomisos entre banco y gobiernos, con el puro ánimo de ayudar, la única advertencia social era que no se donara al gobierno, que no se entregara dinero al DIF, que no lo enviaran a los departamentos oficiales, que se hiciera llegar a la Cruz Roja, a las brigadas de rescate Topos México, a los hospitales, a las organizaciones de la sociedad civil.

No fue para menos, no se vio a ningún funcionario o político organizando brigadas, todos fueron buenos para “supervisar”, mientras los partidos políticos callaron de entrada ante la petición de que donaran el dinero de las campañas de 2018 para la reconstrucción de las ciudades afectadas. Los legisladores mexicanos mantuvieron el silencio, no abrieron sus recintos para la ciudadanía necesitada de espacios, como no ofrecieron direccionar presupuesto u organizar su propia cadena de ayuda para rescatar a los damnificados.

La clase gubernamental mexicana, la clase política, quedó rebasada por la sociedad que ha tomado las riendas en las operaciones de rescate, limpieza y satisfacción de necesidades de los cientos de miles de voluntarios y damnificados tras el sismo. México está de pie, y no por su gobierno, sino por su sociedad. Si en el caso de Haití es la población la que abandona la isla de sus ancestros, en México los políticos construyen su propia isla, alejándose de su gente.

En la siguiente etapa, en la reconstrucción de las ciudades, ahí estará muy presente la estructura de gobierno, ahí está el negocio, el presupuesto y la transa. Ahora debemos ir tras otro milagro, que los fondos públicos se utilicen con eficiencia para la reconstrucción y no que terminen apilados, como tesoros de piratas, en las islas que se han construido muchos políticos a costa de todos.

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