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viernes, octubre 16, 2026
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Estrella: una fuente, una periodista, un tatuaje y cómo cubrir su historia durante una década me cambiaron la vida

Por Maria Hinojosa

Traducido por Roxana Aguirre y editado por Peniley Ramírez

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Algunas historias y algunas fuentes te cambian la vida. Luego están aquellas fuentes que se convierten en parte de tu vida. Y tú, como periodista, también puedes cambiar sus vidas.

Pero esto no sucede con todas las fuentes. Quienes hemos cubierto noticias de última hora todos los días sabemos cómo es eso. A veces, los periodistas informan sin establecer vínculos profundos con las personas sobre las que escriben. Todo se vuelve demasiado impersonal. Pero un buen periodista permite que una fuente lo conmueva y, sí, incluso que lo cambie. Creo en un periodismo hecho con el corazón y lo practico; entonces, ¿por qué no mantener mi corazón  abierto a las personas que cubro en mis historias?

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No se trata solo de informar

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Cuando conocí a Estrella, era la fuente de un reportaje: una mujer trans mexicana que había sido arrestada en Texas al intentar obtener una orden de restricción contra su pareja abusiva. Fue la primera persona de la que tuvimos conocimiento en Estados Unidos que había sido detenida dentro de un tribunal. Era una noticia de última hora. Viajé a la cárcel para conocerla, como lo habría hecho con cualquier otra fuente. Pero desde el principio percibí que la cobertura del caso de Estrella sería diferente.

Aquella primera vez, llegó esposada y encadenada: tenía cadenas alrededor de la cintura, las manos, las piernas y los tobillos. La tristeza parecía haberse instalado en todo su ser. Sus ojos reflejaban derrota. Lo único que la identificaba como la mujer que era: una coleta lila y delgada.

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Las esposas y las cadenas desaparecieron después de que le pedí al guardia penitenciario que la dejara libre ante nosotros. Él solo le quitó las cadenas de las manos. De pronto, quedé fascinada. Estrella se volvió inmensa, más grande que la vida misma, solo con sus manos, con la manera en que contaba las historias de su vida. Con la forma en que se acariciaba el rostro, aunque sabía que yo podía ver su barba incipiente. Eso le daba muchísima vergüenza.

Durante más de una década, desde aquel primer encuentro, Estrella y yo hablamos cientos de veces por teléfono, y la visité siete veces mientras estuvo encarcelada en Texas. En dos ocasiones, a lo largo de esos nueve años, el Departamento de Correccionales de Texas me prohibió verla o escribirle. Las autoridades dijeron que yo había infringido algunas reglas, pero nunca lo demostraron.

Con el paso de los años, las llamadas telefónicas se volvieron más intensas. A veces, ella me decía que sentía que yo vivía con ella dentro de aquella prisión. Otras veces, decía que se sentía libre cuando escuchaba, a través del teléfono, el mundo exterior: la playa de Punta Cana, las calles del barrio hispano de Harlem, Roma, un viaje de trabajo a El Salvador… Era como si estuviera allí conmigo.

Estrella me transformó

Estrella también se sorprendió de cómo había evolucionado nuestra relación. No esperaba llegar a sentirse tan unida a una periodista, del mismo modo que yo nunca imaginé llegar a estar tan vinculada a una fuente.

Sí, las llamadas telefónicas trataban, en su mayoría, de documentar la vida que llevaba en prisión, pero pronto también se convirtieron en momentos divertidos. Hablábamos de nuestras rutinas de ejercicio. Ella estaba ocupada transformando su cuerpo para que reflejara a la mujer que siempre había sido, liberándose del cuerpo masculino con el que había nacido, en el que se sentía atrapada. Mientras tanto, yo me dedicaba a mantener mi cuerpo joven y fuerte.

Hablábamos de maquillaje, moda y de sus extravagantes experimentos culinarios dentro de la prisión, como aquella vez en que preparó tamales con totopos de Doritos triturados y humedecidos. Y también había momentos oscuros, como cuando Estrella me reveló que su compañero de celda la había agredido y violado, pero que ella se negaba a denunciarlo ante las autoridades penitenciarias.

Yo estaba allí, al otro lado del teléfono, para escuchar cómo era estar en aislamiento, en una celda de segregación, donde hacía tanto frío que resultaba insoportable o tanto calor que apenas podía respirar.

En uno de aquellos momentos de desesperación, Estrella se hizo una promesa a sí misma, una que no me reveló hasta años después: se mantendría feliz y esperanzada, sin importar cuánto la obligaran sus circunstancias a vivir en la desesperación.

Durante una de mis visitas, me dijo que tenía un regalo para mí. Sabía que aquello era imposible, pues estaba tras las rejas y no podía darme nada. Ese día fui a verla con un equipo de colegas que grabarían nuestra entrevista en video. Me miró a los ojos y me dijo que iba a entregarme el regalo, pero que no podía reaccionar. Entonces me mostró su antebrazo izquierdo. Allí se había tatuado mi nombre en letra cursiva, sobre su propia piel.

Sinceramente, me horroricé. Era demasiado. Pero entonces Estrella me explicó que, en sus momentos de soledad, levantaba el brazo izquierdo hasta su corazón y sentía que yo estaba cerca, lo que le daba fuerzas. Lo entendí, aunque sabía que habíamos cruzado una línea, una línea definida por la manera más tradicional en que nos han enseñado que debe ser la relación entre un periodista y su fuente.

Entonces sucedió algo inesperado: mi hijo me acompañó como productor durante una de las visitas a la prisión. Allí conoció a la videógrafa puertorriqueña que contratamos en Dallas para que nos acompañara en el viaje. Mientras conducíamos durante dos horas hasta Wichita Falls y yo dormía una siesta en el asiento trasero, la videógrafa y mi hijo se enamoraron. Se casarán en menos de un mes. Gracias a Estrella, mi hijo conoció al amor de su vida.

Una nueva vida

Ahora Estrella está fuera de prisión. Fue condenada después de que su pareja abusiva la drogara para cometer un fraude. Pasó nueve años en la cárcel por un delito no violento. Después, casi de inmediato, fue deportada a México sin el debido proceso.

Nos encontramos en la Ciudad de México poco después de su deportación. Ahora vive en Tijuana. Nuestras llamadas telefónicas fluyen con mayor libertad. Ahora, de mujer a mujer, nos estamos convirtiendo en amigas: nos reímos de cosas que no se graban y compartimos secretos divertidos que jamás nos contaríamos durante una llamada telefónica desde la prisión.

Últimamente hablamos del amor. Le digo que es una existencialista romántica y que me ha enseñado a vivir de esa manera. Sí, Estrella me ha ayudado a enamorarme aún más de mi esposo. Y es que, cuando hablas con alguien que está tras las rejas y no puede expresar libremente su amor, sientes el deseo de estar más presente en el amor que sí puedes darle.

Estrella fue deportada de Estados Unidos sin haber comparecido jamás ante un juez. Su equipo legal sostiene que esto vulneró su derecho al debido proceso porque algunas de las vías legales que aún tiene para permanecer en Estados Unidos siguen pendientes. Estrella salió de México siendo un hombre gay, huyendo de la violencia homofóbica en Guerrero, el estado donde nació y creció. Ahora regresa como una mujer trans, traumatizada por la década que pasó tras las rejas y por los meses que ha dedicado a intentar encontrar su camino como mujer trans libre en México, un país que nunca la había conocido como tal.

Es un privilegio poco común para los periodistas acceder de manera exclusiva a una fuente extraordinaria e histórica como Estrella. Y no podría estar más agradecida de que esta fuente haya llegado a mi corazón y me haya cambiado.

Estrella me ha ayudado a convertirme en una mejor persona: alguien que comprende la experiencia trans mucho mejor que hace una década, alguien que ha aprendido a no juzgar, alguien que escucha y escucha con el corazón, tal como Estrella lo hace conmigo.

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