“Dios nos libre del de ojos bizcos, que todo lo ve torcido”.
José Iturriaga, Lo religioso en el refranero mexicano.
Jean Meyer en La Cristiada, aconsejado por don Luis González y González, michoacano de San José de Gracia (1925-2003) en la abundancia de microrrelatos propuestos por el autor de Pueblo en Vilo, no pierde la ecuanimidad al juzgar a los auténticos cristianos y cristeros, y a los revolucionarios y robolucionarios.
La primer cristiada inició el 31 de julio de 1926, y la segunda en 1932. El gobierno callista, obregonista, delahuertista y rodriguista (Abelardo), era como un ciego guiando a otro ciego. En la apariencia de indestructibles como el Titánic, los mismos revolucionarios hundirán sus “proyectos”. A la reforma le sigue la revolución, y los mismos se quieren eternizar en el poder viviendo de la miseria del pueblo. La mayoría de los cristeros serán campesinos. Por ejemplo, en Durango, formando el primer Ejército Liberador Cristero; la Liga Defensora de la Libertad Religiosa (LDLR), es un grupo; la Unión Popular (UP) de Jalisco, es una agrupación más consistente ajena originalmente al movimiento armado, su fuerza serán los boicots y la resistencia pacífica que inspiró a Anacleto González Flores y compañeros mártires -no sacerdotes-, sí laicos. A largo plazo: educación, lectura, cultura. Lo difícil, la virtud; no lo fácil, la violencia.
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Describe Jean Meyer que, si los católicos mexicanos hubiesen derrocado al presidente Calles y elegido a un católico, Estados Unidos lo habría apoyado, no por ser católico, sino por convenir a sus intereses. Mientras no sea una amenaza para la seguridad nacional americana. No por eso apoyaban a Calles, por ser anticatólico, sino por ser aparentemente un hombre “fuerte”. Lo que pondría al borde del abismo a los sonorenses no es un militar católico, sino un general -agnóstico- regiomontano: Enrique Gorostieta.
El pensador francés Jacquez Maritain como filósofo de la historia, considera que la humanidad o los pueblos cambian bruscamente por las revoluciones sangrientas y armadas, y también pueden cambiar evolucionando, cambiando con paz, educación, cultura, virtudes sociales, no cosméticamente.
A un siglo de la Cristiada (1926), el francés Jean Meyer, considera que la Liga (LDLR) enclavada en el DF, optó por las armas y violencia: fracasó. Y la UP de Anacleto, eligió la no violencia, la resistencia pacífica, el martirio. Ganó perdiendo; vivió muriendo. No hay mártires ligueros; sí hay santos mártires que eligieron el camino del sacrificio, la paz, la oración, el martirio de permanecer con su pueblo en sus templos.
Las causas de beatificación requieren una positio histórica (postura histórica). La tesis doctoral de Meyer, a no dudarlo, aunque su intención no fuera esa, describe paso a paso el ejemplo de personajes como el Sr. Cura Cristóbal Magallanes Jara, su vicario Agustín Caloca y mártires como el cura Mateo Correa, y otros de Chilapa-Chilpancingo (Guerrero). En todos los casos, los mártires descritos por Meyer en 1970, son sencillos sacerdotes no violentos que piden a sus feligreses no levantarse contra el gobierno y no unirse a la lucha armada.
Al otro extremo -risible- los cristeros del Volcán de Colima, atraían a las barrancas a los federales; para ello los canijos anti revolucionarios habrían entrenado a docenas de loros, que cuando se acercaban los federales en las barrancas, esos loros volando repetían: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!, mientras los revolucionarios disparaban oyendo voces. De aquí a que recargaban sus mausers, los cristeros ya los habían mandado a la vida eterna. (Fuente: Los Cristeros del Volcán de Colima, JUS).

Obispos como don Pascual Díaz, no coincidían con el movimiento armado de muchos cristeros, que, con los arreglos de 1929, se sintieron traicionados por la jerarquía católica. Al menos en el Bajío fueron pocos, sólo 4 sacerdotes los que activamente se armaron contra el gobierno; más de 90 sacerdotes sí fueron martirizados en la guerra llamada La Cristiada, que se extendió hasta 1935. Como en el caso de Sonora, donde el sobrino de don Plutarco Elías Calles, el médico militar José Noriega Calles, le salvó la vida a admirable oaxaqueño primer Arzobispo de Hermosillo, don Juan Navarrete y Guerrero, que nunca aprobó la lucha armada, más bien la sufrió de parte del gobernador Rodolfo Elías Calles, que nunca pudo con el santo obispo Navarrete.
Germán Orozco reside en Mexicali, B.C.






