Hasta finales de dos mil veintitrés, el empleo en Tijuana era abundante. Bastaba presentarse en Otay, por el puente de la planta Panasonic, donde había carpas y más carpas de parte de distintas empresas que podían contratarte casi al instante. Sólo era cuestión de que te llevaran a la fábrica para presentarte y luego-luego a trabajar, a lo mucho, al día siguiente.