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miércoles, septiembre 9, 2026
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“Hechizo de amor: La magia continúa”: nostalgia y magia desaprovechadas

Casi tres décadas después de que “Hechizo de amor” se convirtiera en una película de culto, la magia de las hermanas Owens regresa a la pantalla grande con una secuela que privilegia el amor, la nostalgia y un poco la desfachatez, al construir dos historias al mismo tiempo sin conseguir que ambas tengan el mismo peso y con pocos hechizos de fondo.

Por una parte “Hechizo de amor: La magia continúa” retoma a Sally y Gillian Owens, interpretadas nuevamente por Sandra Bullock y Nicole Kidman; por otra, intenta renovar el mismo conflicto hacia una generación más joven por medio de Kylie, una de las hijas de Sally, ahora encarnada por Joey King.

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A diferencia de la película de 1998, en la que las niñas sabían que pertenecían a una familia de brujas, la secuela revela que Sally borró de su memoria cualquier conocimiento relacionado con la magia, como una forma de protegerlas de la maldición que ha perseguido durante siglos a las mujeres Owens y condenado a muerte a los hombres de quienes se enamoran.

De ahí se desata el conflicto principal, cuando Kylie se enamora de Gideon, interpretado por Xolo Maridueña, y la antigua maldición vuelve a manifestarse. Sin embargo, aunque esta decisión detona el viaje principal de los personajes, también se siente como una manera innecesaria de regresar al mismo punto de la primera película.

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La historia vuelve a colocar a un joven encantador al borde de la muerte por enamorarse de una Owens, pero Gideon permanece prácticamente en coma durante buena parte de la cinta y su personaje termina sin pena ni gloria.

La trama juvenil parece incorporada con la intención de atraer a nuevos públicos, aunque la película sabe perfectamente que buena parte de sus espectadores regresará por nostalgia y, principalmente, por Sandra Bullock, Nicole Kidman y la magia. Es una tendencia que también se ha hecho presente en otras secuelas tardías, cuyos protagonistas originales deben compartir espacio con personajes jóvenes, aunque sean los primeros quienes verdaderamente sostienen el interés del público. Similar a como pasó con Scary Movie 6.

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Hollywood todavía parece tener miedo de construir grandes producciones alrededor de mujeres mayores de 40 años. Bullock y Kidman superan actualmente los 50, pero la cinta no termina de confiar en que su presencia, trayectoria y personajes sean suficientes para encabezar por completo la historia.

La secuela se desarrolla principalmente alrededor de Sally y Gillian, aunque no siempre encuentra algo importante en esa historia. Kidman podía no haber regresado y la historia habría sufrido pocas modificaciones.

Las peleas entre las hermanas comienzan a sentirse repetitivas y, en algunos momentos, molestas. No obstante, permiten recuperar una parte de la complejidad psicológica presentada en la primera película: Sally continúa ocupando el lugar de la hermana responsable, pero también reprime sus emociones.

Bullock logra transmitir esa rigidez emocional, aunque tiene mayores dificultades para representar a una mujer enamorada. Su relación con el profesor Ian Wright surge (Lee Pace) de manera instantánea, pues desde el primer encuentro existe una conexión que la película da por sentada, pero no desarrolla lo suficiente.

Es Pace quien sostiene prácticamente toda la química entre ambos. El actor construye a un hombre considerablemente encantador, vulnerable, atento, inteligente y emocionalmente directo, capaz de expresar lo que siente y termina de concretar lo que la directora Susanne Bier, los guionistas Akiva Goldsman, Georgia Pritchett y Kelly Marcel planeaban, pues comprende el tipo de fantasía romántica idealizada y deseada “desde la perspectiva femenina” que termina robándose buena parte de la cinta, al menos desde la actuación.

Aunque los cambios físicos de las protagonistas y de la tía resultan evidentes frente a la primera entrega, hablando del Botox o cirugías estéticas, atribuir a ello la falta de emoción sería insuficiente. El problema no se encuentro en sus rostros sino en la interpretación y en un guion que apenas concede tiempo para que el romance se construya antes de pedirle al público que crea plenamente en él.

La otra parte de la historia traslada a Kylie hasta Londres, donde busca una manera de romper la maldición familiar y encuentra a Thomas Lockland, un descendiente ilegítimo de los Owens que creció apartado de la familia y sin magia.

Este personaje posee uno de los trasfondos más interesantes de la cinta. Huérfano y criado en la miseria, Thomas ha pasado su vida sintiéndose rechazado por todos incluyendo por la familia que heredó no solamente poderes, sino también un hogar y un legado.

Su resentimiento hacia las Owens tiene sustento y en ese sentido, Thomas impulsa prácticamente todo el drama de la película y representa uno de los pocos conflictos capaces de extender la historia más allá del romance y de la repetición de la maldición.

Sin embargo, se desperdicia con un desenlace demasiado drástico y desproporcionado. Thomas pudo haber encontrado una posibilidad de redención, especialmente dentro de una historia que insiste en el amor incondicional y en la importancia de la familia.

A ello se suma que la búsqueda de Kylie concluye con la revelación de que la maldición no puede romperse de la manera esperada. La resolución provoca una pregunta inevitable: ¿cuál fue el propósito de desarrollar durante gran parte de la película un arco que finalmente no tiene consecuencias determinantes sobre la historia central?. En algunas historias el camino tiene moralejas invaluables pero en este caso pudieron ser aprendidas de una forma más sencilla.

Más que ampliar el universo de las Owens, la travesía termina pareciendo un gasto de tiempo, producción y presupuesto. El personaje más complejo de la nueva entrega queda desaprovechado y el conflicto que parecía conducir a una revelación decisiva se resuelve sin la repercusión que prometía.

Visualmente, la película encuentra mayores aciertos. La fotografía es cálida y delicada, mientras que los vestuarios, los peinados y la ambientación recuperan una estética witchcore. Todas parecen estar peinadas de manera similar, como si la producción quisiera convertir la apariencia de las Owens en una identidad.

Sorpresivamente no hay tanta magia y los hechizos pasan a segundo plano, como un acompañante de un drama familiar.
Etiquetas: Espectáculos, ZETA, Semanario ZETA, libre como el viento, Hechizo de amor, La magia continúa, Sandra Bullock, Nicole Kidman, Joey King, Lee Pace, Susanne Bier, cine
Sandra Bullock y Nicole Kidman regresan como las hermanas Owens en una secuela que recupera el romance y el valor del amor familiar, pero dispersa su historia entre conflictos innecesarios, personajes desaprovechados, poca magia y una evidente intención de atraer a nuevas generaciones.

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