La posverdad no es el triunfo de la mentira sobre lo que conocemos nosotros que es la verdad; más bien se trata ahora de una función de ambas en una atmósfera en donde ya ningún ciudadano distingue. El algoritmo alimenta lo que emociona, no lo que informa, y todavía no sabemos si lo que informa es la verdad. Entonces, el cerebro saturado se refugia en lo que confirma propiamente su identidad. En este ambiente, la manipulación no necesita censurar: solo debe de inyectar emoción y repetir.
Como advirtió Max Weber, el sujeto posmoderno vive dentro de una jaula de hierro, pero ahora esta jaula está hecha de estímulos. La racionalidad instrumental ya no produce burocracia, sino flujo constante de dopamina digital. La obediencia nos exige: se desea. Nadie manda mentir; todos mentimos porque el sistema recompensa la ficción más atractiva.
En un juicio ordinario civil o en una carpeta de investigación en materia penal, todos mienten, absolutamente todos. Desde el escrito inicial de demanda y ya no digamos el escrito en donde se produce la contestación, se oponen excepciones y defensas y se da lugar al escrito de reconvención, pasando absolutamente todos los actores por una serie de datos ajenos a la verdad y a tratar de construir ficciones que realmente se alejan de la verdad. Tratándose de la carpeta de investigación en materia penal, el escrito, que es la base de lo que será la investigación, está alejado casi totalmente de la verdad. Sumamente acondicionado a lo que más adelante serán los testimonios de sus testigos de cargo. Toda una patraña para engañar al fiscal que resulta más inocente que cualquier niño cuando le prometen el obsequio de un dulce. Los testigos también mentirán; quizá fueron aleccionados por un abogado que los “aconsejó” plenamente sobre cuál debería de ser el sentido de su declaración y cuando el imputado decide declarar, de tal suerte que cuando finalmente el fiscal decide judicializar es un libro asombroso de mentiras sostenidas entre quien se dice actor o denunciante y quien tendrá el carácter de demandado o inculpado.
Todo es falso de toda falsedad, no importa como decíamos que protestaran al denunciante o al actor o a sus testigos para conducirse con verdad ante una autoridad, de tal suerte que incluso la legislación penal ha tenido que establecer ciertos delitos para frenar esta avalancha de falsedades como la difamación, la calumnia, falsedad de declaraciones judiciales, dentro de otros ilícitos. Así por ejemplo el numeral 320 del Código Penal vigente en nuestro Estado dice: “Al que teniendo la obligación legal de conducirse con verdad en un acto ante la autoridad, lo haga falsamente u ocultando la verdad” y el segundo párrafo del numeral en cita todavía afirma: “Si el agente se retractare de sus declaraciones falsas antes de que se pronuncie resolución en el procedimiento en el que se condujo con falsedad, solo se impondrá la multa a que se refiere el numeral anterior”. Lo anterior es una auténtica invitación a fomentar y estimular el desarrollo de la mentira, el numeral reproducido es fiel testimonio de ello. Mentir no importa y si se arrepiente el falseario solo tendrá una multa económica. Jean Baudrillard ya lo había dicho con antelación: vivimos en el simulacro, donde el signo sustituye a la cosa. La política ha perfeccionado ese arte. Los líderes ya no gobiernan realidades, sino percepciones; incluso los partidos políticos fabrican escenografías de la moral, inclusión o transparencia. Recuerda usted la fotografía del candidato X bien peinado, rasurado impecablemente, abrazando a un niño pequeño, humildemente vestido, despeinado y con la cara sucia. Quien domina la emoción gobierna el relato. “Miento, luego existo” es la fórmula de una época que ha confundido identidad con exposición. Hoy podemos afirmar que la verdad ya no muere de censura, sino de saturación y por eso afirmábamos con anterioridad que el ciudadano que cree que es libre, vive dentro de una jaula luminosa donde su reflejo sustituye su pensamiento.
El riesgo actual no es que nos mientan, sino que dejemos que algo nos importe si es verdad o es mentira.
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Benigno Licea González, es doctor en Derecho Penal y Derecho Constitucional; fue presidente del Colegio de Abogados “Emilio Rabasa” y actualmente preside el Colegio de Medicina Legal y Ciencias Forenses de B.C.






