La pregunta se ha vuelto recurrente en foros jurídicos, despachos y facultades de Derecho: ¿la inteligencia artificial terminará por sustituir a los abogados? La respuesta breve es no, pero con una importante matización: la IA sí transformará profundamente la forma en que se ejerce la abogacía y desplazará a quienes no se adapten a ese cambio.
La inteligencia artificial ya realiza con notable eficacia tareas que tradicionalmente ocupaban una parte sustancial del tiempo de los abogados: revisión de documentos, búsqueda jurisprudencial, análisis de grandes volúmenes de información, redacción de borradores contractuales o detección de riesgos normativos. En estos ámbitos, la IA no solo es más rápida, sino que -siempre y cuando se utilice correctamente- reduce errores y aumenta la eficiencia. Pretender competir con ella en labores mecánicas o repetitivas carece de sentido.
Sin embargo, el ejercicio profesional del Derecho no se agota en la gestión de información. La abogacía implica juicio, estrategia, comprensión del contexto social y económico, manejo de la incertidumbre, ponderación de valores y, en muchos casos, una profunda dimensión humana.
La negociación, la litigación oral, la toma de decisiones complejas, la interpretación creativa del Derecho o el acompañamiento de personas y organizaciones en situaciones críticas siguen siendo ámbitos en los que la intervención humana resulta insustituible.
Más que una sustitución, lo que se está produciendo es una redefinición del rol del abogado. El profesional del futuro será menos un “procesador de textos jurídicos” y más un estratega, un validador crítico de los análisis producidos por sistemas de IA y un asesor capaz de traducir soluciones jurídicas en decisiones útiles para el cliente.
En este nuevo escenario, la ventaja competitiva no estará en saber buscar información —algo que la IA hace mejor—, sino en saber formular las preguntas correctas, evaluar los resultados y asumir la responsabilidad final de las decisiones.
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La verdadera amenaza, por tanto, no es la inteligencia artificial, sino la inercia profesional. La IA no sustituirá a los abogados, pero sí sustituirá a muchos abogados que no integren estas herramientas en su práctica, que no actualicen sus competencias y que sigan entendiendo la profesión con categorías propias de otra época. El futuro de la abogacía no es tecnológico o humano: es, necesariamente, híbrido.
Lo anterior tiene consecuencias para la práctica de los abogados litigantes, para quienes ejercen la función judicial, para quienes trabajan en fiscalías o en notarías, y sobre todo para las escuelas y facultades de derecho, que deben adaptar sus métodos de enseñanza a la nueva realidad de la inteligencia artificial. En estos aspectos, como en tantos otros, la abogacía mexicana ya va con retraso: urge que nos actualicemos y que mejoremos nuestras prácticas profesionales, para dar el mejor servicio posible a nuestros clientes y a quienes necesiten de cualquier tipo de asesoría jurídica.
*Doctor en Derecho. Director del Centro de Estudios Jurídicos Carbonell AC.





